El espejo incómodo


Somos un país que preferimos la vulgaridad, los insultos y las mofas, antes que un discurso sobrio como el de Óscar o Miguel Ángel. Somos un país que decidimos escoger una mujer presidente descartando a alguien como Claudia. Somos un país que elegimos un presidente suponiendo que es mejor que Álvaro, Juan Carlos o Eli. Somos un país que llevamos a la Asamblea diputados cuestionados, incluso algunos que han hecho declaraciones profundamente preocupantes, mientras otros grupos que trabajaron con disciplina y altura en el Congreso no recibieron más respaldo en las urnas.

Somos un país que puede observar el trabajo serio de algunos diputados —como ocurrió con el Frente Amplio en esta administración— y aun así no premiarlo con mayor representación. Somos un país que, teniendo partidos políticos con estructura establecida y probada durante décadas, preferimos inclinarnos por lo nuevo y arriesgarnos al resultado.

Somos un país que dependemos ampliamente de la seguridad social, que sabemos cuánto sostiene nuestra vida cotidiana, y aun así votamos por quienes han tenido conflictos o deudas con ese mismo sistema. Somos un país que vemos cómo aumentan los índices de inseguridad y aun así otorgamos un voto de confianza a quienes no han logrado revertir esa tendencia.

Somos un país que durante años se enorgulleció de ver a sus expresidentes viviendo con discreción, custodiados apenas por un oficial, caminando casi como cualquier ciudadano. Eso formaba parte de nuestra narrativa de sobriedad democrática y confianza institucional. Y, sin embargo, hoy observamos —y en muchos casos aceptamos sin mayor cuestionamiento— caravanas, esquemas de seguridad reforzados y distancias cada vez más marcadas entre quienes gobiernan y quienes son gobernados.

Somos un país que durante muchas administraciones veía cómo, al terminar su mandato, los presidentes partían hacia organismos internacionales de prestigio, universidades reconocidas o foros globales donde eran invitados a compartir experiencia y visión. Eso alimentaba nuestra autoestima colectiva, la idea de que Costa Rica producía liderazgos respetados en el mundo. Hoy me pregunto si eso seguirá siendo así. No lo afirmo ni lo niego; simplemente me lo pregunto como ciudadano que desea que ese reconocimiento no se diluya.

Somos un país que condenamos lo sucedido en Crucitas, y hoy estamos extrayendo oro sin pagar impuestos. Somos un país que se escandaliza selectivamente.

Somos un país que atracamos despiadadamente a quien tiene un Premio Nobel de la Paz, y lo desacreditamos, mientras apoyamos narrativas que nos resultan más cómodas o emocionales.

Somos un país que se ha presentado ante el mundo como símbolo de paz y de felicidad, y basta entrar a nuestras redes sociales para encontrar un hervidero de discusiones, insultos y descalificaciones que poco se parecen a esa imagen serena que tanto defendemos.

Somos un país reconocido por su biodiversidad y su conciencia ecológica, y al mismo tiempo vemos cómo se talan bosques sin restricción aparente y cómo el discurso ambiental convive con decisiones que lo contradicen.

Somos un país que convirtió el “pura vida” en un mantra reconocido mundialmente, una forma de vida que parecía hablarnos de sencillez, gratitud y equilibrio. Y, sin embargo, cada vez más, esa frase parece quedarse en el recuerdo, en la postal… en esas postales que ya casi no se venden o se venden menos, porque hemos aceptado —por razones personales o emocionales— circunstancias que alejan a los turistas, siendo el turismo una de nuestras principales fuentes de ingreso.

Somos un país que no tomó en cuenta que al arruinar al agricultor local, terminaremos consumiendo productos de menor calidad a precios más elevados.

Somos una sociedad que cree que la libre expresión en las cadenas de radio y televisión no importa y puede ser atacada.

Somos un país que ama la democracia y que presume de tener una de las más antiguas y fuertes de la región, y aun así dudamos de nuestro propio Tribunal Supremo de Elecciones cuando el resultado no coincide con nuestras expectativas.

Somos un país que, cuando termina la contienda electoral, los ganadores no siempre celebran con sobriedad, sino que en algunos casos se esfuerzan por humillar a quienes perdieron.

Somos un país que durante meses escuchó advertencias, y decidió creer o no creer según su afinidad. Somos un país que se deja seducir por relatos, por emociones, por símbolos. Y no lo digo desde superioridad, porque todos participamos.

Somos un país al que, al parecer, a las generaciones actuales no les costó construir muchas de las cosas que hoy disfrutamos… y sin miramientos lo hemos permitido debilitar.

Lo anotado es una realidad observable. No estoy señalando culpables específicos ni expresando un pensamiento partidista. Creo que en esta posición podrían coincidir oficialistas y oposición.

Nada de esto es para señalar con el dedo. Es para mirarnos en el espejo. Porque no se trata solamente de quienes llegan al poder. Se trata de nosotros. De lo que celebramos, de lo que normalizamos, de lo que dejamos de exigir, de lo que decidimos ignorar.

La democracia funciona así: la mayoría decide. Pero la mayoría también se equivoca, aprende, rectifica o insiste. Y cada elección es, en el fondo, una radiografía de lo que somos como sociedad en ese momento histórico.

Tal vez la pregunta no sea por qué ellos son así. Tal vez la pregunta sea qué parte de nosotros permite, respalda o incluso celebra que las cosas sean así. Y mientras no tengamos el coraje de hacernos esa pregunta con honestidad, seguiremos sorprendidos por resultados que en el fondo construimos entre todos.

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