Hay actos cotidianos que pasan desapercibidos y, sin embargo, contienen una belleza profunda. Votar es uno de ellos. No por la papeleta en sí, ni por la tinta, ni por el lugar físico donde ocurre, sino por todo lo que representa.
El día de las elecciones tiene algo especial desde que empieza. Te levantás sabiendo que no es un día cualquiera. Salís de tu casa con la cédula en la billetera y con una sensación sutil de pertenencia. Esa cédula no es solo un documento: es la prueba de que sos parte, de que contás, de que tu voz importa.
Llegar al centro de votación es entrar a un espacio de igualdad absoluta. No importa quién sos, a qué te dedicás, cuánto ganás o qué pensás. Todos valemos exactamente lo mismo. Una persona, un voto. Ese gesto simple es una de las expresiones más hermosas de la democracia.
Presentar la cédula, recibir la papeleta, caminar hacia la mampara… todo ocurre en silencio, pero es un silencio cargado de significado. Ahí no hay gritos, no hay consignas, no hay ruido. Solo estás vos, tu conciencia y tu decisión. Es un momento íntimo, casi sagrado, donde ejercés un derecho que millones de personas en el mundo no tienen.
Marcar una casilla puede parecer un gesto pequeño, pero es un acto enorme. Es decir: estoy aquí. Me importa. Quiero seguir decidiendo. Es participar de una historia colectiva que se ha construido durante décadas, con acuerdos, con errores, con aprendizajes, pero siempre con la convicción de que el camino se elige entre todos.
Votar también es un acto de gratitud. Gratitud con quienes lucharon para que hoy podamos hacerlo en paz, sin miedo, sin armas, sin imposiciones. Gratitud con un país que, a pesar de sus imperfecciones, nos ha permitido vivir en libertad, expresarnos, disentir y volver a elegir.
Hay algo profundamente humano en salir del centro de votación con la sensación de haber cumplido. No porque alguien lo exija, sino porque vos lo decidiste. Porque entendés que la democracia no se sostiene sola, que necesita de gestos simples repetidos una y otra vez.
Votar puede ser un acto sereno, incluso alegre. Puede ser una caminata tranquila, una conversación amable, una sonrisa compartida con desconocidos que, por unos minutos, comparten el mismo propósito.
Somos privilegiados. Y ejercer ese privilegio con conciencia y alegría también es una forma de amor por Costa Rica.
Vinicio Jarquín Cedeño
