Lo que no logro entender

No logro entender cómo alguien puede considerar una buena decisión votar por una candidata designada explícitamente como continuismo por el presidente en ejercicio. No una candidata que surge de un proceso autónomo, con independencia clara, sino una que nace señalada, nombrada, impulsada como prolongación directa de un poder que no termina de irse. No lo entiendo.

No logro entender cómo puede parecer razonable votar por una candidata que ha dicho —sin rodeos— que el presidente saliente seguirá teniendo presencia, voz o influencia desde Casa Presidencial. No como un ciudadano más, no como un expresidente retirado, sino como una figura que permanece. Cambiar el nombre en la puerta, pero no las manos en el timón, no es alternancia. Es simulación.

Y no, no hablemos de corrupción. Ni de la de antes ni de la de ahora. Hablemos de estructura. Hablemos de poder. Hablemos de lógica democrática.

Tampoco logro entender cómo alguien puede apoyar la petición abierta de cuarenta diputados, una mayoría aplastante, no para dialogar, no para construir acuerdos, sino para “hacer lo que hay que hacer”. Cuando alguien pide tanto poder concentrado antes siquiera de llegar al gobierno, lo mínimo que corresponde no es aplauso, sino alerta.

Una Asamblea Legislativa no está diseñada para obedecer. Está diseñada para equilibrar, para cuestionar, para frenar excesos. Convertirla en una extensión del Ejecutivo no fortalece al país: lo debilita.

Y hay algo más que me cuesta comprender. ¿Cómo alguien puede ver normal que se solicite esa mayoría cuando muchas de esas figuras legislativas arrastran señalamientos, cuestionamientos o causas abiertas? No hablo de culpabilidades. Hablo de prudencia. De sentido común. De entender que el poder no se entrega en bloque cuando no hay garantías claras de independencia y ética.

No estoy hablando de personas. Estoy hablando de decisiones.

Porque una cosa es votar por una idea. Otra muy distinta es votar por un esquema: continuidad declarada, poder concentrado, contrapesos anulados y una figura saliente que no se retira.

Eso no es estabilidad. Eso es riesgo.

Tal vez muchos creen que “así por fin se podrá hacer algo”. Pero la democracia nunca ha funcionado bien cuando alguien dice: déjenme todo el poder y confíen. La democracia funciona cuando nadie tiene demasiado poder, aunque tenga buenas intenciones.

Por eso no lo entiendo. No desde el enojo. No desde el insulto. Desde la lógica más básica.

Porque cuando se entrega todo de una vez, cuando no hay relevo real, cuando no hay frenos,
cuando no hay distancia entre quien se va y quien llega, lo que se pone en juego no es un gobierno más. Es el equilibrio mismo del país. Y eso, sinceramente, debería preocuparnos a todos.

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