Hijo de una “callejera”

Versión actualizada del 2013 al 2026

Mi mamá no nació para quedarse sentada.

Eso lo entendí con los años. Porque uno de niño cree que las mamás son simplemente mamás. Cocinan, ordenan, llaman a comer, ponen reglas. Pero algunas… algunas vienen con motor incluido.

Mis papás se casaron muy jóvenes. Ella apenas estaba entrando a la mayoría de edad cuando ya comenzaba la vida formal, y a los pocos meses quedó embarazada por primera vez. Era otro Costa Rica, otro tiempo, otro ritmo social, otra expectativa sobre cómo debía comportarse una mujer joven recién casada. Se esperaba discreción, formalidad, casa, familia, prudencia. Y sí, la señorita modosita que mi papá había escogido por esposa fue señora, fue dama, fue madre… pero también le salió un poquito chueca, inquieta, activa, curiosa, y profundamente callejera en el mejor sentido de la palabra. De esas personas que no nacen para quedarse quietas ni para vivir mirando la vida desde la ventana, sino para abrir la puerta y salir a buscarla.

Tal vez, si mi papá la hubiera conocido de niña, habría sospechado lo que venía. Habría visto esa energía, esa inquietud, ese deseo de probar, de hacer, de moverse, de meterse en todo. Pero la vida familiar llegó, los hijos llegaron —uno o dos ya tenía, no recuerdo exactamente— y un día, como quien no ve mayor problema, ella decidió que si él conducía, ella también podía hacerlo. Agarró el carro, montó a los chiquillos y se fue a la calle sin ninguna preparación previa, sin clases formales, sin teoría, sin manual, sin tutorial de YouTube porque ni existía. Solo intuición, valentía y un poquito de inconsciencia. El susto vino después, cuando cayó en cuenta de que por la noche tenía que regresar manejando. Y regresó.

Ahí empezó todo, el monstruo salió de la cueva. Ese fue el detonante. A partir de ahí sí le enseñaron más detalles de carretera, y mi papá, con toda su buena intención, la ayudó a conseguir su licencia. ¡Qué lindo él! Y qué pollo fue al no darse cuenta de que eso era soga para su pescuezo y el inicio de muchos dolores de cabeza. Porque no solo la estaba ayudando a manejar; la estaba empoderando para convertirse oficialmente en una mujer de calle, de acción, de movimiento. La apoyó, sin saberlo, a convertirse en una auténtica “callejera”.

Pero el deseo de conducir no acabó ahí. Quería probarlo todo, manejar cuanto chunche existiera: carros pequeños, carros grandes, herramientas domésticas, herramientas profesionales, lo que apareciera. Se metió con fontanería, carpintería, mecánica básica, y con el apoyo de mi papá armó un taller profesional de ebanistería… tan solo para jugar, experimentar y disfrutar. Aprendió de piezas, de modelos, de precios, de reparaciones, y no se quedó solo en la teoría. Compitió en carreras el autódromo la Guácima y participó en rallye de montaña; hizo piques ilegales, y más de una vez soltó chillonazos de llantas cuando nos llevaba a los bailes del colegio o a reuniones con amigos en nuestra adolescencia. Uno iba feliz… y mi papá probablemente rezando.

Sí, fue dolor de cabeza para mi papá. Pero también fue su fuerza. No exigió más de lo que debía, no fue caprichosa en lo esencial, pero sí fue la gran mujer detrás del trono, la que empuja, la que sostiene, la que no le tiene miedo a la vida. Nunca le tuvo miedo ni a los peligros personales ni a los que nosotros corriéramos como niños o jóvenes. Disfrutó de nosotros en cada edad, en cada etapa, y muchas veces se bajó a nuestro nivel para vivir con nosotros las cosas, aunque eso hiciera que mi papá, en más de una ocasión, soñara con verla “sentar cabeza” algún día. Pero la verdad es que esa cabeza no nació para quedarse quieta.

Hablo en pasado de él porque ya no está. Pero ella sigue aquí. Y sigue siendo la misma niña fuerte, estable, inquieta. Hoy tiene 84 años y está más calmada, sí… pero sigue estando absolutamente al control de su vida. Todavía nos hace creer, de vez en cuando, que va a aflojar el paso cuando dice que quisiera agarrar su carro, el mismo que años después de que mi papá se fue, yo le regalé, y que tiene guardado en el garaje, porque ella no podría sentirse bien, sabiendo que no lo tiene. Ella es, en esencia, la misma callejera que papá ayudó a crear.

Siempre digo que ella es un gato. No porque tenga muchas vidas —aunque a veces pareciera— sino porque cada vez que resbaló, cayó de pie. Y son tantas las historias que se cuentan de su niñez que, aunque ninguno de nosotros haya sido testigo directo, no cuesta creerlas cuando sí hemos visto de primera mano otras cosas que ha hecho. Es fácil imaginarla cortándole las colas a compañeritas de escuela, o creerle a mi abuela cuando contaba cómo bañó en el caño a un niño que no podía defenderse, o aceptar como totalmente posible la historia de cuando espantaba caballos y carretas de trabajadores que se detenían a tomar cerveza en alguna cantina después de la jornada.

En sus primeros años de madre, con cartera en mano y chiquillos brincando por los asientos, se iba a la calle a buscar a su propia madre, a hacer mandados, o a recorrer medio San José buscando empleadas domésticas por cuanto pueblo existía, para regresar a casa ya entrada la noche, como si ese trajín fuera lo más normal del mundo.

Cuando llegó la tecnología, mi papá intentó tenerla localizada instalándole en el carro un teléfono Millicom del tamaño de un tocadiscos. Luego vinieron los celulares, y luego pensado en GPS… más por tranquilidad nuestra que por control, porque la verdad es que ella no iba a cambiar.

Mis sobrinos hoy disfrutan de una abuela con la misma energía con la que nosotros tuvimos madre. Y yo sigo cumpliendo lo que mi papá siempre nos enseñó: el respeto, y ella siempre ante todo. Porque al final, aunque muchos intentaron darle “jundamento” —mi abuela con paciencia infinita, mi papá con discusiones memorables— ninguno logró domesticar esa esencia. Y por dicha no lo hicieron. Porque sus anécdotas, su carácter, su vida entera, han sido uno de los ingredientes maravillosos que hicieron que nuestras vidas sean como son.

Soy Vinicio Jarquín… y tengo una madre de carreras.
En todo sentido.

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