Mañana se vota. Y cuando eso ocurra, ya no habrá espacio para la ingenuidad.
Durante semanas, meses incluso, se nos dijo que no exageráramos. Que no pasaba nada. Que hablar de riesgos era alarmismo. Que la democracia costarricense era tan fuerte que nada podía afectarla. Hoy, a pocas horas de abrir las urnas en Costa Rica continental, esa tranquilidad suena hueca.
No porque el resultado esté definido, sino porque el solo hecho de que estemos aquí —debatidos, tensos, divididos— ya dice mucho.
No es normal que un país con nuestra historia tenga miedo de sí mismo.
No es sano que estemos discutiendo si vamos a sostener o a debilitar aquello que nos permitió vivir sin dictaduras, sin persecuciones, sin caudillos eternos.
No es aceptable que se haya normalizado el desprecio por la institucionalidad, por la Constitución y por los contrapesos del poder. Y aun así, aquí estamos.
Lo más duro de todo no es la diferencia política. Eso siempre ha existido. Lo verdaderamente doloroso es constatar que una parte importante de la población decidió no informarse, decidió no escuchar, decidió no pensar en las consecuencias. Algunos por resentimiento, otros por enojo, otros porque por fin escucharon un discurso que les permitió sacar lo peor sin sentirse culpables.
Eso no fue un accidente. Eso fue una elección.
Mañana, gane quien gane, el país no va a amanecer igual. El ambiente será tenso. Las heridas no se cerrarán solas. Y lo que más me preocupa no es el resultado electoral, sino la actitud que muchos van a asumir después. La arrogancia si ganan. El rencor si pierden. En ambos casos, el ruido será fuerte.
La diferencia, una vez más, estará en quiénes estén dispuestos a sostener la calma.
Quienes creemos en la democracia no vamos a salir a incendiar el país si las cosas no salen como esperamos.
