A horas de decidir si cuidamos o entregamos el país

Estamos a pocas horas de que en Costa Rica continental se abran las urnas. En otras latitudes ya ocurrió. En Australia, por ejemplo, la gente ya empezó a votar. El proceso avanza, el reloj corre y el país entero respira con dificultad.

En este momento preciso hay emociones encontradas en todos los bandos. Quienes defienden la continuidad del gobierno actual, algunos están confiados, otros no tanto. Quienes no queremos este tipo de gobierno, a ratos nos sentimos esperanzados y a ratos profundamente inquietos. El vaivén emocional es real. Nadie está completamente en calma.

Y sin embargo, hay algo que sigue resultándome impensable.

Es impensable que, entre costarricenses, estemos debatiéndonos si entregamos o no la patria. Si esto fuera una invasión externa, si hubiera un enemigo cruzando fronteras, no tendría dudas: los costarricenses estaríamos juntos, defendiendo el país, protegiendo lo que es nuestro, cuidando la casa común. Así nos hemos contado siempre. Así nos gusta vernos. Pero no.

Esta vez la amenaza no viene de afuera. Viene de decisiones internas. De personas que, por enojo, por resentimiento, por desinformación o por fascinación con un discurso insolente, han decidido mirar hacia otro lado cuando se trata de democracia, institucionalidad, división de poderes, derechos y Constitución.

No lo entiendo. Y hoy, siendo honesto, tampoco sé cómo se perdona algo así.

Porque no estamos hablando de un error menor ni de una diferencia ideológica cualquiera. Estamos hablando de poner en riesgo el pacto democrático que nos permitió vivir en paz durante décadas. De relativizar principios que sostienen la convivencia. De jugar con fuego creyendo que solo se va a quemar el otro.

Sea cual sea el resultado, el ambiente que viene no será fácil. Si gana la continuidad, el clima social será pesado, tenso, arrogante. Y si pierde, el clima también será difícil, cargado de enojo y victimización. No nos engañemos con fantasías. La diferencia está en otra parte.

Quienes creemos en la democracia, gane o no el continuismo, estaremos llamados a apaciguar nuestro ser interior. A no perder la cabeza. A no deshumanizar al otro. A cuidar el país incluso cuando duele. Esa ha sido, y seguirá siendo, nuestra responsabilidad.

Pero que quede algo claro, sin rodeos ni eufemismos: lo que ocurra a partir de mañana tendrá responsables. No abstractos. No difusos. Responsables concretos que decidieron ignorar advertencias, minimizar riesgos y normalizar lo inaceptable.

Eso no es una opinión exagerada. Es una constatación histórica.

Es doloroso que, un día antes de las elecciones, quienes amamos Costa Rica no sepamos con certeza qué va a pasar con ella. Es duro reconocerlo. Pero más duro sería callarlo.

Esto no es un juego. Nunca lo fue.

Y mañana, cuando el país despierte con el resultado, cada uno tendrá que mirarse al espejo y hacerse cargo de la decisión que tomó. No con odio. No con venganza. Pero sí con plena conciencia. Porque la patria no se entrega por accidente. Se entrega por decisión.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio