
En algunas oportunidades se ha hablado de la importancia de la luz. De hacer luz, de alumbrar el mundo, de compartir nuestra luz, de que la luz llega a todos. Y todo eso suena bien, incluso inspira… pero hoy quiero invitarte a mirar esa idea desde un lugar un poco distinto. Porque tal vez, sin darte cuenta, has ido construyendo una imagen de la luz que no necesariamente corresponde a lo que realmente es.
Porque no se trata de que tu espada sea de luz. No se trata de que con la luz luchés contra la oscuridad. Porque para que exista una lucha, necesitarías primero reconocer a un enemigo. Tendrías que imaginarlo, definirlo, ubicarlo. Tendrías que construir una narrativa en la que algo está mal y algo está bien, en la que alguien debe ganar y alguien debe perder. Y en ese proceso, casi sin darte cuenta, entrarías en el mismo juego que decís querer evitar.
Y no.
La luz no es un arma. No está hecha para combatir. No está diseñada para imponerse sobre nada ni sobre nadie. La luz no necesita campo de batalla, ni estrategias, ni bandos. No necesita que identifiqués enemigos, ni que te prepares para enfrentarlos. Porque en el momento en que entrás en lucha… te salís de la luz.
La luz no pelea. La luz emana.
Sale de vos, sin esfuerzo, sin tensión, sin necesidad de demostrar nada. Se expande de forma natural, se conecta con otros, se amplifica. No porque lo intente… sino porque es su naturaleza. Y en ese movimiento silencioso, sin ruido, sin confrontación… transforma. No desde la fuerza, sino desde la presencia.
Y cuando lo ves así, algo cambia adentro. Porque ya no tenés que salir a convencer, ni a corregir, ni a señalar. Ya no tenés que desgastarte tratando de iluminar a otros como si fuera tu responsabilidad. Solo tenés que sostener tu propia luz. Cuidarla. Habitarla. Y dejar que haga lo suyo.
Porque la luz se encarga. No es tu trabajo pelear. No sos un guerrero de luz. Sos, simplemente… un expansor de luz.