01 – El principio del fin

Salvando el “Pura Vida”, sin lograrlo

Costa Rica llegó a esas elecciones al borde de algo que todavía no sabíamos nombrar del todo. No eran solo unas elecciones más. No eran únicamente papeletas, banderas o discursos. Eran, probablemente, las elecciones más complejas y decisivas de las últimas décadas, porque en ellas no solo se disputaba el poder político, sino algo mucho más frágil y profundo: el sentido de país, la forma de relacionarnos, el clima emocional que nos había definido durante generaciones.

Por un lado estaba el continuismo, decidido a mantener la continuidad de un gobierno efervescente, con un discurso soez, agresivo, provocador, que había erosionado el respeto por los poderes de la República, debilitado la confianza en las instituciones y puesto en riesgo algo que muchos daban por garantizado: la democracia. No se trataba solo de diferencias ideológicas. Se trataba de una forma de ejercer el poder que normalizaba el grito, la burla, la descalificación y el ataque como herramientas legítimas de gobierno.

Del otro lado estaban los partidos democráticos. Diversos, imperfectos, fragmentados, a veces desordenados, pero unidos por una convicción común: que la democracia debía sostenerse, cuidarse y defenderse incluso cuando no garantiza victorias fáciles. La lucha fue feroz. Intensa. Esperanzadora para quienes todavía creíamos que era posible detener el deterioro. Durante meses, la sensación fue la de una guerra sin cuartel —o con cuarteles, como se quiera llamar— donde cada palabra, cada gesto y cada silencio parecía tener consecuencias.

Al final, se perdió.

No solo se perdió una elección. Se perdió algo más difícil de cuantificar. Se perdió el pura vida. Se perdieron los índices que alguna vez respaldaron esa frase como un símbolo real, no turístico, no decorativo. Se perdió el pura vida en lo local y en lo internacional. El ánimo colectivo se quebró. Las conversaciones se volvieron ásperas. El trato cotidiano entre costarricenses se dañó. Las relaciones se tensaron. Y quedó claro que harían falta décadas de trabajo paciente para recomponer algo que antes parecía natural y ahora ya no lo es.

A nivel internacional, la imagen de Costa Rica dejó de ser la que siempre había sido. Ese país pequeño, pacífico, dialogante, respetuoso de sus instituciones, empezó a verse distinto. No de golpe, pero sí de manera persistente. Como cuando una grieta no derrumba la pared de inmediato, pero deja claro que algo estructural se ha dañado. Lo que murió ahí no fue una consigna, fue una identidad. Fue, simplemente, la muerte del pura vida tal como lo conocíamos.

Esta es esa historia.

No contada desde un partido político. No contada desde una candidatura. No contada desde el poder formal.

Es la historia contada desde mis ojos, desde mi perspectiva, desde mis vivencias, en un protagonismo singular, extraño y probablemente único en nuestra historia reciente. Un lugar donde algo que no era un partido político —y que tampoco quería serlo— tomó las riendas de una campaña, de un movimiento, de una agrupación ciudadana, y logró hacerse escuchar con fuerza a nivel nacional. Un esfuerzo enorme, sostenido, agotador, por salvar la nación, la democracia y el pura vida. Sin lograrlo.

No escribo esto para justificarme. No escribo esto para explicarme. No escribo esto para convencer a nadie. Escribo porque estuve ahí. Porque lo viví en el cuerpo. Porque caminé esos meses con la conciencia de que algo se estaba rompiendo y con la esperanza —tal vez ingenua, tal vez necesaria— de que todavía podía salvarse.

Esta es la crónica de ese intento. De ese movimiento. De esa derrota. De esa dignidad sostenida incluso cuando no alcanza.

A continuación, la historia.

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