
Esta tarde compartimos un almuerzo entre amigos. Asado en manos de mi querido Francisco, en su casa familiar, risas generosas, sobremesa larga y conversaciones que saben a Insight: a humanidad, a memoria, a conciencia. Éramos todos graduados de diferentes niveles de los seminarios, sentados en torno a la vida, a las ideas, al crecimiento, al fuego de las brasas y al fuego del alma.
Y entre tanta sabiduría tejida entre palabras, quiero rescatar lo que dijo Fernando. No fue solo una reflexión; fue una de esas frases que se lanzan como quien lanza una piedra al lago: no para herir, sino para generar ondas. Para que cada uno se mire, se cuestione, se acomode distinto.
Fernando hablaba de la diferencia entre estimar y amar. Algo que, en apariencia, todos comprendemos. Estimar: valorar, reconocer, respetar. Amar: abrazar, aceptar, entregarse. Pero cuando lo dijo, algo cambió de lugar. Algo se acomodó —o se desacomodó— adentro.
Y entonces vino la pregunta.
Una pregunta que es más que pregunta. Que es espejo, bisturí y puerta al mismo tiempo.
¿Por qué hablamos de nuestra auto-ESTIMA, y no de AMOR-propio?
Silencio. Un silencio con peso. Porque no era una duda semántica, ni una observación académica. Era una invitación a repensarnos. A ir más allá del “me valoro”, “me acepto”, “me estimo”, y preguntarnos si realmente nos amamos.
Porque el amor propio no siempre suena bonito. A veces es incómodo, a veces duele, a veces implica tomar decisiones difíciles, poner límites, cambiar rutas, decir no, decir sí, mirarnos con más verdad y menos juicio.
Pero ese cambio de palabra —de estima a amor— lo cambia todo. Estimar es un primer paso. Amar es quedarse. Es sostenerse.
Y entonces me pregunto yo, y te lo dejo a vos también:
¿Hasta dónde te estimás… y desde cuándo empezaste a amarte?