Una cosa es entregar el voto, y otra muy distinta es entregar la capacidad de pensar, analizar y sostener un criterio propio. En estos días aparece la noticia sobre la posibilidad de permitir allanamientos sin orden judicial, y no deja de llamarme la atención cómo muchas personas que apoyan al gobierno la respaldan de inmediato, sin cuestionarla, y además reaccionan con ataques hacia quienes piensan distinto.
Y aquí no estoy hablando de esa medida en particular. Hoy no. Hoy estoy hablando de algo más profundo, más cotidiano, más humano. Estoy hablando de lo fácil que es dejar de pensar cuando sentimos que ya elegimos un “lado”. Como si votar por alguien implicara automáticamente estar de acuerdo con todo lo que haga, con todo lo que proponga, con todo lo que diga.
Pensar no debería ser un acto de rebeldía. Debería ser un acto natural. Está bien apoyar a un partido, está bien coincidir con una visión, pero eso no significa que tengas que apagar tu criterio. Tampoco significa que todo lo que venga de la oposición deba ser rechazado sin siquiera ser escuchado. Cuando eso pasa, dejamos de ser ciudadanos… y empezamos a comportarnos como seguidores o como rivales.
Y cuando el debate se convierte en insulto, cuando la diferencia se convierte en ataque, algo se rompe. No en la política… en nosotros. Porque al final del día, la democracia no se sostiene solo con votos. Se sostiene con personas que piensan, que cuestionan, que se permiten dudar, incluso de aquello que apoyan.
Mi llamado hoy es sencillo. No a cambiar de opinión. No a tomar partido. Sino a recuperar algo que nunca debimos soltar: la capacidad de pensar por cuenta propia. Porque sin eso, cualquier decisión —la que sea— deja de ser realmente tuya.