Cuando ganás y aun así seguís peleando

Durante el apogeo de la campaña electoral pasé una cantidad absurda de tiempo bloqueando troles. Y quiero decirlo con claridad, porque hay gente que todavía insiste en inventarse una historia que no es: yo no bloqueé a quienes pensaban distinto. No bloqueé a los que creían en el continuismo ni a los que votaron por el continuismo. En mi muro hay personas que lo hicieron y ahí siguen. Eso es asunto de ellos, aunque sea contrario a lo que yo predico, y aunque yo haya trabajado con todo mi cuerpo y mi alma en otra dirección. Lo que sí bloqueé fue la grosería. Bloqueé el insulto. Bloqueé la vulgaridad. Bloqueé a quien llegó no a conversar, sino a embarrialar un espacio que yo cuido porque es mío, y porque aquí la idea siempre fue construir algo que se pareciera más a una mesa que a una trinchera.

Ahora que ya pasó el ruido principal, me llama la atención algo que no logro entender del todo. Todavía hay muchos —aunque son una inmensa minoría— que no viven en paz. Ganaron, y aun así siguen peleando. Ganaron, y aun así andan buscando pleito como si la vida dependiera de eso. Y yo no entiendo por qué no disfrutan el gane, por qué no se sientan, respiran, se toman un café, se van a abrazar a su familia y descansan. ¿Para qué seguir provocando? ¿Para qué seguir atacando? ¿Para qué seguir escarbando en el conflicto como si fuera una fuente de dopamina? Si la victoria era lo que querían, ya la tienen. Entonces, ¿qué es lo que están peleando en realidad? Porque cuando alguien obtiene lo que dice que quería y aun así permanece agresivo, normalmente no está defendiendo una idea: está defendiendo una herida.

Por ahí hay dos que insisten en que tengo el ego subido. Y aquí va mi respuesta, directa, sin drama y sin vergüenza: sí, lo tengo subido. Lo tengo subido porque hice un trabajo exhaustivo, agotador, sostenido, intenso, largo, y hasta donde tengo entendido, nadie más lo hizo así en este país en estos meses. No digo esto para ponerme por encima de nadie. Lo digo porque sé lo que me costó. Sé cuántas noches dormí poco. Sé cuántos mensajes respondí. Sé cuántas horas escribí. Sé cuántas veces apagué incendios emocionales en la gente cuando yo mismo estaba por dentro hecho un nudo. Si eso me da el derecho de sentirme orgulloso, me lo tomo. Si eso me da el derecho de darme palmaditas yo mismo, me las doy. Y aquí viene una distinción que mucha gente no entiende: una cosa es tener el ego subido y otra es tenerlo sucio. El mío podrá estar subido, pero es un ego educado. No es un ego para humillar a nadie. No es un ego para gritarle a nadie. No es un ego para insultar, para aplastar, para creerse superior. Es un ego como una medalla personal, una confirmación interna de que me esforcé, de que me sostuve, de que hice mi parte. Y eso no solo es válido: es sano.

Lo que no es sano —y eso sí lo voy a decir tajante— es lo que ocurre cada vez que publico una foto con algún candidato o con alguna mujer que yo considero sobresaliente. De inmediato aparecen comentarios que no aportan nada: insultos hacia esa persona, desvalorización, burla, desprecio, frases como si fuera obligatorio “bajarle el piso” a quien ha logrado algo. Y yo me pregunto: ¿qué necesidad hay? Si yo saco una foto con doña X porque me gusta, porque la respeto, porque valoro su trayectoria o porque me pareció una persona admirable, y vos no estás de acuerdo, dejá el comentario pasar. Así de simple. No es necesario el insulto. No es necesario desvalorizarla, ni desvalorarla, ni tirar lodo, ni “hacerla menos” solo para sentirte “más” por un segundo. Porque además hay un dato incómodo que el insultador siempre olvida: muchas de esas personas —mujeres y hombres— han alcanzado un nivel profesional, académico, social, público y político que sobrepasa, en muchísimas ocasiones, por mucho, a la persona que está hablando papaya desde un teclado.

Y hay otra escena que se repite y que revela muchísimo. Sale una foto de alguien muy conocido, muy importante, con grandes logros, y aparece el comentario triunfal: “¿Y esta quién es?” Mirá, está bien no saber. Nadie nace sabiéndolo todo. La ignorancia no es pecado. Pero hay una diferencia enorme entre no saber… y querer exhibirlo como bandera, como si la falta de cultura fuera una forma de poder. ¿Para qué insistir en que la gente se dé cuenta? ¿Qué ganás con eso? Porque ese comentario no busca aprender, ni preguntar, ni abrir una puerta. Busca cerrarla. Busca desmerecer. Busca decir: “Si yo no lo conozco, no vale”. Y eso es exactamente lo contrario a la paz interior: es ruido interno convertido en veneno hacia afuera.

Por eso mi llamado hoy no es a la paz nacional, ni a la paz del mundo. Es algo más cercano, más simple y urgente: la paz interior. Esa paz que se nota cuando una persona puede ver algo que no le gusta… y aun así no necesita destruirlo. Esa paz que se nota cuando alguien puede leer un post con el que no está de acuerdo… y sigue de largo sin escupir su amargura. Esa paz que se nota cuando una persona gana… y no necesita seguir peleando para sentirse viva. Si vos vivís en guerra aun cuando ganás, entonces el problema no era la campaña, ni el país, ni el otro bando: el problema es tu ruido interno.

Y aquí pongo un límite con cariño, pero con firmeza. Este muro no es un basurero emocional. No es un ring. No es un lugar para que vengás a practicar tus insultos, tu misoginia, tu resentimiento o tu necesidad de humillar. Si querés debatir, debatí con respeto. Si querés opinar distinto, opiná distinto. Si querés preguntar, preguntá. Pero si lo único que traés es veneno, te vas. No porque yo no tolere ideas diferentes, sino porque yo sí tolero ideas diferentes… lo que no tolero es la falta de valores disfrazada de “opinión”.

Yo sigo aquí, con el mismo norte: apaciguar. Y apaciguar no es agachar la cabeza. Apaciguar no es quedar derrotado. Apaciguar es elegir la calma para pensar con claridad y actuar correctamente. Y si eso a alguien le incomoda, perfecto: la incomodidad también es un maestro. Pero a mí no me van a arrastrar otra vez al barro por deporte.

Vinny, para afinarlo todavía más a tu intención: ¿querés que este artículo mencione explícitamente que vas a volver a bloquear a quien insulte (como regla nueva post-campaña), o preferís dejarlo como advertencia elegante sin decir “bloqueo” literalmente?

Y si no estás de acuerdo con algo que yo dije o con alguna de mis posiciones públicas —que además están presentadas por escrito y pueden leerse con calma— entonces te invito a algo mucho más interesante que el insulto: vení aquí y presentá tu postura. Pero hacelo con respeto. Debatamos. Porque para mí el mayor honor no es tener siempre la razón, sino poder discutir un punto con altura, ya sea para reafirmarlo, para encontrar un punto medio o incluso para cambiar de opinión si el argumento está bien presentado y resulta ser mejor que el mío.

Yo no le tengo miedo a los debates. Al contrario, los prefiero. Prefiero debatir que esconderme. Prefiero las ideas sobre la mesa que los insultos lanzados desde la sombra. Al menos ese soy yo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio