Egipto y Turquía – Capítulo 5 (29/09)

El vuelo empieza de verdad

A las 3:10 de la tarde ya estábamos en la sala VIP del Aeropuerto Internacional Juan Santamaría, tomándonos un café mientras esperábamos la hora de abordar. Ese momento siempre tiene algo particular: ya no estás en casa, pero todavía no estás viajando. Es una especie de antesala suspendida, un espacio donde todo el esfuerzo de los meses anteriores se reduce a una sola tarea: esperar.

A las 4:55 despegamos finalmente en el pajarote de Iberia, con la primera copa de champagne ya circulando por el organismo. Apenas el avión comenzó a elevarse miré por la ventanilla y distinguí, allá abajo, las presas de la hora pico en la autopista General Cañas. Era curioso ver desde arriba algo que normalmente forma parte de la vida cotidiana. Esa tarde, por primera vez en mucho tiempo, ese caos no me pertenecía. Sentí una mezcla de alivio y una pequeña empatía por quienes seguían atrapados en la rutina mientras nosotros empezábamos a cruzar el océano.

Entre bromas, ya le había mandado a decir al piloto, Javier Villagran, que si quería una selfie conmigo ese era un buen momento. Lo que él no sabía era que dentro de poco pensaba poner el rotulito de “no molestar” y dormirme profundamente, así que si querían la foto tenían que venir pronto. Más tarde supe que la cabina estaría cerrada y no habría posibilidad de selfie. Pobrecillo —pensé—, se va a arrepentir cuando yo sea grande, rico y famoso.

Nos trajeron el menú para la cena y el desayuno, la carta de vinos, la cobija, la almohada, los audífonos, un cupón para cuatro megas de Internet y el estuche con cremas, medias y otros artículos. El jefe a bordo se llamaba José Manuel Esquinas; quedaba por ver cómo sería el servicio, aunque desde el inicio decidí que sería tolerante. El vuelo duraría nueve horas con cuarenta minutos hasta Madrid, donde conectaríamos a Roma por la misma aerolínea. Nos dijeron que viajábamos unos 280 pasajeros más la tripulación, en un avión con capacidad para 346. Una aeromoza lo resumió con una frase sencilla: “es como un pueblo pequeño”.

Hubo también un aviso curioso. No sé si Iberia tenía algún convenio con Apple o si simplemente eran las circunstancias del momento, pero informaron que los dispositivos electrónicos podían permanecer encendidos en modo avión… excepto los Samsung Galaxy 7, que debían mantenerse apagados, desconectados de la electricidad y reportarse a la tripulación si mostraban cualquier comportamiento extraño.

A las 5:20 apareció el sobrecargo en jefe para presentarse personalmente, confirmar qué queríamos cenar, revisar nuestra conexión en Madrid hacia Roma y avisarnos que antes de la cena llegarían los aperitivos. Poco después aparecieron las aceitunas, semillas y el vino. Yo escogí blanco; Luis Fer, tinto.

Luego trajeron pan y quesos, una ensalada con fresas, naranja y semillas —que tuvimos que reclamar porque estaban un poco rancias— y una tacita de consomé que resultó delicioso, con ese sabor profundo que inevitablemente me recordó a la sustancia de mamá. Terminando eso llegó la cena principal: solomillo en una salsa intensa, acompañado de papitas y zanahorias. Comimos con calma mientras el avión seguía estabilizando su ritmo nocturno.

Después recogieron todos los chunches y empezamos a prepararnos para dormir. La iluminación de la cabina cambió gradualmente, como si alguien estuviera bajando el volumen del mundo para darle al cuerpo la señal de descanso.

A las 6:30 miré los datos de vuelo: sobrevolábamos Santo Domingo a una altitud de 10.668 metros, habiendo recorrido 1.468 kilómetros, a una velocidad de 946 kilómetros por hora, con una temperatura exterior de -44 grados. Y, para ser sinceros, esta belleza —o sea yo— ya iba un poco borracho.

A las 7:10 me levanté a lavarme los dientes para acostarme inmediatamente después. A las 7:30 tomamos la pastilla, recliné el asiento, lo convertí en cama y me dormí profundamente, boca abajo y completamente cobijado, dejando que el sonido constante de los motores hiciera el resto.

El viaje ya no era preparación.

Ahora era pura distancia en movimiento.

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