La luz que alguien decide proteger

A partir de las palabras de Gazú García, facilitador de Seminarios Insight, quisiera compartir una reflexión con ustedes. Una reflexión que, curiosamente, cae muy bien en estos momentos nacionales que estamos viviendo. Momentos que, de alguna manera, parecen tiempos no solo inciertos, sino también oscuros.

Porque aunque la campaña electoral fue fuerte y agresiva —como lo han sido también muchos momentos de los últimos años, y tal vez como lo serán algunos de los que vienen—, es precisamente ahora cuando más se necesita algo distinto. Es ahora cuando se necesita del equipo de apaciguados, de las personas que han decidido cuidar su conciencia, para ayudar a iluminar un poco el ambiente que nos rodea.

Vivimos tiempos extraños. Estamos haciendo alianzas con países con los que quizás no deberíamos estar alineándonos, mientras al mismo tiempo convertimos en enemigos a otros que ni lo merecen ni nos conviene tenerlos como tales. Y, paralelamente, aparecen grupos de fanáticos que aplauden todo cuanto escuchan, siempre que venga de cierto grupo o de cierta figura, sin criterio, sin lógica y sin ese amor pacifista por la patria que debería guiarnos.

Y en medio de todo eso aparece una pregunta importante: ¿cómo reaccionamos ante la oscuridad?

Cuando se va la luz, los puntos de referencia desaparecen. Y de alguna manera —como parece ser la tendencia natural del ser humano— empezamos a buscar dónde están las fuentes de luz. Eso es natural. Sin embargo, si te das cuenta, mientras más pasa el tiempo, más nos podemos acostumbrar a la oscuridad. Al principio apenas distinguimos algo, pero poco a poco empezamos a ver sombras, contornos… y con suficiente tiempo incluso podríamos llegar a vivir en un lugar así.

El ser humano tiene una capacidad extraordinaria para adaptarse. Puede adaptarse a todo, incluso a aquello que le duele o que no le funciona. Y cuando eso ocurre, cuando terminamos acostumbrándonos a lo que no debería ser normal, aparece algo muy delicado: una oscuridad de conciencia.

Esa oscuridad también se manifiesta en lo más íntimo de nuestras vidas. En la familia, por ejemplo. En lugar de compartir el amor que nos une, a veces terminamos compartiendo juicios, comparaciones, resentimientos, culpas, rechazos o enojos. Y lo más inquietante es que lo vivimos todos los días. Nos encontramos, convivimos, hablamos… pero muchas veces ni siquiera miramos lo que no está funcionando.

Y entonces ocurre algo curioso. Casi siempre aparece alguien que no se adapta del todo a esa oscuridad. Siempre hay algún rebelde, alguna oveja negra, alguien que dice: “Esto no debería ser así”.

Esa persona, muchas veces, termina saliendo del rebaño. Y probablemente el rebaño lo siga juzgando. Tal vez lo critiquen, tal vez lo miren con desconfianza. Pero en su conciencia esa persona sabe que hubo un momento en que algo despertó dentro de sí.

Y cuando eso ocurre empieza a aparecer algo muy poderoso: hambre. Hambre de buscar lo bueno para vos. Hambre de caminar paso a paso construyendo la vida que realmente querés vivir.

En ese camino no siempre todo será claro. Nadie sabe exactamente qué aparecerá más adelante. Habrá tropiezos, dudas, caídas. Pero si sostenés el compromiso, la disposición, el corazón despierto y abierto, algo empieza a consolidarse dentro de vos.

¿Y qué es lo que podés terminar encontrando al final?

Tal vez tu amor. Tal vez tu paz. Tal vez tu equilibrio. Tal vez tu valentía. Tal vez tu expansión. Quizás, simplemente, tu propia existencia.

Y aun así aparece el miedo. ¿Qué pasa si me equivoco? ¿Qué pasa si tropiezo y me caigo? ¿Qué van a decir de mí? ¿Me van a juzgar? ¿Me van a rechazar? Ese miedo es real, porque salir del rebaño casi siempre tiene un costo.

Pero cuando alguien protege esa pequeña luz que descubrió dentro de sí, cuando la cuida y la sostiene con compromiso, empieza a descubrir algo importante: esa luz funciona. Y funciona tan bien… que termina iluminando el camino.

Y quizás por eso, en estos meses siendo parte de Apacigua, ya descubriste algo importante: la luz que existe dentro de vos.

No es una luz perfecta. No es una luz que nunca titubea. A veces es apenas una llama pequeña, frágil, que el viento parece querer apagar. Pero está ahí. Y cuando alguien reconoce su propia luz, algo cambia para siempre.

Tal vez ahora llegó el momento de salir. Salir a la calle como una vela. No para iluminarlo todo —nadie puede hacerlo—, sino para intentar encender al menos alguna candelilla perdida, alguna pequeña llama que se haya apagado en el corazón de alguien más.

Porque hoy, más que nunca, no nos queda otra opción que ser fuente de luz y de calor.

Y si cada uno de nosotros decide resurgir individualmente, si cada uno decide cuidar su propia llama, entonces algo hermoso puede suceder. Resurgiremos también como sociedad.

Yo soy Vinicio Jarquín, y te invito a que mantengás la llama encendida.

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