Cuando el nombre se vuelve persona

Cómo cambian las cosas cuando uno les pone rostro, comportamiento y humanidad a las personas. Había escuchado de don Gustavo Gutiérrez Espeleta, exrector de la Universidad de Costa Rica, y por supuesto tenía un concepto muy amplio de él. Seguramente, aunque no lo recuerdo con claridad, alguna vez me pregunté cómo sería. Porque eso suele pasar con esas personas que vemos desde lejos, como si estuvieran en una especie de burbuja, en un mundo que uno solo puede imaginar, o tal vez ni siquiera imaginar del todo.

Algo parecido sucede con alguien como Humberto Vargas, un genio de la música, muy conocido y con una trayectoria enorme. Una persona de esas que, si vas a escucharlo cantar, lo único que podés hacer es escuchar y disfrutar, porque está en su mundo, en sus cosas, en su escenario, y nosotros simplemente lo observamos desde afuera sin tener realmente idea de cómo es en su vida cotidiana. Más o menos lo mismo ocurre con muchas personas famosas o conocidas, o con quienes sobresalen en algún campo muy distinto al nuestro. En ese grupo podríamos incluir a candidatos presidenciales, vicepresidenciales o a esas personas que salen constantemente en las noticias.

Y para seguir incluyendo personas en esa lista —y para que este artículo tenga sentido— voy a incluirme también. No lo hago con la intención de pintarme como alguien sobresaliente, como sí podría decirse de estos dos señores del inicio del artículo, sino simplemente como alguien que muchas personas han leído. Personas que tal vez tienen una idea de cómo pienso, qué me mueve, cómo escribo o incluso conocen partes de mi vida por lo que he contado; pero que en realidad no me conocen, no me han escuchado en persona, no han estado frente a mis charlatanerías, mis chistes, mis ademanes o mi comportamiento normal.

Y esas mismas personas que me leen con regularidad y se han armado un concepto de mí probablemente me ven “por allá”, del mismo modo en que yo los veo a ellos. Solo imaginando cómo seré en realidad, tal vez valorando lo que hago o lo que he hecho, como algunos me lo dijeron, pero sin conocerme realmente.

Todo cambia cuando uno les pone humanidad a esas personas. Eso fue lo que sucedió ayer, cuando tuve la oportunidad de estar frente a varios de los ejemplos que mencioné, pero especialmente en los dos encuentros que tuve con Gustavo y, más tarde, con Humberto. En esos momentos uno descubre a la persona que está detrás del nombre, del cargo o de la actividad pública, y queda con un sabor muy bonito después de haberlos conocido de verdad.

Con Humberto fue muy bonito acercarme simplemente para darme el gusto de saludarlo y luego, sin planearlo, recibir de él comentarios muy positivos sobre lo que hago. Más tarde volvimos a conversar un poco más, y quedamos ambos —creo yo— con ganas de frecuentarnos en algún momento, de expandir lo que conocimos y la forma en que nos sentimos durante esa conversación.

Con Gustavo ocurrió algo parecido, aunque de una forma distinta. Por la mañana, en la Asamblea Legislativa, tuvimos una conversación corta entre telones, casi al paso, y por la tarde, en la Galería Talentum, un momento más cercano. Ahí ya no importaba tanto la distancia que da su cargo o el cargo que tuvo, ni su nivel o su vida pública. En ese momento éramos simplemente él y yo, aunque hubiera más personas alrededor. Estábamos mirándonos a los ojos, conociéndonos, y yo sintiéndome muy feliz de estar viviendo esa experiencia.

Y claro que uno empieza a “maquinar” la posibilidad de que eso vuelva a repetirse. Porque uno quiere volver a vivir ese momento y volver a encontrarse con esa persona. Uno empieza a pensar de qué manera podría suceder otra vez, cómo podría repetirse ese encuentro que tuvo algo tan humano.

Porque quiero tener la sensibilidad de reconocer estos encuentros, de reconocer el valor que tienen. No desde lo comercial ni desde la imagen pública, sino desde la vida y la humanidad. Quiero que esos encuentros se repitan y no se queden como momentos fugaces o pasajeros, sino que lleguen a tener un peso real en la memoria y en la vida.

Solo espero que ellos piensen más o menos lo mismo de mí. Porque también podría suceder lo contrario, y yo estaría entonces frente a algo que simplemente no será. Ellos estarían en todo su derecho de tener un buen concepto de mí o no tan bueno. Pero aunque así fuera, ni ellos ni nadie me quitará lo vivido ayer, y ese es un regalito que me hago a mí mismo.

Y tal vez ahí está una de las cosas más valiosas de la vida pública, de la vida social o simplemente de la vida humana: el momento en que dejamos de ver títulos, cargos, trayectorias o nombres conocidos, y empezamos a ver a la persona que está detrás de todo eso. Porque mientras alguien está lejos, en un escenario, en una oficina, en un cargo o en una página de noticias, uno solo puede imaginar cómo será. Pero cuando aparece la conversación, la mirada directa, el gesto sencillo, la risa compartida o una frase que conecta, todo cambia.

Ese es el momento en que el nombre se vuelve persona. Y cuando eso sucede, la distancia desaparece un poco, la admiración se vuelve más humana y los encuentros empiezan a tener un valor distinto. Por eso vale reconocerlos, cuidarlos y, si la vida lo permite, repetirlos.

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