Lo que cabe en una vida cuando toca partir

No puedo ni imaginar lo que debe ser dejar la patria. No como una idea romántica de viaje, ni como un plan elegido con calma… sino como una decisión empujada por la necesidad. Dejar la casa, las cosas, los recuerdos, las fotos, los espacios donde la vida fue tomando forma. Dejar a la familia, o cargar con ella. Salir sin saber exactamente qué viene, con la incertidumbre caminando al lado. Y aun así… avanzar.

Pienso en quienes vienen hacia Costa Rica, o en quienes solo van de paso. Nicaragüenses, venezolanos, y tantos otros. Personas que no salen por gusto, sino porque algo dentro —o alrededor— ya no les permite quedarse. Y en ese movimiento, en ese desprendimiento tan profundo, hay algo que no siempre se ve desde afuera. No es solo un cambio de lugar… es un quiebre. Es reconstruirse en otro suelo, con otras reglas, con otras miradas.

Y entonces llegan… y se encuentran con comentarios como muchos de los que se leen por aquí. Palabras que juzgan sin conocer, que señalan sin haber caminado ese trayecto, que hablan desde una comodidad que a veces se olvida de sí misma. Como si la vida fuera una garantía. Como si nadie estuviera, en realidad, a una circunstancia de distancia de tener que hacer lo mismo.

Debe ser profundamente triste… y al mismo tiempo profundamente valiente. Saber que todo lo que tenés cabe en un maletín… o en tu mano, cuando llevás a alguien que te dice “papá” o “mamá”. Saber que lo que construiste quedó atrás, y que lo que viene todavía no tiene forma. Y aun así, decidir seguir.

Por eso, cuando se leen comentarios duros, despectivos, cargados de juicio… surge una sensación extraña. No de enojo solamente, sino de algo más silencioso. Porque para hablar desde ese lugar, hay que estar muy seguro de que nunca te va a tocar. Hay que creer, aunque no se diga en voz alta, que tu lugar en el mundo está garantizado… y que el de tus hijos también.

Y eso… tal vez es lo más frágil de todo.

Porque la historia ha demostrado, una y otra vez, que las cosas cambian. Que lo que hoy es estabilidad, mañana puede no serlo. Que nadie tiene asegurado quedarse donde está. Y cuando eso pasa, cuando la vida te mueve sin pedir permiso… lo que antes juzgabas, empieza a sentirse distinto.

Tal vez por eso vale la pena mirar esto desde otro lugar. No desde la política, ni desde la estadística… sino desde lo humano. Desde la capacidad de reconocer que hay decisiones que no se toman desde la comodidad, sino desde la urgencia. Y que para dar ese paso, se necesita algo que no siempre se reconoce desde afuera: valentía.

Una valentía silenciosa, incómoda, incierta… pero real.

Y mientras algunos lo hacen caminando, cruzando fronteras, cargando su vida en lo que pueden… otros lo hacen desde un teclado, lanzando frases, invocando consecuencias, como si la vida fuera una especie de juego donde todo siempre se devuelve en equilibrio perfecto.

Pero la vida no siempre funciona así.

Y quizás, antes de juzgar… lo único que haría falta es una pausa.

Una pequeña pausa para recordar que nadie está tan lejos de tener que empezar de nuevo. Y tener cuidado de no estar diciendo: “¡Hola Karma!, aquí estoy, vení por mi”.

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