Una mañana de sábado que el arte decidió guiar

La clase de acuarela y técnicas mixtas de esta mañana de sábado fue gloriosa. Éramos cuatro personas. Dos estudiantes regulares, de esos que uno aprecia no solo por lo que pintan sino por la historia compartida de cada semana. Y dos señoras que venían por primera vez. Una de ellas seguidora de Apacigua tu ser interior, y fue hermoso ponerle rostro a ese vínculo que hasta hoy había sido solo virtual: conversar, compartir experiencias, hablar de arte, de vida… sentir que el puente entre lo que escribes y la gente existe de verdad.

La cuarta persona hablaba poco. Desde el inicio se percibía que venía con algo adentro. No era una tristeza teatral ni visible; era más bien ese silencio pesado que a veces acompaña a quien está sosteniendo algo que todavía duele demasiado.

En un momento, mientras pintaba unas flores, unas lágrimas fugaces salieron de sus ojos. No fue un llanto abierto, fue apenas una grieta. Le alcancé una caja de pañuelos y le di su espacio, sin preguntas, sin urgencia. Al rato, con esa mezcla de pudor y necesidad de explicar, se disculpó. Dijo que su esposo había fallecido recientemente.

Y en ese instante la clase dejó de ser solo una clase.

Le dije: “Ah, sí… entonces permítame”.

Retiré el cuadro que estaba pintando, traje una bandeja de metal, coloqué dentro un papel de acuarela y tomé cuatro canicas. Dos las embadurné en rosado y dos en turquesa. Le pedí que las dejara rodar sobre el papel.

Ella lo hizo.

Mientras las canicas avanzaban, chocaban, cambiaban de rumbo y dejaban sus huellas mezclándose sin obedecer a ningún plan, yo le conté una historia. No era una historia complicada. Era una de esas historias que el arte sabe contar cuando uno entiende que a veces no hace falta explicar la vida… basta con verla moverse.

Al final, mientras ella seguía trabajando en su pintura, tomé un papel y escribí esa misma historia que le había contado. Se la entregué en silencio.

Y esa historia es la que pongo a continuación.

Cuando la vida rueda            

A veces alguien llega a una clase de arte con algo más pesado que los pinceles. Llega con una ausencia, con una historia interrumpida, con una pregunta que no tiene respuesta. Y entonces el papel blanco deja de ser un ejercicio… se convierte en un espacio donde la vida puede empezar a hablar sin palabras.

Ese día no usamos pincel para empezar. Usamos canicas embadurnadas de pigmento rosado, dejándolas rodar por el papel. No había control total sobre su camino. Cada canica avanzaba, cambiaba de dirección, chocaba, se detenía, volvía a moverse. Como la vida misma. Esos recorridos rosados eran su historia: los años vividos, los momentos inesperados, las curvas que nadie planea pero que terminan formando el mapa de quién eres.

Después llegaron las canicas turquesa. Representaban a su esposo. Y al rodarlas, ocurrió algo inevitable y profundamente verdadero: los caminos empezaron a cruzarse. Las trayectorias se tocaron, los pigmentos se mezclaron, algunos tramos quedaron más intensos, otros apenas rozados. No fue una mezcla dibujada con intención romántica; fue una mezcla real, imperfecta, azarosa… como ocurre cuando dos vidas se encuentran y empiezan a caminar juntas sin saber cuánto durará el trayecto.

Y ahí estaba la revelación silenciosa: cuando alguien ha compartido tu vida, su color no desaparece cuando su presencia física se va. Su trazo ya está mezclado en el tuyo. No hay forma de separar completamente los pigmentos sin destruir el papel.

Después, con la acuarela, ella empezó a rellenar los espacios entre esas líneas. Ya no era la historia pasada ni el cruce de los caminos. Era el presente. Era la vida que sigue respirando entre los recuerdos. Cada color elegido no era una obligación de alegría ni una imposición de tristeza; era simplemente un acto de seguir habitando el propio papel.

Porque la vida, aunque a veces se rompa por dentro, nunca vuelve a quedar completamente en blanco. Siempre quedan espacios. Y esos espacios, con tiempo, con cuidado y con permiso interior, también pueden recibir color.

El arte no devuelve a quien se fue. Pero a veces logra algo igualmente importante: mostrarte que el amor no se borra… se integra. Y que tu historia no terminó; solo cambió la forma en que los colores siguen rodando.

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