Egipto y Turquía – Capítulo 4 (29/09)

El día de salida

Finalmente llegó el día. Después de meses de planeamiento, el viaje que habíamos empezado a diseñar desde enero, cuando todavía estábamos en Australia y Nueva Zelanda, dejaba de ser un proyecto y empezaba a convertirse en una secuencia real de movimientos, horarios y puertas de embarque. La ruta estaba clara: salir de San José, cruzar el Atlántico hacia Madrid y continuar hasta Roma, donde nos esperaba el Courtyard Rome Central Park by Marriott como primer punto de descanso en Europa.

Como es usual en mí, había empezado a escribir dos días antes para dejar documentados los preparativos. Lo hago con mucho detalle porque sé que todo este material terminará convertido en libro, pensado no solo para amigos cercanos sino para personas que quizá no me conocen. Por eso anoto incluso los datos que podrían parecer obvios; con los años he aprendido que esos pequeños detalles son los que después reconstruyen la experiencia completa.

A las dos de la tarde saldríamos hacia el aeropuerto, con la expectativa de despegar un par de horas después. Durante el trayecto probablemente no tendríamos Internet, y el plan era sencillo y estratégico: dormir unas siete horas durante el vuelo nocturno para aterrizar descansados en Madrid y tomar la conexión hacia Roma sin arrastrar el peso del jet lag. Cada vez que pudiera haría anotaciones cronológicas, y publicaría el material cuando ya estuviéramos instalados en el hotel en la capital italiana.

Desde la noche anterior había revisado por Internet la programación de películas disponibles a bordo y confirmé que el avión —un Airbus A340— tenía cámara frontal y de cola, lo que permitiría ver el exterior desde los asientos. Ese tipo de detalles siempre despiertan una curiosidad infantil difícil de explicar. También revisé el catálogo de la tienda en vuelo; no encontré nada interesante, así que tenía claro que pondría la calcomanía de “No me despierten cuando abran la tienda”, pero sin duda dejaría activa la de “Despiértenme para comer”.

En línea también había explorado todas las ventajas de nuestros asientos. Sabía que disponíamos de Internet, aunque probablemente no lo usaría porque el objetivo principal era dormir. El asiento incluía cama horizontal de dos metros, amplio espacio privado, butaca individual con separador, acceso directo al pasillo, pantalla táctil de 15.4 pulgadas, control individual con pantalla de 4.2, reposacabezas ajustable, regulación lumbar y dorsal con función de masaje, auriculares con cancelación de ruido, luz de lectura personal, enchufes eléctricos, conectores para iPhone, iluminación ambiental variable, mesa cóctel, mesa giratoria que permitía levantarse sin incomodar a nadie, teléfono individual, espacios para botellas, almohada, cobija, calcetines y un estuche con artículos de tocador. Incluso tenía la opción de escoger previamente la cena y el desayuno, pero preferí decidir en el momento según el apetito real del vuelo.

El Airbus A340, con sus cuatro motores y su fuselaje ancho de largo alcance, ensamblado en Toulouse por Airbus Industrie, podía transportar hasta 375 pasajeros en versiones estándar y hasta 440 en la serie 600, con un alcance de entre 12.400 y 17.000 kilómetros. Es similar en diseño al bimotor A330, desarrollado simultáneamente. Todos esos datos técnicos, que en tierra parecen fríos, empiezan a adquirir una dimensión distinta cuando uno sabe que en pocas horas estará dentro.

A las 12:20 del mediodía los preparativos avanzaban con maletas y maletines listos. Ya habíamos reportado a los bancos la ruta del viaje para evitar bloqueos de tarjetas y también habíamos informado a nuestro agente de seguros. Son pequeños rituales modernos que sustituyen a las antiguas bendiciones de camino, pero cumplen la misma función: reducir la incertidumbre.

Elegimos también la ropa de viaje. Aunque era ropa técnica tipo dry-fit o aventura, no era informal. Tal vez somos un poco chapados a la antigua, pero no nos gusta viajar en pantalón corto ni en camisa sin manga larga. No es por formalidad; es pura experiencia térmica. Los aeropuertos y aviones pueden volverse helados sin previo aviso. Siempre me sorprende ver gente viajando en tirantes o sandalias. Recuerdo una vez a una chica sentada a mi lado en un vuelo, prácticamente desnuda para estándares de aeropuerto, que pasó todo el trayecto hecha un puño de frío.

A la 1:10 de la tarde el taxi llegaría en menos de una hora. Solo quedaba terminar de alistarnos y salir. Sabía que haría la siguiente anotación del diario ya desde Europa.

El viaje había dejado de ser una idea. Ahora era una puerta que estaba a punto de abrirse

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