Hoy nos abrazamos

Salí de mi cuarto porque escuché a Kika rascando una puerta en el piso de abajo. Ese sonido me pareció familiar, como si me llamara desde un rincón del tiempo que ya no existe. Bajé, un poco confundido, y de pronto vi que la luz del cuarto de mi hermano Norman estaba encendida. La puerta estaba entreabierta. Me asomé, y ahí estaba él.

Estaba de espaldas, revolviendo el closet, usando una sudadera azul oscuro —o tal vez negra— y una gorra del mismo color. La escena era silenciosa, contenida, como si se estuviera sosteniendo de puntillas en el aire.

Le dije: ¡Norman!

Él no se volvió del todo. Solo respondió con un “ajá” suave, como quien escucha desde una habitación lejana. Y me preguntó si yo sabía dónde estarían sus tenis, que no los veía desde el año 2018

Se giró apenas, sin mostrarme la cara. Sólo pude ver su mejilla derecha, escondida entre la sombra del suéter y la visera de la gorra. Pero no hacía falta más. Era él. Con esa presencia inconfundible que no se puede inventar. Con ese tono de voz que mi cuerpo entero reconoció antes que mi mente.

Y entonces, sin pensarlo, lo abracé.

No sé por qué. O tal vez sí. Porque lo había estado extrañando con cada célula, aunque no lo supiera. Porque su ausencia tiene la forma exacta de un vacío que no se llena con nada. Porque éramos uno. Compartíamos una misma historia, una misma vida, una misma memoria.

Lo abracé fuerte. Como quien no quiere separarse jamás. Como quien no quiere soltar. Y empecé a llorar, sin explicación, sin pudor. Un llanto largo, dulce, profundo. No lo quería dejar ir. No quería que esa escena se rompiera. No quería que ese momento se deshiciera como se deshacen los sueños al abrir los ojos.

No tenía explicación para lo que estaba haciendo, y sentía como si él tampoco, pero creo que tanto él como yo, sin saberlo, sabíamos qué significaba ese abrazo.

Y desperté.

Era mi siesta de la tarde. Y ahí estaba yo, solo, abrazado a la almohada. Ya no estaba Norman. Ya no estaba Kika. Solo quedaba la almohada empapada de mis lágrimas, testigo muda de lo que mi alma acababa de vivir.

Norman no estaba, estaba en el cielo; y KiKa para allá del arcoíris.

¿Fue un sueño o no lo fue?, tal vez sí, tal vez no, y tal vez sí y no del todo. No lo sé; pero lo viví tan intensamente, tan vívido, tan luminoso, tan a colores.

Siento, con todo mi ser, que Norman vino a verme. Que se coló entre mundos para llegar justo ahora, cuando tanto lo necesito… Hoy, que hubiera estado a mi lado en cada paso del día, sin dejarme ni un segundo.

Siento que tal vez escuchó mi llanto incluso antes de que yo comenzara a llorar. Como si supiera que el amor no desaparece, que solo cambia de forma. Como si me dijera, sin decirlo: “Estoy aquí. Todavía te escucho; estoy con vos”

Ciertamente en mis actividades de hoy no lo extrañé y no lo necesité, y tal vez porque ya sabía que no estaba y no podía aferrarme a lo que ya no es; pero una vez que me dormí, mi cuerpo entero supo que hoy me hubiera acompañado en cada proceso. Tal vez hoy no lo necesité realmente, pero igual hubiera estado ahí.

Yo no estoy solo y no me siento sólo; pero, aunque así sea, estoy sin él.

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