Egipto y Turquía – Capítulo 10a

De Roma al caos

Hoy era uno de esos días que, aunque estén escritos como “ruta” en un itinerario, en realidad se sienten como un rito de paso. Íbamos a salir de Roma, cruzar por Estambul y terminar en El Cairo: pasar de Europa a África, y hacerlo por primera vez, como quien llega al quinto continente habitado y siente, con una mezcla de orgullo y vértigo, que el mapa personal se completa. Quitando de la ecuación a la inhabitable Antártica y sosteniendo esa idea —tan discutida, pero tan práctica— de que América es un único continente, continentalmente hablando hoy podría decir que conozco todo el mundo. Me gustaba repetirlo en la mente, no por vanidad, sino por esa rara sensación de cierre, como cuando terminas un círculo y, sin embargo, sabes que el círculo no era el objetivo, sino el camino.

El plan del día tenía un componente que yo mismo llamaba “tour de lujo de cinco estrellas”, y lo decía así, con todas las letras, porque quería registrar cada detalle especial tal como ocurriera, sin falsa modestia y sin el miedo a que alguien lo interpretara como ostentación. Aun así, también dejaba claro desde antes que probablemente no volaríamos en Primera Clase entre Europa, Asia y África, porque los costos dentro de estos continentes suelen ser elevadísimos, y lo sensato era sujetarnos a Clase Económica; aunque, siendo honestos, no habíamos descartado regresar a casa en clase ejecutiva desde Madrid. Lo interesante del “lujo”, en este caso, no era el asiento del avión, sino la coreografía completa de asistencia: un representante esperándonos en el túnel de salida, ayudándonos con la visa, aduana y migración, acompañándonos a los carruseles para recoger equipaje, sumándose otro oficial, más el chofer, más el guía privado, y de ahí directo a nuestro hotel de cinco estrellas, el Mena House. A mí me encanta observar cómo un viaje cambia por completo según el nivel de acompañamiento: cuando la logística está resuelta, la mente se libera para registrar, sentir, comparar y escribir.

Ese hotel, además, venía cargado de historia antes de que nosotros siquiera llegáramos. Se decía que era de los pocos en El Cairo con una historia colorida y rica, con huéspedes de la realeza, emperadores, políticos y celebridades desde 1869… y ahora nosotros. Cuarenta acres de jardines verdes. Localizado a la sombra de la Gran Pirámide de Giza. Un interior lujoso, antigüedades exquisitas, muebles tallados a mano. Y la promesa —la clase de promesa que vuelve a un adulto un niño— de que desde la ventana de nuestra habitación podríamos ver las pirámides.

El día empezó, sin embargo, con Roma. Amanece en esta ciudad con tonos rosados y celestes, y desde nuestra habitación se dejaba ver la cúpula todavía iluminada de la Iglesia de San Pedro en la Ciudad del Vaticano. A las 5:30 sonó el despertador, y nos levantamos con la ilusión simple y gigante de volar a El Cairo, haciendo escala en Estambul, una ciudad a la que volveríamos en unos días. Íbamos con Turkish Airlines, que en español, en un arranque de humor inevitable, yo pensé que debería llamarse algo así como “Línea Aérea Chompipe”, y al mismo tiempo recordé el dato oficial: ha sido seleccionada como la mejor línea aérea de Europa los últimos seis años. Bien le queda a Turquía tener tierras en Europa y en Asia, porque seguramente sería difícil ganar ese título en Asia, donde están Qantas y Emirates, que por cierto ya hemos usado ambas.

Mientras tanto bajé por nuestras bolsitas de desayuno para comer algo mientras nos alistábamos; el chofer vendría a las 7:00.

Nuestro chofer, Giuliano, llegó antes de tiempo, y eso ya me puso en un estado mental de “todo está funcionando”. Era un hombre en sus treinta y tantos, tal vez un poco pasadito de peso, con una pinta italiana notoria y cejas arregladas. Tomó las maletas y las acomodó en un Mercedes Benz negro hermoso, de esos que en mi imaginación inevitablemente se parecen a los que sacaron a Su Santidad de Roma huyendo por su vida, según el libro La Segunda Inquisición. Nos montamos atrás, Giuliano cerró mi puerta —un detalle que, honestamente, no me molesta; más bien es un chineo divertido— y nos fuimos rumbo al aeropuerto Fiumicino. El carro moderno se apagaba en los semáforos para economizar combustible y cuidar el ambiente, y al acelerar arrancaba de nuevo, como si el vehículo respirara por sí mismo.

Al llegar al aeropuerto, Giuliano corrió a abrirme la puerta, y ese gesto me despertó un recuerdo inmediato: una vez en Cartagena de Indias, Colombia, contratamos guía con chofer y carro, y durante todo el tiempo no abrí ni cerré mi puerta una sola vez. Hay lujos que no son caros; son de atención.

A las 7:30 ya estábamos en el mostrador de Turkish Airlines registrándonos y entregando dos maletas que se irían directo a El Cairo, sin pasar por aduana en Estambul. Nosotros nos quedamos con los maletines de espalda y las maletas pequeñas de jalar, los carry on. Y ahí, sin drama pero con cierta claridad simbólica, pensé: “estando aquí, oficialmente se acaba la genética italiana; ya veremos qué se ve”.

Pasamos seguridad, hicimos migración de salida en el Aeroporti di Roma y buscamos el lounge de Priority Pass. Comimos algo con un jugo y a las 9:00 salimos a buscar la puerta. El despegue fue a las 11:10 desde Roma, en la costa del Mediterráneo, y en menos de veinte minutos ya estábamos sobre el Adriático. Yo conozco ambos mares: el primero lo he visto varias veces y el segundo lo vi aquella vez en Trieste.

Continuamos al este en un día soleado, con nubes dispersas, cruzando espacios aéreos que en mi mente se iban acomodando como piezas de ajedrez: Croacia, Bosnia Herzegovina, Serbia, Grecia, Bulgaria… hasta llegar a Estambul, Turquía.

El avión no iba tan lleno y nosotros íbamos con tres asientos, y antes del mediodía nos sirvieron desayuno: dos tipos de queso, aceitunas, pan caliente, huevos revueltos con lonjas de tomates italianos y un postrecito. Hice la aclaración en voz interna —porque yo soy así— de que los tomates italianos son menos ácidos que los nuestros; por eso las salsas son tan buenas. Y aun así pensé que casi podemos lograrlo con tomates ticos si endulzamos la salsa con albahaca y luego retiramos la parte de arriba una vez que esté fría. A las 12:15 un hombrecito vestido de chef nos trajo un tecito, y a las 12:40 empezamos el descenso. A la 1:00 íbamos volando sobre el Mar de Mármara antes de aterrizar; la ciudad se veía turbia, y no parecía niebla, sino contaminación. A la 1:10 tocamos tierra.

Lo que siguió fue un choque.

Nos bajamos del avión y entramos en un puesto de control de pasaportes con cientos de personas; era como hacer migración en Miami o en Sídney, solo que aquí no se ven chinos, pero sí gente del mundo árabe. No nos preguntaron nada. A veces los sellos de muchos países les dan confianza; otras veces, como en Nueva Zelandia, les causa curiosidad por qué viajamos tanto. Los pasaportes costarricenses, por lo general, no suelen tener problemas. El oficial me lo devolvió diciendo “Vinikio”, y yo pensé que, si el nombre se iba a deformar, al menos que fuera con cariño.

De pronto caminamos con la masa y terminamos en la acera. Literalmente afuera, con pitos, voces, gente, un desorden que me generó preocupación y más bien angustia. Era como estar en las calles de la India. Los dos nos sentimos nerviosos; Estambul no nos estaba dando tranquilidad en ese primer golpe, y fue una sensación extraña porque sabíamos que pronto tendríamos que regresar a pasar unas noches aquí.

Intentamos entrar por una puerta, pero era de una vía, así que caminamos —casi corriendo— por la acera hasta lograrlo. Y claro: esto es Estambul, así que para entrar había un puesto de seguridad. En medio de ese caos ocurrió una escena que todavía me hace sonreír: una muchacha insistía con una palabra que yo no entendía. “Compita?”, me decía. Yo respondía “Sorry!” una y otra vez. “Habla inglés?” “Sí.” “Compita?” Hasta que por fin se me encendió la bombillita: “Ah… computer.” Y según ella, yo era el que no hablaba inglés.

Después de ese primer control, pasamos otro control de pasaportes y finalmente otro punto de seguridad. Dichosamente, no tuvimos problemas en nada.

Este aeropuerto se sentía distinto a los que he visto en otras partes del mundo. Gente extraña, distinta, mucho árabe, pocas mujeres de Malasia, y ciertamente muchos turcos, aunque también podría estar confundiendo nacionalidades vecinas, incluso con egipcios y libaneses. Y algo más: me ven mucho, y no sé por qué. Desde que llegamos traté de no hacer contacto visual. Me topé con hombres que, donde me ven, desvían la mirada y luego la vuelven hacia mí. No sé si es mi cara, mi porte, mi estilo… algo llama la atención. Ojalá fuera “belleza tropical”, pero no lo sé. Tal vez lo descubra en los próximos días. Al menos aquí puedo lucirme más, porque no estoy entre italianotes.

Con todo ese revoltijo interno, terminamos el proceso migratorio y de seguridad y nos fuimos al VIP Lounge por un cafecito, esperando la hora de embarcar.

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