Roma como antesala del desierto
Ayer salimos de San José en un vuelo de Iberia, pasamos por el aeropuerto de Barajas en Madrid y, en otro vuelo de la misma línea aérea, llegamos a Roma. Aquí nos quedaremos unos días antes de aterrizar en Egipto, lo cual nos tiene ilusionados de una manera difícil de explicar, sobre todo porque ninguno de los dos había estado antes en África. Hay viajes que emocionan por los lugares, y otros que emocionan por lo que significan. Este tenía las dos cosas. En el mapa, África era un continente más. En la mente, era el último continente habitado que nos faltaba conocer; y sentir que por fin lo tocaríamos con los pies le daba al viaje un simbolismo silencioso, como si cerráramos un círculo que nunca nos propusimos cerrar, pero que la vida fue dibujando a su manera.
Roma, en ese contexto, se convirtió en una especie de umbral. Un refugio conocido antes de entrar en un territorio completamente nuevo. Me gustaba estar aquí, y precisamente por eso no quería vivirla como simple “escala”. Roma ha sido importante para mí, en lo artístico y en lo literario, y Madrid también me ha hecho feliz en visitas anteriores. Así que me repetí algo con firmeza: tengo que concentrarme y focalizarme en vivir cada momento y cada lugar; que cada ciudad ofrezca lo que ofrece. No sería justo atravesar estas ciudades europeas con la mente adelantada hacia Egipto y Turquía, como si lo valioso estuviera solo más adelante. Viajar no es perseguir el destino principal: es habitar lo que hay, justo donde estás.
Aun así, era inevitable que la imaginación se fuera hacia el desierto. En Luxor visitaríamos el lado Este con nuestro guía egiptólogo y el chofer en un carro privado. Esperábamos ver el Templo de Karnak, considerado el más grande del mundo, y luego el templo de Luxor. Conoceríamos el Valle de los Reyes —o el Valle de los Secretos— y veríamos tres tumbas de los gobernantes de Tebas y del Reino Nuevo. También tendríamos la oportunidad de visitar la tumba del Rey Tut, después de ir al templo de la Reina Hatshepsut, de quien se dice que fue la más poderosa de la historia, seguido por el Valle de las Reinas y, por supuesto, no queríamos perdernos los “Colossi Status of Mammon”, esas presencias gigantes que parecen cuidar el tiempo.
Luego, al regresar al Cairo, visitaríamos el Museo del Cairo y pasearíamos por el Viejo Cairo. Y después vendría Turquía. Estambul, ese cúmulo impresionante de historia, arqueología, cultura y arquitectura. Turquía es un destino formidable que queríamos conocer desde hacía tiempo y ahora tendríamos la oportunidad, si Dios lo permite hasta el final. Dichosamente, además, estaríamos allá con chofer e historiador privado, alguien que nos haría un viaje al pasado revelando aspectos intrigantes de la historia y la cultura turca. Me gustaba pensar el recorrido como una conversación con civilizaciones enteras, no solo como una acumulación de fotos y monumentos.
Nada de esto había salido al azar. Habíamos planeado con mucho cuidado estas vacaciones, con muchas horas de investigación en Internet. Nuestro paso por Madrid, la estadía en Roma y luego los días que pasaríamos en España serían por nuestra cuenta. Pero para Egipto y Turquía decidimos contratar un tour de lujo. No por una necesidad de ostentación, sino por un sentido práctico casi inevitable cuando uno entra a regiones donde la logística puede volverse un idioma propio. Ellos se encargarían de nuestras visas de entrada a los dos países, y tendríamos un guía privado de habla hispana en cada destino, incluso acompañándonos en el crucero de tres días por el Nilo. Podría decirse que los únicos momentos sin asistencia serían mientras voláramos de un destino a otro. Además, tendríamos carro privado y chofer en El Cairo, Aswan, Luxor, Estambul y Capadocia.
Cuando puse todo en perspectiva, me impresionó la magnitud real del plan. Una vez que aterrizáramos en África, tendríamos trece noches en hoteles cinco estrellas, algunos considerados entre los más lujosos del mundo. Y once vuelos en total: San José a Madrid, Madrid a Roma, Roma a Estambul, Estambul a El Cairo; El Cairo a Aswan, Luxor al Cairo, El Cairo a Estambul, Estambul a Capadocia, Capadocia a Estambul; Estambul a Madrid y Madrid a San José. El tour contratado incluía asistencia personalizada en todos los aeropuertos internos, algo que en teoría suena pequeño, pero en la práctica puede salvarte el día: migración, aduana, maletas, conexiones, encontrar al guía, llegar al chofer, no perder tiempo, no perder energía.
En medio de esos pensamientos apareció algo casi doméstico, pero muy real: la lavandería. Aparentemente, los hoteles donde nos hospedaríamos, tal vez por el nivel, no tendrían lavandería para huéspedes, aunque sí servicio de lavandería… a un costo siempre elevado. La empresa del tour nos ofreció una solución: en algunas ciudades, personal local podría llevarse nuestra ropa y devolverla limpia. Pero, conociéndonos, era muy probable que termináramos haciendo lo de siempre: lavar a mano en el lavatorio y convertir la habitación en una vecindad de ropa tendida. Viajar con hoteles cinco estrellas no siempre evita las soluciones caseras. Hay una parte del viaje que siempre regresa a lo simple.
Y estaba, por supuesto, el tema del riesgo. Íbamos a una zona conflictiva del planeta. La empresa nos aseguraba que Egipto y Turquía eran seguros, principalmente para turistas y en zonas turísticas, y nos explicaron que su equipo trabajaba conjuntamente con las fuerzas policiacas egipcias y turcas, manteniéndose informados de lo que sucedía en los alrededores de donde sus turistas estarían. También nos dijeron que egipcios y turcos eran muy amigables, y que las autoridades estaban presentes en todas esas ciudades. Los hoteles de alto nivel, además, se ubicaban en zonas con mejor seguridad, y siempre estaríamos acompañados por un representante de la empresa, salvo cuando estuviéramos en vuelo, además de tener carro y chofer disponible con nuestro itinerario en mente y con la tarea de cuidarnos.
Me llamó la atención el compromiso de la empresa con los detalles: recibirnos no solo en cada ciudad, sino dentro de cada aeropuerto, ayudarnos con migración, aduana y maletas, y luego acompañarnos hasta encontrar al guía, al chofer y el carro. Para garantizarlo, todos los tours serían privados, incluso las paradas del crucero por el Nilo. En el fondo, uno sabe que ninguna promesa es absoluta, pero también sabe que una logística bien armada le quita peso al miedo y le deja espacio a la experiencia.
Roma, mientras tanto, seguía ahí, firme, con su propia densidad. El Courtyard Rome Central Park by Marriott estaba ubicado en un área verde y tranquila, con acceso fácil mediante traslado en autobús y transporte público hacia la Ciudad del Vaticano y el centro urbano, y ofrecía una magnífica vista de Roma, del parque Pineto y de la basílica de San Pedro. Me gustó esa combinación: elegancia dinámica, verde alrededor, y Roma al alcance sin necesidad de estar metido en el ruido del centro todo el tiempo.
También aproveché para recordar la ciudad desde otro ángulo, casi como anotación de contexto para el libro. Roma es la capital italiana, con 2.872.082 habitantes, el municipio más poblado de Italia y la cuarta ciudad más poblada de la Unión Europea. Su historia abarca tres milenios, y en algún momento extendió sus dominios sobre toda la cuenca del Mediterráneo y gran parte de Europa. Como capital del Imperio romano, fue una de las primeras grandes metrópolis de la humanidad, centro de una civilización antigua que influenció sociedad, cultura, lengua, literatura, arte, arquitectura, filosofía, religión, derecho y moral durante siglos. Es la ciudad con la más alta concentración de bienes históricos y arquitectónicos del mundo; su centro histórico, delimitado por las murallas aurelianas, es una superposición de huellas de tres milenios. En 1980, junto a propiedades extraterritoriales de la Santa Sede y la basílica de San Pablo Extramuros, fue incluida como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Además, es el corazón geográfico de la religión católica y la única ciudad del mundo que tiene en su interior un Estado extranjero: el enclave de la Ciudad del Vaticano, lo que la convierte, en cierto sentido, en la capital de dos Estados.
Pero más allá de los datos, Roma me tocaba por memoria. Tengo recuerdos maravillosos de la última vez que pasamos por aquí. Habíamos estado casi un mes en Italia viajando con un grupo increíble de amigos, recibiendo clases de cocina y consumiendo galones de vino. Al llegar a Roma creímos que ya no podríamos comer mejor… hasta que encontramos un pequeño restaurante cerca del hotel con la más deliciosa pasta a la boloñesa que he probado. Fue tan buena que al día siguiente regresamos al mismo lugar a comer exactamente lo mismo. Hay ciudades que se recuerdan por monumentos. Yo a veces las recuerdo por un plato servido con una naturalidad perfecta.
Y Roma también fue un punto de giro en otro sentido. Fue esa vez, en esta ciudad maravillosa y desordenada, que decidí escribir un libro. Al llegar a San José empecé el que se llamará La Segunda Inquisición. Está un poco detenido; he terminado otros materiales sin volver a continuarlo, pero algún día lo concluiré. Hay proyectos que no se mueren: se quedan esperando en silencio, como si supieran que su momento va a volver.
Esa noche, con Roma afuera y el viaje hacia África todavía por delante, entendí que esta ciudad no era solo una antesala. Era un recordatorio. Hay viajes que cambian lo que escribes, y otros que cambian quién eres mientras escribes. Y yo estaba, otra vez, en el punto exacto donde ambas cosas podían suceder al mismo tiempo.