¿En qué momento dejamos de querer ser grandes?

Leí por ahí una frase que me hizo detenerme: “¿En qué momento pasamos de ser la Suiza centroamericana, a soñar con ser El Salvador?” Y, como suele pasar con las preguntas bien hechas, no me dio respuestas inmediatas, sino algo más incómodo: ganas de pensar.

Costa Rica fue durante décadas un referente. No perfecto, pero sí admirable. Educación pública sólida, sistema de salud fuerte, institucionalidad respetada, paz social, una democracia que se defendía casi por inercia porque estaba viva en la cultura. No éramos grandes por casualidad; lo habíamos construido con decisiones, con acuerdos, con visión de largo plazo. Y sin embargo, hoy pareciera que a muchos eso ya no les importa.

Hay un sector importante de costarricenses que apoya a Laura Fernández y la continuidad de un modelo que no ha dado resultados visibles en lo esencial. No hablo de percepciones ideológicas, hablo de datos: salud, educación, seguridad. En esos y otros indicadores, hoy no destacamos por liderazgo, sino por rezago. Y aun así, se defiende la continuidad como si fuera un acto de valentía, cuando en realidad huele más a conformismo.

Pasamos de aspirar a ser mejores, a resignarnos a ser “menos malos que otros”.

Pasamos de querer crecer, a compararnos hacia abajo para sentir alivio.

Eso dice mucho de cómo nos estamos pensando como país.

No es que El Salvador no merezca respeto. Lo merece, como cualquier nación. El problema no es admirar los avances de otros, sino renunciar a nuestra propia vara ética, a nuestro estándar histórico, a eso que nos hizo distintos. Costa Rica no nació para competir en autoritarismo ni para celebrar atajos. Nació para demostrar que la democracia, aunque más lenta y exigente, vale la pena. Pero algo se rompió en el camino.

Tal vez fue la malacrianza de quienes crecieron con derechos garantizados y nunca entendieron su fragilidad.

Tal vez fue el resentimiento acumulado de quienes sienten que el sistema no les respondió.

Tal vez fueron malas decisiones políticas, o una mezcla de todo eso con cansancio, enojo y desinformación.

Cada uno tendrá sus razones. Pero el resultado es el mismo: estamos caminando hacia un lugar más pequeño, más rudo, más pobre en valores, aunque algunos lo disfracen de “orden” o “mano dura”.

Éramos grandes. No porque fuéramos ricos, sino porque pensábamos en grande.

Y hoy, el verdadero riesgo no es perder una elección, sino perder la ambición moral de ser mejores. De exigir más. De no conformarnos con la mediocridad administrada ni con la nostalgia mal entendida.

La pregunta no es si queremos parecernos a otros países. La pregunta es si todavía queremos parecernos a la mejor versión de nosotros mismos.

Y esa, aunque incomode, es una pregunta que vale la pena seguir haciendo.

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