
Costa Rica sigue siendo un Estado de derecho. Y esa no es una frase decorativa ni un concepto lejano. Es la base que sostiene todo lo demás. Es lo que permite que existan reglas claras, límites definidos y, sobre todo, equilibrio entre los poderes y las instituciones. Por eso, cada vez que una institución es irrespetada desde otro poder de la República, no es un detalle menor… es una señal que deberías observar con atención.
No se trata de estar de acuerdo o en desacuerdo con una institución específica. Se trata de entender que las instituciones, incluso las descentralizadas, no están ahí para agradar, sino para cumplir funciones dentro de un sistema que necesita contrapesos. Cuando un poder agrede a otro, lo que se debilita no es solo una entidad… es el principio mismo de equilibrio que protege a la ciudadanía.
Y en medio de eso, también pasa algo que me preocupa. La rapidez con la que muchas personas toman partido. Como si todo fuera blanco o negro. Como si uno siempre dijera la verdad y el otro siempre mintiera. Como si pensar fuera opcional. Y entonces aparecen los insultos, las descalificaciones, la necesidad de atacar al otro no por lo que dice, sino por quién es o a quién representa.
Desde mi punto de vista, cuando el Ejecutivo —o cualquier otro poder— empieza a tensar las relaciones institucionales, el rol del ciudadano no es convertirse en amplificador de ese conflicto. No es elegir un bando y defenderlo ciegamente. Es, más bien, hacer una pausa, observar, cuestionar, entender que hay dinámicas más complejas de lo que parecen.
Porque cuando tú decides insultar, cuando eliges reaccionar en lugar de reflexionar, no estás defendiendo la democracia. Estás alimentando el conflicto. Estás echando gasolina a una fogata que no sabes hasta dónde puede crecer.
Y al final, la pregunta no es quién gana esta discusión. La pregunta es qué tipo de ciudadanía estás construyendo con tu forma de participar en ella.