Egipto y Turquía – Capítulo 6 (30/09)

Despertar en otro continente

Despertar dentro de un avión siempre tiene algo de irreal. No es el despertar de una habitación ni el de un hotel; es un regreso lento a la conciencia mientras el cuerpo todavía no entiende en qué parte del planeta está. Para mi organismo eran apenas la 1:30 de la madrugada hora de Costa Rica, pero la pantalla marcaba las 9:30 de la mañana en Madrid cuando la cabina empezó a iluminarse con una luz artificial suave, entre lila, rosada y celeste, diseñada para simular el amanecer. Funcionaba. Aquella mezcla de colores despertaba el apetito aunque el reloj interno siguiera protestando.

Muy pronto comenzaron a sonar los trastos, ese concierto metálico de platos y vasos que anuncia desayuno incluso a diez mil metros de altura. Decidí incorporarme y transformar nuevamente la cama en asiento. Ya habían dejado sobre la mesita la toalla húmeda caliente para limpiar manos y rostro, quizá —pensé con humor— para evitar que esta cara de añejo anduviera circulando por Europa. La azafata llegó enseguida, colocó el mantel, sirvió zumo de naranja y acomodó con precisión dos tenedores, dos cuchillos y dos cucharas antes de traer un desayuno gigantesco: omelette enorme con jamón que no pude terminar, torta de papa, frutas, yogurt, pan… mucho pan… y una taza de café humeante.

A las 2:32 de la madrugada hora de San José —10:32 en Madrid— tocamos tierra a 17 grados centígrados, llegando treinta minutos antes de lo previsto. En ese instante tomamos la decisión simbólica de abandonar oficialmente la hora de casa y empezar a vivir según el reloj europeo. Siempre me produce sensaciones encontradas llegar a España: por un lado la familiaridad cultural; por otro, la memoria histórica inevitable de lo que significó la colonización para muchos pueblos. Pero recién aterrizado, con sueño y maletas, no era momento para discusiones internas. No quería pelear. Había que avanzar.

Como aterrizamos antes, no había mangas disponibles, así que bajamos directamente a la pista y subimos al bus hasta la Terminal 4. Después de varias vueltas por el aeropuerto terminamos instalados en la sala VIP de Iberia esperando la conexión hacia Roma.

Ahí apareció un pensamiento curioso. Normalmente compramos tarjeta SIM local cuando estaremos más de cuatro días en un país. Esta vez no lo hicimos, aunque perfectamente lo justificaba: cuatro días en Italia antes de ir a Egipto y Turquía, y luego otros cuatro en España antes de volver a casa. Ocho días en total. Más que suficiente. ¿Por qué entonces no estábamos motivados? Tal vez porque, en el fondo, sentíamos que el corazón del viaje estaba en Turquía y Egipto. Pero inmediatamente me obligué a corregir esa idea. No sería justo con Roma, que tanto me gusta y que ha sido importante en mi vida artística y literaria, ni con Madrid, que me ha regalado momentos felices en visitas anteriores. Tenía que concentrarme en vivir cada momento, cada ciudad, exactamente por lo que ofreciera.

A las 4:00 de la tarde ya estábamos montados en el avioncito que nos llevaría desde Madrid hasta Roma. Esta vez en clase económica, decisión lógica para un vuelo corto de dos horas donde la diferencia de servicio no justificaba el costo adicional. El avión iba tan lleno que a muchos pasajeros, incluidos nosotros, nos quitaron el equipaje de mano para enviarlo a la bodega. No era problema porque los objetos valiosos estaban en la mochila… hasta que recordé que había dejado las baterías extra en la maleta. Mi iPhone marcaba apenas 15 % de batería para un vuelo sin tomas eléctricas. Ni modo.

Repitieron las medidas de seguridad habituales, comenzando otra vez con la advertencia para quienes tuvieran Samsung Galaxy 7: mantenerlo apagado durante todo el vuelo. No entendí muy bien los detalles, pero al parecer podían explotar o algo así.

A las 4:10 empezamos a movernos por la pista del Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, atravesando la siempre árida planicie castellana. A las 4:19 despegamos.

El vuelo no tuvo nada particularmente interesante. Dormí cerca de una hora y el resto del tiempo jugué con las aplicaciones del iPad, dejando que las dos horas se deshicieran sin esfuerzo.

A las 6:15 aterrizamos.

Bienvenidos a Roma.

Llegamos al aeropuerto principal de Italia, cuyo nombre oficial es Aeropuerto Internacional Leonardo da Vinci, aunque todo el mundo lo conoce simplemente como Fiumicino. A la salida nos esperaba nuestro chofer, vestido elegantemente con traje negro y camisa blanca, junto a un flamante Mercedes Benz negro, limpio e impecable. Se llamaba Marco. Medía cerca de un metro noventa, delgado, ojos claros y con barba perfectamente recortada.

Tomó rutas que no reconocíamos, calles menos familiares que nos produjeron una ligera inquietud, pero explicó que era la mejor forma de evitar el tráfico de la hora pico. Confiamos. Y finalmente llegamos al hotel sanos y salvos.

Nuestra habitación estaba en el último piso, con balcón, y desde allí la vista de la cúpula del Vaticano se elevaba sobre la ciudad como si alguien hubiera colocado Roma entera en perspectiva solo para recibirnos.

Cenamos en el restaurante del hotel sin demasiada ceremonia. El cansancio ya empezaba a pesar.

Había que dormir.

A las 4:30 de la madrugada saldríamos hacia Pompeya.

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