El último día tranquilo en Roma
Desperté con esa sensación rara que solo aparece cuando uno duerme bien en medio de un viaje largo. Durante unos segundos no recordé dónde estaba. No era mi casa, no era un hotel cualquiera, no era todavía África ni el mundo árabe que venía después. Era Roma. Y el cuerpo, por fin, había logrado descansar de verdad. Siete horas completas de sueño. En los primeros días de un viaje internacional eso se siente casi como un pequeño milagro logístico.
Hoy sería nuestro último día entero en la ciudad.
La idea era simple: caminar, repetir algunos lugares que ya nos habían enamorado, comer en una trattoria sin pretensiones, y por la tarde hacer el tour en Segway por el centro histórico. Mañana partiríamos hacia Egipto, hacia África, hacia una cultura distinta, hacia territorios donde el islam sería la religión dominante y donde la historia milenaria no estaría en museos, sino respirando en la calle. Ese pensamiento flotaba como una sombra suave detrás del entusiasmo: hoy era el último día fácil.
Viajar por Europa occidental siempre resulta familiar, incluso cuando no lo es. El idioma puede cambiar, los edificios también, pero la lógica cultural sigue siendo reconocible. Lo que venía después probablemente no lo sería tanto.
Pensé en nuestro viaje del año anterior a Dubái y Abu Dhabi, en los Emiratos Árabes Unidos. Aquello había sido nuestro primer contacto con el mundo árabe. Tal vez esa experiencia nos serviría de referencia… aunque algo me decía que Egipto sería otra historia completamente distinta. Estaríamos en tierras asociadas a Moisés, al refugio del niño Jesús con sus padres, al relato del Mar Rojo abierto. Independientemente de las creencias personales, hay lugares cuya carga simbólica atraviesa siglos y termina instalada en la imaginación colectiva.
Y eso me llevó a otra idea que siempre aparece cuando viajo: la famosa “energía” de los lugares.
Muchos hablan de sitios con vibración positiva —Machu Picchu, por ejemplo—, donde honestamente yo no sentí nada extraordinario en ese sentido, aunque sí una admiración histórica profunda. Curiosamente, donde sí he percibido sensaciones intensas ha sido en lugares asociados al sufrimiento humano: espacios de la Inquisición, memoriales del Holocausto. Lugares donde el ambiente parece guardar memoria. Normalmente prefiero evitarlos… y sin embargo sabía que en menos de un año probablemente estaría en Auschwitz. Y aunque mi fe no suele incluir oraciones por los muertos, ahí quizá haría una excepción, no por ellos, sino por los vivos, para que algo así nunca vuelva a repetirse.
Roma, en cambio, ofrecía hoy una calma amable.
Nos levantamos a las ocho, descansados, sin prisa. El plan logístico era sencillo: pre-chequear el vuelo del día siguiente, confirmar el transporte al aeropuerto —una empresa de limusinas que seguramente enviaría un sedán negro, ojalá Mercedes como el de nuestra llegada— y organizar los últimos detalles antes de volar hacia Estambul para conectar luego con El Cairo, donde comenzaría oficialmente el tour contratado en Estados Unidos.
Mientras tanto, la mañana tenía una tarea mucho menos romántica pero absolutamente real: lavar ropa interior y algunas camisas. Viajar no es solo monumentos; también es convertir la habitación en lavandería improvisada. Ya queríamos llegar al mundo árabe con toda la ropa limpia, listos para las arenas de faraones pasando por tierras de sultanes.
Algunas personas no entienden cómo, estando en Roma, uno puede quedarse tranquilo en el hotel o cenar temprano ahí mismo. Pero viajar para nosotros nunca ha sido exprimir cada minuto; ha sido vivir cada lugar al ritmo que queremos. Por eso elegimos hoteles extremadamente cómodos. Estábamos en un Marriott, y las camas de esa cadena tienen una peligrosa capacidad de convencerte de quedarte un rato más. Además, veníamos un poco cargados de actividades futuras en El Cairo, así que esa pausa también era parte del viaje.
Salimos cerca de las once hacia el Vaticano usando el shuttle del hotel. Apenas iniciada la ruta, el chofer recibió una llamada: unos pasajeros habían llegado tarde y debía devolverse por ellos. Volvimos cinco minutos después de haber salido. El retraso nos irritó bastante. Incluso en recepción nos explicaron que los pasajeros tardíos eran clientes “Marriott Rewards”, como si eso justificara el desorden. Luis Fer les recordó que nosotros también lo éramos. Aquello merecería una mala calificación después.
Finalmente llegamos.
Caminar por la Ciudad del Vaticano siempre provoca una sensación difícil de traducir. No necesariamente religiosa. Más bien arquitectónica, histórica, humana. Pararse en el centro de la Plaza de San Pedro y mirar alrededor produce una conciencia inmediata de escala, de tiempo, de civilización acumulada. Mientras caminaba, pensé otra vez en La Segunda Inquisición, ese libro inconcluso cuyo mapa narrativo pasa justamente por estas calles.
Dos sacerdotes nos pidieron que les tomáramos una foto. Uno era de Vietnam, el otro de Nueva York. El asiático me preguntó si yo era neoyorquino porque hablaba inglés. Cuando le dije que no, su sorpresa me recordó lo pequeño que puede ser el mundo visto desde ciertos ángulos.
Un poco más tarde una chica nos detuvo en la calle saludando en varios idiomas —algunos claramente improvisados— intentando llevarnos a su restaurante. Terminamos comiendo ahí de todos modos. Compartimos una pizza pequeña y una botella de agua. Roma tiene ese talento para hacer que incluso las decisiones manipuladas se sientan espontáneas.
Y Roma también tiene escenas que no pasan en ninguna otra parte.
Como salir del baño del restaurante y encontrarme con una monja entrando justo cuando sabía que dentro se había acabado el papel higiénico. Tomé un rollo, se lo entregué explicándole la situación, y por un segundo pensé que no todos los días uno tiene la oportunidad de darle papel higiénico a una monja en la puerta de un baño romano. Viajar también es coleccionar anécdotas absurdamente específicas.
Comimos el gelato obligatorio. Y a las tres empezó el tour en Segway.
Nuestro guía era un francés joven, delgado y simpático, con explicaciones en inglés. Éramos pocos: nosotros y una pareja inglesa. El recorrido fue un desfile de historia viva: Piazza Navona con su mezcla de arte y vida social; el Panteón, templo circular reconstruido por Adriano sobre el original de Agripa; el monumental Vittoriano dedicado al primer rey de la Italia unificada; el Coliseo, anfiteatro del siglo I capaz de albergar cincuenta mil espectadores; la Fontana di Trevi, restaurada apenas el año anterior; las escalinatas de la Plaza de España; la subida hasta el Parco Borghese para ver la ciudad al atardecer; y finalmente el Castillo de San Ángel, antiguo mausoleo de Adriano conectado al Vaticano por el corredor fortificado del Passetto.
Ese lugar siempre me emociona particularmente porque forma parte del universo narrativo de La Segunda Inquisición.
Mientras avanzábamos por las calles adoquinadas pensé en lo feliz que me hace ese aparato. Ya habíamos hecho Segway en Washington DC, Savannah, Queenstown… y cada vez produce la misma mezcla de juego, equilibrio y libertad. Sentí el viento en la cara, el movimiento suave, la sensación infantil de estar flotando mientras la historia pasaba alrededor.
Roma al atardecer, vista desde movimiento lento, no necesita explicación.
Volvimos al hotel ya de noche, cenamos ahí mismo y empezamos a preparar maletas. Mañana tocaría madrugar. Mañana empezaríamos el tramo que realmente habíamos venido a vivir.
Egipto nos esperaba.
Y mientras terminaba el día, noté un detalle completamente trivial pero absolutamente cierto: en la cafetería del hotel no estaba solo el mesero habitual, sino tres más… y si algo tiene Italia, además de historia, arte y gastronomía, es una población masculina que parece salida directamente de un catálogo.
Roma se despedía con humor. El viaje, en realidad, apenas comenzaba.