Viernes por la mañana

Amaneció viernes y el día venía apretado desde antes de abrir los ojos. Tenía textos por escribir y publicar, dos obras que debía llevar a la galería para una próxima exposición colectiva, regresar a casa, llevar a mi mamá al peluquero, pasar por la clínica a recoger medicinas, volver a recogerla, almorzar, y más tarde salir a un café en casa de unos amigos —esa parte la contaré en el siguiente artículo—. Era uno de esos días en los que la agenda parece un rompecabezas donde cada pieza depende de la anterior y cualquier pequeño movimiento puede obligarte a reordenarlo todo. Uno empieza la mañana sintiendo que el día ya viene cargado, como si estuviera previamente escrito, y aun así intenta sostener la calma y avanzar paso a paso, confiando en que todo encajará de alguna forma.

Pero la vida, como suele hacer, movió una ficha antes de que yo pudiera completar el plan. Mi mamá no pudo ir al peluquero porque no había electricidad en el local, así que tocó ajustar la logística en tiempo real y redirigir el rumbo. Decidí irme directo a la clínica de Pavas a recoger las medicinas, asumiendo que sería una parada rápida dentro del itinerario. Hice la fila unos quince o veinte minutos, observando ese movimiento lento y silencioso típico de las clínicas, donde todos esperan con paciencia resignada. Ya solo quedaban dos personas para que me tocara la ventanilla cuando una señora llegó detrás de mí y, al mirarme, sonrió con esa sonrisa cálida que no es de cortesía sino de reconocimiento auténtico. Me resultaba conocida, aunque no lograba ubicar de dónde, como esas caras que uno sabe que pertenecen a alguna historia compartida, pero cuyo recuerdo tarda unos segundos en acomodarse.

De pronto salió de la fila, se acercó, me dio un abrazo y me explicó que alguna vez nos habíamos visto, que me seguía en redes sociales y que le gustaban mis artículos y mis videos. Conversamos unos instantes ahí mismo, con esa mezcla de sorpresa y cercanía que producen estos encuentros inesperados, hasta que ya me tocaba pasar y tuve que decirle con cierta pena que hablábamos enseguida. Ella volvió a su lugar en la fila y yo hice el trámite, pero me quedé con la sensación de que aquella conversación no debía quedar cortada así, porque había algo genuino en su forma de acercarse, algo que iba más allá del saludo casual.

Al terminar, regresé a buscarla para continuar la conversación. Me habló un poco más de mi trabajo, de cómo seguía lo que hacía, y entonces dijo algo que me tocó profundamente: que aunque ella era seguidora, su esposo lo era todavía más. Me contó que él estaba afuera, sentado en una banca, esperándola, y en ese momento sentí una especie de impulso muy natural de ir a conocerlo. Le pregunté cómo se llamaba, memoricé el nombre y salí hacia el área de las bancas con la curiosidad tranquila de quien va a encontrarse con alguien que, sin conocer, ya ha compartido parte de su camino.

Afuera había varias bancas, pero solo un señor estaba sentado solo. Caminé hacia él y, a unos cinco metros, levantó la vista del teléfono —quiero imaginar que estaba leyendo alguno de mis artículos— y ahí estaba yo frente a él, no porque él me hubiera buscado, sino porque yo decidí acercarme. Hablamos unos minutos y me dijo cosas muy bonitas, de esas que no suenan a halago vacío sino a acompañamiento real, comentarios de apoyo, de afecto, de esos que llegan como pequeños abrazos verbales y que, sin hacer ruido, te recuerdan por qué haces lo que haces. Poco después llegó su esposa y seguimos conversando los tres un rato más, ya en un clima de cercanía natural, como si nos conociéramos de antes.

Yo llevaba puesto un suéter con un broche de Apacigua tu ser interior. Solo tenía uno. Dudé un segundo, porque era el único, pero en ese instante sentí que tenía sentido entregarlo, así que se lo regalé a él, al más fanático. Nos despedimos con la promesa sencilla —y sincera— de que algún día nos tomaríamos un café juntos, probablemente en mi casa, y esa promesa no sonaba a frase social sino a posibilidad real, de esas que nacen espontáneamente cuando la conexión es auténtica y no necesita demasiadas explicaciones.

Salí de la clínica con algo que no estaba en mi agenda de la mañana: una carga inesperada de felicidad, de gozo, de energía limpia. No era la satisfacción de haber cumplido tareas ni de haber avanzado en el cronograma, sino algo más profundo, de esos regalos invisibles que aparecen en medio del día cuando uno menos los espera. Mientras retomaba el camino pensé que tal vez este trabajo de apaciguar seres interiores no se mide en números, ni en métricas, ni en algoritmos, ni en estadísticas de alcance. Se mide en abrazos inesperados en una fila de clínica, en bancas compartidas, en conversaciones breves que dejan el corazón un poco más lleno, y con esa sensación seguí mi viernes con más ganas que antes de continuar en este camino… apaciguando cuanto ser interior me resulte posible.

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