Bacchus

Domingo 15 de febrero. Habíamos decidido ir ese día porque el anterior amenazaba con restaurantes llenos, servicio lento y ese ambiente medio caótico que suele venir con fechas especiales. Preferimos la calma del domingo al almuerzo, y reservamos en Bacchus, en Santa Ana, un lugar donde, honestamente, el servicio suele ser impecable gracias a que tienen mucho personal bien entrenado. Esta vez hubo una pequeña pifia con el agua, que tuvimos que pedirla en lugar de que llegara sola, pero eso no les quita estrellas en atención ni en el lugar; aunque, siendo justo, sí perdieron una en la comida. El parqueo tenía buen espacio cuando llegamos —nuestra reserva era temprana, primero a la 1:15 y luego la atrasamos quince minutos— y al menos antes de que empezara a llenarse se podía entrar con comodidad. La mesa que nos asignaron estaba adentro, más adentro todavía de la zona principal, casi en pasillo, y no me gustó. Yo no disfruto estar esquineado, así que pedí cambio a una mesa más céntrica y listo, problema resuelto sin drama.

Nos preguntaron por alergias y si celebrábamos algo; dijimos que no a lo primero y que catorce de febrero a lo segundo, pero luego no hubo ningún detalle especial, así que supongo que preguntaron por protocolo. Se acercó a la mesa Stephen Jiménez para presentarse y decirnos que nos atendería Alessio Herrera, un chico joven con gran carácter, nada afectadito ni jugando de elegante, más bien directo, amable y con un servicio impecable durante toda la experiencia. Decidimos compartir un antipasto vegetariano con tomates cocidos, zucchini y berenjenas en julianas, aceitunas negras y verdes —dos de cada una—, cebollas marinadas en limón con su propio azúcar, dos brochetas de hongos que a mí no me gustaron y que Luis Fer asumió con valentía, todo acompañado de focaccia. Él pidió una copa generosa de vino tinto Ojos Verdes, y yo mi acostumbrado Pinot Grigio, que solo tenían de una marca, lo cual facilitó mucho la decisión.

Luis Fer pidió lomito en salsa de oporto, pero la reducción era demasiado reducida y le resultó algo seca, mientras que yo pedí la corvina con fetuccini y espárragos, un plato que ya había ordenado antes. Esta vez la corvina estaba sobre cocinada, y aunque a mí me gustó porque así la prefiero, estoy seguro de que algún jetas de paladar fino la habría devuelto sin pestañear. No pedimos postre, y entonces nos ofrecieron un digestivo: un carajillo, que es licor —creo que 43— con expreso, y ambos quisimos. Mientras lo preparaban, Alessio llegó a la mesa y literalmente peló los ojos cuando le dije que nos habían ofrecido carajillo y dijimos que sí. Nos reímos, y le dije que estuviera tranquilo, que no era a él a quien nos llevaríamos, sino a un espirituoso yodo que estuvo a punto de jumarnos. Realmente la comida estaba bastante buena, pero no fue gloriosa como otras veces; los vinos sí deliciosos, y aunque no pedimos postre, al regresar a casa terminamos pasando por Burger King y compré pastelitos de manzana.

El paso por Burger King ocurrió porque mi mamá, que no fue con nosotros, me había pedido Nuggets, así que ahí fuimos a dar. Y esa historia terminó siendo más sobresaliente que Bacchus, sobre todo porque yo andaba vestido con pantalón celeste, camisa de flores estampadas de mi marca pintada por mí, suetercito blanco y tenis Converse amarillos de bota. Para Bacchus se valía, parecía diseñador; pero ya en el BK de Pavas probablemente me veía como un bañazo multicolor, aunque la verdad eso importa poco. En Bacchus el paso fue inadvertido; otras veces termino hablando con gente de otras mesas, o me reconocen por Apacigua, por escritor o acuarelista, pero hoy solo fui yo mismo conversando con Luis Fer y los meseros, y la pasamos bien en un lugar hermoso.

En BK sí apareció una escena interesante: en la fila vi a un joven que había sido mi estudiante de arte, un chico hermoso y dulce al menos conmigo, con ciertas peculiaridades —tal vez por estar en el espectro— que confía mucho cuando me acerco despacio y no invado su zona. Lo vi y sabía que lo conocía, aunque me costó ubicarlo porque parecía raro reconocer a un chico de unos 18 años sin recordar de dónde. Cuando finalmente lo saludé, él, muy serio y distante como suele ser, pero con confianza, me lanzó de pronto: “¿Cuánto le costó su casa?”. Y sentí cómo varias personas de la fila giraban sus miradas, no porque supieran nada de mi casa, sino porque el tema despertó curiosidad inmediata. Respondí lo mejor que se me ocurrió: “No me acuerdo”. Las miradas se disiparon… hasta que vino la siguiente: “¿Y de dónde sacó la plata?”. Otra vez todas las orejas se pararon como gato esperando instrucciones.

Si decía trabajando sonaba fantoche, si decía lotería nadie creía, si decía no me acuerdo perdía credibilidad. Entonces recordé la historia de Óscar Arias cuando me contó cómo consiguió su casa, y respondí igual: “Me la regaló mi papá”. ¡Zaz! Miradas dispersas, todos volvieron a papas y Nuggets, probablemente concluyendo que este bañazo era un limpio hijo de papi, mientras mi pobre papá en el cielo ni sabía que lo estaba metiendo en broncas en BK, donde por cierto fue vicepresidente de la corporación. Confesión: ahora pago en BK, de joven no lo hacía.

Ese BK es una ñañara, casi igual que el KFC de la carretera de Pavas, ambos con mal servicio, quién sabe cómo le irá a la gente de Escazú, pero aquí sufrimos eso. Tuve que ordenar en la máquina porque en la caja solo efectivo o adultos mayores, y aunque lo parezca, todavía no soy. Puse tarjeta de crédito y la máquina me tiró recibo sin cobrar, con nota de pasar a la caja. La chica explicó que si ponía tarjeta cobraban en la caja, y para pagar en máquina debía poner “pagar en el quiosco”. Lógica que no entendí, ni tenía ganas de entender, porque no trabajo ahí y espero no hacerlo, además llevaba medio pescado en la panza con un carajillo dando vueltas entre pecho y espalda.

Haciendo fila detrás de una señora y dos muchachitos indecisos, llegó un señor, se coló en medio y cuando la familia se movió intentó pasar primero. Un “DISCULPE” de alguien de metro setenta y ocho y voz de tarro lo frenó, y dijo “yo solo voy a pagar”. Cómo explicarle que eso me daba igual, que era mi turno, mi espacio, mi momento, y que soy de Apacigua tu ser interior y no puedo perder la cordura ni la dulzura, menos en BK vestido como arcoíris. Le respondí: “pues yo también solo voy a pagar”. La cajera le hizo contacto visual a él, no a mí —sería daltónica, porque yo era fluorescente— y tuve que decir: “me cobra”. Me cobró, esperé, revisé y por supuesto no venía la salsa BBK que había pedido. Le dije que la pusiera y, ya medio des apaciguado, reclamé que no la hubiera puesto pese a estar en la orden; no respondió, no oyó, no miró.

Fui a la máquina de refrescos y estaba mala, solo había té frío. Otro momento para des apaciguarse. Y justo cuando me iba, estaba de frente mi joven estudiante, sin sonrisa, esperando contacto visual, adorable y calmante. Me calmé, me despedí, salí con la bolsa, la salsa BBK y el té frío, y al llegar al carro estaba Luis Fer, obviamente, justo lo necesario para volver al centro. Llegamos a casa, comida para la madre, siesta de una hora, café porque el carajillo no alcanzó para este cuerpecito, y a trabajar en mis escritos por la noche.

Colorín colorado.

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