Votar para no perder el derecho

En el mundo no todos pueden elegir. No todos pueden opinar. No todos pueden decidir quién los gobierna. Se calcula que apenas una tercera parte de los países del planeta cuentan con elecciones claras, libres y competitivas, donde sus habitantes pueden votar de manera real para elegir a quienes ejercen el poder.

Y dentro de esa tercera parte privilegiada, solo una fracción permite algo todavía más excepcional: que las personas puedan decidir no votar sin represalias, sin castigos, sin consecuencias legales ni sociales. Costa Rica está ahí. En ese grupo pequeño y valioso de países donde el voto es un derecho, no una obligación impuesta por la fuerza.

Eso no es poca cosa. Eso es un lujo democrático.

Pero los derechos, aunque no caduquen de un día para otro, sí se erosionan. No se pierden solo cuando alguien los quita; muchas veces se pierden cuando se dejan de usar. Cuando se normaliza la ausencia. Cuando la indiferencia reemplaza a la participación. Cuando el “me da igual” se vuelve costumbre.

Elegir no votar es, en sí mismo, una decisión válida en una democracia madura. Nadie debería ser forzado a participar si no lo desea. Pero una cosa es elegir conscientemente no votar, con razones claras y profundas, y otra muy distinta es no votar por inercia, por cansancio, por pereza o porque “igual otros decidirán”.

Ahí es donde aparece el riesgo.

Si una sociedad entera empieza a tratar el voto como algo prescindible, como un trámite sin valor, como un derecho que se puede abandonar sin consecuencias, ese derecho se vuelve frágil. Y cuando los derechos se vuelven frágiles, siempre hay alguien dispuesto a recortarlos “por eficiencia”, “por orden” o “por conveniencia”.

Por eso, aunque hoy tengas la libertad de no votar, votar sigue siendo una forma de cuidar ese derecho. De sostenerlo. De decir: esto importa. De dejar claro que, aunque a veces no lo usemos con entusiasmo, no estamos dispuestos a perderlo.

Si no tenés razones de peso para quedarte en casa, votá. Votá aunque no estés enamorado de ningún candidato. Votá aunque tengas dudas. Votá aunque estés cansado.

Votá para que, cuando algún día realmente quieras usar ese derecho con urgencia, todavía exista.

La democracia no se cuida sola. Y los derechos, cuando se abandonan, no siempre regresan.

Vinicio Jarquín Cedeño

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