Nos desmembraron en cuatro años.
Y aun así, como país, les dimos otros cuatro.
Esa frase puede sonar dura, incluso exagerada para algunos, pero describe con bastante precisión la sensación que muchos costarricenses tienen cuando miran lo que ha ocurrido con nuestra convivencia política en los últimos años. No se trata solamente de decisiones de gobierno o de políticas públicas discutibles. Lo que se ha deteriorado con más fuerza es algo mucho más delicado: el tono del país, la forma en que hablamos unos con otros, la confianza en nuestras instituciones y el respeto básico por aquello que durante décadas sostuvo nuestra estabilidad democrática.
Costa Rica no era un país perfecto. Nunca lo fue. Teníamos problemas económicos, tensiones sociales, discusiones políticas fuertes y gobiernos mejores o peores según el momento histórico. Pero había algo que se mantenía relativamente intacto: un cierto consenso básico sobre el valor de las instituciones, sobre la importancia de la democracia y sobre la necesidad de mantener un mínimo de respeto entre quienes pensaban distinto.
Ese tejido comenzó a romperse.
Y lo más preocupante es que no se rompió por accidente. Se rompió como estrategia política. Se instaló la idea de que las instituciones eran enemigas del pueblo, de que los controles democráticos eran obstáculos, de que cuestionar al poder era traición y de que insultar o ridiculizar al adversario era una forma legítima de hacer política.
Ese deterioro no ocurre solo en la Asamblea Legislativa ni en los pasillos del poder. Se filtra hacia abajo. Llega a las redes sociales, a las conversaciones familiares, a los grupos de WhatsApp, a la forma en que los ciudadanos se tratan entre sí. Y cuando eso ocurre durante años, el país empieza a cambiar su carácter.
Por eso la frase inicial pesa tanto.
Porque después de cuatro años de esa dinámica, el país tuvo una oportunidad de preguntarse si quería continuar por ese camino o si prefería recuperar algo del equilibrio perdido. Y aun así, una parte importante del electorado decidió prolongar ese estilo político.
Ahí es donde aparece una comparación que muchos hacen, aunque suene provocadora. En términos de sensatez, dicen algunos, hay decisiones colectivas que no pasarían una revisión técnica básica. Como si el país hubiera llevado su vehículo al RTV —la revisión técnica vehicular— y el diagnóstico hubiera sido claro: demasiadas piezas sueltas, demasiados sistemas fallando, demasiada tensión acumulada en la estructura.
Y aun así, decidimos seguir conduciendo.
No se trata de despreciar a quienes votaron de una manera u otra. La democracia funciona precisamente porque cada ciudadano tiene derecho a tomar su decisión electoral. Pero la democracia también exige algo más que el acto de votar. Exige reflexión, exige responsabilidad colectiva y exige la capacidad de reconocer cuándo un país está entrando en una dinámica que lo empobrece moralmente.
Porque al final la pregunta no es quién gana una elección.
La pregunta es qué tipo de país queda después de ganarla.
