
La llegada de Marc
Hace algunas semanas, o quizá meses, Marc Mori nos dijo que vendría a Costa Rica.
Recuerdo perfectamente el momento en que escuché la noticia: fue como si en mi pecho se encendiera una chispa de alegría serena, esa que no necesita saltar ni gritar, sino que simplemente ilumina el corazón.
Nos pidió reservar la fecha. Y yo no dudé ni un segundo. La reservé en mi alma antes que en mi agenda.
Marc no es cualquier persona en nuestras vidas. Habíamos compartido juntos un seminario completo en Santiago de Chile, un mes entero donde las máscaras cayeron, donde los corazones hablaron directamente, donde se formaron vínculos que no dependen de la cantidad de mensajes enviados, ni de la frecuencia de los abrazos físicos, sino de esa otra medida que no se puede cuantificar: la medida del alma.
Marc es, para mí, muchas cosas a la vez: Es un facilitador, sí, pero también un ser humano profundamente espiritual, un hombre que camina con sus pies en la tierra y su corazón en las estrellas. Es un amigo del alma, un hermano de vida, un testigo silencioso de algunas de mis propias travesías interiores.
Cuando supe que vendría, sentí que la vida nos estaba regalando otra página compartida. Otra oportunidad de reencontrarnos, de abrazarnos no solo con los brazos sino con la mirada, con la risa, con esa complicidad silenciosa que solo se tiene con algunos pocos seres.
Más adelante, Marc nos comentó que quería compartir con nosotros un ejercicio que amaba profundamente: Infinity Flowing. Nos dijo que sería en una piscina.
Que sería un movimiento, un fluir, una experiencia.
No nos dio detalles técnicos, ni nos entregó manuales, ni elaboró explicaciones racionales. Y la verdad… No nos hacían falta.
En mi interior, pensé: «No necesito saber de qué se trata. Si viene de Marc, viene limpio. Viene cargado de intención buena. Viene como un regalo.»
Esa confianza no es ciega. Es una confianza nacida del reconocimiento entre almas.
Como cuando uno entra a un lugar desconocido, pero huele la leña, la sopa caliente, y sabe que ese lugar, aunque nunca haya estado allí, es su casa.
Así reservamos la fecha. Así nos abrimos, sin saber, pero sabiendo. Porque cuando la vida trae de vuelta a un hermano de camino, uno simplemente dice que sí.
La cita con el agua
El día había llegado. Nos encontramos con Marc en el hotel, y el solo verlo reavivó en mí esa calidez antigua que uno siente al reencontrar a alguien que no se mide en años ni en kilómetros, sino en vibraciones del corazón.
Nos abrazamos. Nos sonreímos. Nos quisimos. Compartimos un café, como quien comparte no solo la bebida sino la certeza de estar en un momento que ya era especial incluso antes de comenzar.
Más tarde, Marc nos reunió y nos explicó —con esa serenidad que le es tan natural— las bases de lo que íbamos a vivir. Esta vez no eran reglas, no era un manual.
Era una invitación abierta, casi un susurro espiritual.
Marc nos recordó:
Que el agua hace todo. No éramos nosotros quienes íbamos a forzar la experiencia. No se trataba de técnicas, ni de voluntad, ni de controlar el cuerpo. El agua sería la verdadera guía. El agua nos movería, nos abrazaría, nos enseñaría.
Que somos mayormente de agua. Nuestros cuerpos, nuestros pensamientos, nuestras emociones: todos nacidos del agua.
Al escuchar eso, sentí dentro de mí una especie de pequeño estremecimiento, como si el agua de mis células recordara de pronto su origen, su danza antigua. Que cada uno tendría su propia experiencia.
Que no había cómo hacerlo «bien» o «mal». Que no estábamos ahí para cumplir expectativas, sino para entregarnos a nuestra propia vivencia.
Que el único requisito era relajarse.
Que debíamos estar flexibles, sin estrés. Soltar todo juicio, toda tensión, todo intento de controlar.
Que, si sentíamos presión en la superficie, la respuesta sería bajar al fondo. No luchar. No resistir. No empujar. Simplemente bajar. Al principio apenas un poco, con movimientos suaves, como quien tantea un territorio sagrado.
Y si el cuerpo y el alma lo permitían, entonces sí: hacer movimientos más profundos dentro del agua, dejarse llevar más y más lejos, pero siempre en diálogo amoroso con uno mismo.
Nos explicó que cada uno tiene su sensibilidad particular con el agua.
Que todos cargamos historias acuáticas. Algunos traen memorias de juegos, bautizos, amores. Otros, heridas, miedos, pérdidas. Y que nuestra confianza en el agua o nuestra desconfianza serían nuestros verdaderos maestros hoy.
Finalmente, Marc nos hizo una pregunta que se quedó resonando en mí como un eco de manantial:
¿Cómo ha sido mi relación con el agua?
No como un examen. No como una tarea. Sino como una puerta abierta hacia adentro.
Y yo, desde mi honestidad, le respondí —y me respondí— que mi relación con el agua era buena, íntima, amorosa. Porque yo soy pintor de acuarela.
Y sé que, en la acuarela, el agua no es un instrumento para disolver pigmentos. El agua es el alma de la pintura. El agua danza sobre el papel.
El agua negocia con el pigmento, crea vida con su movimiento, susurra imágenes que uno nunca podría forzar.
Para mí, el agua es maestra, no sirvienta. Es compañera, no herramienta.
Mientras escuchaba a Marc y recordaba todo esto, una sensación dulce me llenaba: Estoy en casa, pensé. Estoy donde debo estar.
Y así, cargados de instrucciones sencillas pero profundas, nos dirigimos hacia la piscina.
No como quien entra al agua para nadar. No como quien se zambulle para hacer ejercicio.
Sino como quien se dispone a atravesar un umbral sagrado, a entrar en el útero líquido de la vida, a recordar quién fue antes de tener nombre, antes de tener historia, antes de tener cuerpo.
El desconcierto inicial
Entré al agua sin expectativas claras.
Marc nos había preparado con sus palabras, nos había invitado a soltarnos, a fluir, a dejarnos llevar. Pero una cosa es escuchar las instrucciones, y otra muy distinta es estar ahí, de cuerpo entero, flotando, sin saber exactamente qué hacer.
Cerré los ojos. No sabía qué actitud debía tomar. ¿Debía buscar en mí alguna tristeza para soltarla? ¿Alguna preocupación para entregarla al agua?
Busqué, mentalmente, como quien hurga en los cajones de su alma. Pero no encontré penas. No encontré angustias. No encontré nudos.
Y dentro de mí, como una certeza silenciosa, surgió un pensamiento:
«Si no las encuentro, mejor no las busco. Porque quien busca, encuentra.»
Preferí no buscar heridas donde no las había. Preferí no inventar dolores para tener algo que soltar. Preferí simplemente estar.
Estar ahí. En esa piscina tibia y fría a la vez. Con los ojos cerrados.
Con el cuerpo apenas sostenido por la señora Agua.
Era un estado de sensualidad espiritual, profundamente alejado de cualquier sensación carnal. Era un abandono dulce, un dejarse acariciar por algo mucho más grande, mucho más antiguo.
Sentía el agua rozarme la piel, como un aliento frío, como un susurro líquido.
Y, al mismo tiempo, sentía mi cuerpo brincando, temblando, sin control.
El frío se instalaba en mí como una presencia viva.
Mis músculos vibraban, no de miedo, sino de algo más primitivo. Algo que no sabía si era resistencia o reverencia. Algo que simplemente sucedía, como la marea sube y baja sin que nadie se lo ordene.
Aun así, decidí no luchar.
«Que el cuerpo brinque si tiene que brincar,» me dije en silencio. «Que el frío venga si tiene que venir.»
Cuando Marc acercaba su mejilla a la mía, era como si un pequeño milagro ocurriera: un instante en que el frío se retiraba, vencido por una calidez misteriosa, por un calor que no era de piel contra piel, sino de presencias que se reconocen.
Ese contacto no era físico: era alma sobre alma, cobijándose mutuamente en un abrazo sin palabras.
En esos momentos, dejaba de temblar. En esos momentos, volvía a sentir que mi cuerpo podía habitarse sin violencia.
Pero apenas Marc se alejaba un poco, el frío regresaba, fiel a su tarea de enseñarme algo que aún no terminaba de comprender.
Todavía no sabía que ese temblor, esa vibración constante, era parte del regalo.
Todavía no sabía que el frío me llevaría a profundidades que el calor no puede alcanzar.
Todavía no sabía que ese desconcierto inicial era el principio de un viaje que no iba a querer terminar jamás.
El frío como maestro
El frío estaba en todas partes. Se instalaba en mi piel, en mis huesos, en mis pensamientos. No era un frío doloroso, ni un frío queja. Era un frío compañero, inevitable, ineludible, como si la Señora Agua me susurrara: «¿Querés entrar aquí de verdad? Entonces atraviésame.»
Mi cuerpo brincaba sin tregua. A veces sentía que era un simple trozo de papel arrastrado por corrientes invisibles. Otras veces, un árbol sacudido por un viento que venía de dentro.
No podía controlar el temblor. No podía detenerlo. Y, sin embargo, tampoco quería resistirme.
«Que el cuerpo tiemble,» me repetía por dentro. «Que se sacuda todo lo que tiene que sacudirse. Que salga todo lo que ni siquiera sé que llevo.» Y entonces pasaba algo. Algo que se volvía casi un ritual secreto.
Cada vez que Marc acercaba su mejilla a la mía, el frío retrocedía. Era como si su calor —ese calor espiritual que no depende de la temperatura del cuerpo— encendiera una fogata secreta en mi interior.
La sensación era tan inmediata, tan evidente, que me parecía milagrosa:
pasar del temblor a la calma solo por ese contacto leve, silencioso, humilde.
Me sorprendía descubrir cuánto podía calentarme no un abrigo, no un sol, sino un gesto humano, un alma tocando otra alma.
Y luego, cuando Marc se alejaba, el frío regresaba puntual, como un maestro severo, pero justo.
Así, entre oleadas de frío y pequeños fuegos breves, fui entendiendo algo que no había previsto: El frío no era el enemigo. El frío era el portal. El frío era el camino hacia algo más profundo.
Era como si ese temblor continuo me ablandara, me volviera más permeable, más receptivo. Como si cada vibración sacudiera no solo mis músculos, sino también mis corazas invisibles, las que uno ni siquiera sabe que lleva.
Después del ejercicio, comprendí mejor:
Tener esta experiencia mientras temblaba de frío fue, sin duda, más enriquecedor.
El frío no endureció mi alma: la quebró para hacerla más suave. Me llevó a niveles de sensibilidad y profundidad que no habría alcanzado en una temperatura cómoda.
Tal vez era necesario temblar para poder entrar verdaderamente en la Señora Agua.
Tal vez, como todo en la vida, había que aceptar la incomodidad para alcanzar el don escondido en ella.
Y hoy sé que, si la Señora Agua me temblaba el cuerpo, era porque me estaba afinando el alma.
La danza del vientre de la acuarela
Había un momento —no sé cuándo comenzó, ni cuánto duró— en el que dejé de ser consciente de mí como cuerpo separado. No era ya Vinicio flotando en una piscina. Era algo más, algo más antiguo, algo más vasto.
Marc seguía moviéndome, sosteniéndome, meciendo mi cuerpo como quien arrulla un secreto. Cada movimiento suyo era como una pincelada invisible sobre un lienzo líquido. Y ahí, en esa suspensión entre el frío y la entrega, me di cuenta: Yo estaba dentro del vientre de la acuarela.
No era una metáfora bonita, no era una imagen para recordar después.
Era real. Era ser parte del agua que yo tantas veces había usado para pintar. Era ser pigmento y ser papel. Era ser la danza, no el danzante.
De pronto, entendí en mis huesos lo que tantas veces había explicado a mis estudiantes: Que la acuarela no se controla. Que la acuarela no se fuerza.
Que la acuarela se negocia, se conversa, se escucha, se respeta.
Y ahí estaba yo: Siendo negociado por el agua. Siendo llevado, no como quien da órdenes, sino como quien se rinde a una sabiduría más antigua que la memoria.
Mi cuerpo era un trazo. Mi alma era el pigmento. El agua era la artista. No había lucha. No había intención. Había solo una sagrada rendición. En un momento, en un susurro interno que no necesitó palabras, pensé:
«Así debe sentirse el color cuando yo lo dejo libre sobre el papel. Así debe sentirse la gota de pigmento cuando le regalo su propio vuelo.»
No estaba pintando. Me estaban pintando. No estaba usando la acuarela.
La acuarela me estaba usando a mí. Yo no era el pintor. Era la pintura. Y supe, con esa certeza que no necesita ser explicada, que era un privilegio estar allí, en ese vientre acuático, en esa matriz de colores invisibles.
No quería salir. No quería regresar. Sabía, en cada célula, que estaba viviendo algo sagrado. Que estaba siendo tocado por la Señora Agua, no como un visitante, sino como un hijo legítimo. Un hijo de la danza. Un hijo del pigmento. Un hijo del agua. Un hijo de la vida.
El príncipe de la acuarela
Mientras flotaba suspendido en el vientre de la Señora Agua, entre movimientos suaves, caricias líquidas y estremecimientos internos, una voz se alzó dentro de mí.
No era una voz con palabras. Era más bien una certeza, una epifanía, un saber que brotaba desde un lugar más profundo que el pensamiento.
Y esa certeza me decía: «Aunque no seas el mejor pintor de acuarela del mundo, sos un príncipe de la acuarela.»
La frase me abrazó el corazón. No me comparaba. No me medía contra otros.
Simplemente me reconocía.
Me reconocía como un ser que no solo pinta, sino que vive la acuarela.
Que no solo moja el papel, sino que baila con el agua. Que no solo usa pigmentos, sino que escucha a los colores.
Me reconocía como alguien que, sin necesidad de premios ni certificados, ya es de linaje real en ese universo líquido que tanto amo.
Y no era la primera vez que esa palabra, príncipe, venía a instalarse en mi vida.
He sido príncipe en muchos reinos invisibles:
Príncipe en mi vida espiritual, donde he caminado con respeto hacia las alturas y también hacia los abismos.
Príncipe en mis escritos, donde cada palabra ha sido sembrada con amor y recogida con paciencia.
Príncipe en mi propósito de vida, donde cada encuentro humano, cada historia compartida, cada enseñanza dada y recibida, han sido tesoros de nobleza silenciosa.
Príncipe en mis travesías, como en aquellas caminatas lentas por las calles polvorientas del Cairo, donde sentí que, aunque forastero, era heredero de algo mucho más grande que una tierra.
Hoy, en el agua, me reconocía nuevamente: príncipe de la acuarela, hijo de la Señora Agua, heredero de la danza entre el pigmento y la vida.
Y no era un título ganado. No era un mérito. Era un reconocimiento de algo que siempre estuvo y que simplemente hoy se dejaba ver con más claridad.
Antes de salir de mi casa aquella mañana, había recordado también el ejercicio de Sahara Mizrahi: el Círculo de la Excelencia.
Lo había hecho en silencio, como quien enciende una pequeña lámpara antes de un viaje.
Recordé cómo Sahara nos había enseñado a pasar mentalmente por ese círculo imaginario, a cargar el cuerpo y el alma con la energía de la excelencia antes de cualquier encuentro importante.
«Que este día sea un acto de excelencia,» me dije mientras cruzaba mi propio círculo.
Y, como siempre sucede cuando uno honra estos pequeños rituales de la consciencia, el círculo funcionó.
Cada instante de este encuentro con el agua, cada brinco de frío, cada roce de piel, cada caricia líquida, cada suspiro profundo dentro del agua, todo fue excelencia.
Una excelencia silenciosa. Una excelencia interior. Una excelencia que no necesita testigos para ser real.
Una excelencia que hoy me permitía reconocerme, una vez más, como príncipe de la acuarela.
Y en ese reconocimiento, sonreí hacia dentro, como quien sabe que su corona no está hecha de oro, sino de gotas de agua suspendidas en la luz.
El no poder salir
Marc, con esa ternura que le brota de manera natural, me llevó lentamente hacia la orilla de la piscina. Sus movimientos eran precisos, silenciosos, respetuosos.
Me sostenía como quien sostiene un relicario, como quien sabe que no carga solo un cuerpo, sino un alma en pleno renacimiento.
Me quitó con cuidado la pequeña prensa de la nariz. Y, en un susurro que sonó más en el corazón que en los oídos, me dijo: «Tomate tu tiempo.» Y yo quería hacerlo.
Quería tomarme menos tiempo del necesario. Quería salir como si nada.
Quería poder levantarme, agradecer y seguir. Pero no podía. No podía.
El borde de la piscina estaba ahí, tan cerca, tan alcanzable. Mi cabeza, casi en un gesto inconsciente, se apoyaba contra el borde, como buscando un ancla, una certeza en medio de tanto temblor.
Mi cuerpo seguía brincando, temblando. No como al principio, no con el frío solamente. Era ahora un temblor distinto: un temblor de alma, un temblor de despedida, un temblor de resistencia a dejar ese abrazo infinito. Por dentro, en mi diálogo más íntimo, me decía: «Ya está, Vinicio. Ya pasó. Ya tenés que salir.»
Pero otra voz, más profunda, más antigua, susurraba: «Todavía no.»
No podía abrir los ojos. No podía soltarme del agua. No podía despedirme.
Sentía cómo la Señora Agua me acariciaba todavía. Pasaba entre mis piernas, entre mis brazos, me envolvía como una madre que no quiere dejar ir a su hijo.
Era un sostén líquido, un abrazo de vida que me pedía quedarme un poco más.
Marc, atento, sin prisas, volvió a tocar mis manos.
Un gesto sencillo, pero que decía tanto: «Estoy aquí. No estás solo. Tomate tu tiempo.»
Yo, apenas consciente, buscaba rozar sus yemas con las mías, como un hilo invisible que me mantenía unido a la tierra, mientras la otra mitad de mí quería seguir flotando en el vientre de la acuarela.
No era resistencia mental. Era el cuerpo, el alma, el espíritu entero diciendo: «No quiero irme.»
Y mientras mi rostro mojado goteaba agua y lágrimas —confundidas, disimuladas, fundidas—, lloraba en silencio.
Lloraba porque no quería soltar esa sensación. Lloraba porque no quería salir del vientre. Lloraba porque sabía que salir era volver a un mundo que nunca podría comprender lo que acababa de pasar.
Y, aun así, sabiendo todo eso, sabiendo que parte de mí quedaría allá, en esas aguas maternales, entendí que tenía que hacerlo.
Así, lentamente, cuando sentí que era lo más digno, lo más respetuoso para conmigo mismo y con la experiencia, abrí los ojos. Inhalé profundo.
Y salí. Pero no salí del todo.
Una parte de mí sigue allí. Una parte de mí sigue abrazada al agua, al pigmento, al amor líquido que me sostuvo en ese instante eterno. Una parte de mí jamás abandonará ese vientre. Y otra parte, la que regresó, regresó distinta. Transformada. Sacudida. Renacida.
El nuevo pacto
Desde ese día, el agua ya no es para mí simplemente un líquido.
Ya no es el recurso obvio que brota de un grifo, ni el medio funcional para limpiar pinceles o preparar pigmentos. El agua es otra cosa ahora.
El agua es mi madre. Es mi maestra. Es mi templo.
Cada gota guarda el eco de ese abrazo de vida que me sostuvo cuando no podía, cuando no quería, cuando no sabía salir.
Cada vez que veo agua, no importa si es en una piscina, en un vaso, en la lluvia o en un charco, una parte de mí se queda mirándola con reverencia, como quien reconoce a una diosa que un día lo sostuvo entre sus brazos invisibles.
Cuando regreso a mi taller, y me preparo para pintar, ya no es igual.
Antes, simplemente servía agua en cualquier pote, cualquier frasco que tuviera a mano.
Ahora no. Ahora sirvo el agua como quien sirve un vino sagrado. La coloco en un vaso de cristal, limpio, digno. Un vaso que permita ver la luz pasando a través del agua, que la celebre, que la honre.
Porque no es cualquier agua. Es ella. Es la Señora Agua. La que me abrazó cuando más desnudo estuve. La que me acunó cuando más vulnerable era.
La que me sostuvo cuando mi cuerpo temblaba y mi alma flotaba entre mundos.
Ahora sé que cada pincelada que dé, cada pigmento que se diluya, cada gota que toque el papel, será parte de ese nuevo pacto: Un pacto de respeto. Un pacto de amor. Un pacto de reconocimiento.
No habrá más agua servida en potes cualquiera. No habrá más gestos distraídos.
Cada vez que sirva agua para la acuarela, lo haré como quien abre la puerta de un templo.
Cada vez que moje el pincel, recordaré la tibieza de la mejilla de Marc rozando la mía, calentándome el alma cuando el frío parecía ganar. Recordaré el temblor del cuerpo, las caricias líquidas, la imposibilidad de salir, la certeza de haber nacido de nuevo.
Cada gota será una ceremonia. Cada pigmento disuelto será una plegaria. Cada acuarela será un rezo silencioso en honor a la Señora Agua.
Y aunque el mundo no vea la diferencia, aunque parezca igual que antes, yo sabré. Yo sabré que pinto no solo con colores. Sabré que pinto con memoria. Con agua viva. Con vida acuarelada.
Desde aquel día, el agua y yo firmamos un nuevo pacto. Un pacto que no se escribe en palabras ni en contratos.
Se escribe en vibraciones. En estremecimientos. En lágrimas que se disuelven en el agua sin ser vistas. Un pacto eterno.
Reflexión final
Esta tarde, la Señora Agua disfrutaba con la libertad y autoridad que siempre le he otorgado en mis obras de arte.
Ahí estaba ella, viva, presente, madre y maestra. Y ahí estaba yo.
Pero esta vez, no era el pintor. No era el que mojaba el pincel en el vaso, ni el que decidía el movimiento. Hoy, yo era el pigmento.
Era el pigmento que bailaba en un compás dictado por el agua, en un ritmo impresionante, indescriptible, memorable. Era el color vibrando entre corrientes invisibles. Era las gotas suspendidas en la luz.
Y la Señora Agua, como siempre lo ha hecho en mis acuarelas, movía el pigmento a su antojo, con su sabiduría antigua, con su danza silenciosa, con su autoridad serena. Y ahí, en medio de ese universo líquido, estaba también Marc.
Marc era ese pincel invisible que movía el pigmento sobre el agua.
El que me impulsaba, me giraba, me soltaba en oleadas suaves, en espirales lentas, en caricias líquidas Marc era el pincel. Yo era el pigmento.
Y el agua, el agua era la vida misma creando una nueva obra de arte.
Una obra que no termina cuando salgo de la piscina. Una obra que sigue latiendo en mi piel, en mis ojos, en mi alma. Una obra de arte que soy yo. Un nuevo lienzo. Una nueva creación.
Un hijo de la Señora Agua, bailando al ritmo de su eterna corriente.