Cuando incomoda… es porque funciona

Hay declaraciones que no solo llaman la atención… encienden alarmas. Decir que la Defensoría de los Habitantes es “absolutamente inútil” no es una opinión menor. Es un posicionamiento que, más allá de lo político, toca directamente uno de los pilares de protección ciudadana dentro del Estado costarricense.

Y ahí es donde hay que detenerse.

Porque la Defensoría no está diseñada para agradar al poder. Está diseñada, precisamente, para incomodarlo cuando sea necesario. Para señalar, para cuestionar, para abrir espacios donde el ciudadano no tiene voz frente a la institucionalidad. No es un adorno del Estado. Es un contrapeso.

Desde mi punto de vista, cuando una institución incomoda, cuando recibe ataques, cuando se le intenta restar valor, muchas veces no es porque no funcione… sino porque está cumpliendo su rol. Y esto no ocurre en el vacío.

Porque cuando también se ataca a la Contraloría General de la República —según se ha informado— por no avalar proyectos cuestionados o mal planteados, empieza a dibujarse un patrón. Un patrón donde las instituciones que fiscalizan, que revisan, que ponen límites… se convierten en estorbos para quienes quieren avanzar sin ese control. Y eso sí es peligroso.

Porque la institucionalidad no está para facilitarle el camino al poder. Está para regularlo. Para frenarlo cuando se excede. Para proteger al ciudadano cuando el sistema no lo hace por sí solo.

Decir que la Defensoría no sirve porque no resuelve todo, es como decir que un semáforo no sirve porque no elimina los accidentes. No es su función resolverlo todo. Es su función alertar, ordenar, proteger.

Y cuando empezamos a despreciar esas funciones, cuando empezamos a ver como “inútiles” a las instituciones que nos defienden, lo que estamos haciendo no es modernizar el Estado… es debilitarlo.

Aquí no se trata de defender personas. Se trata de defender principios. Porque hoy puede ser la Defensoría. Ayer fue la Contraloría. Mañana puede ser cualquier otra institución que no se alinee con el discurso del momento.

Y entonces la pregunta deja de ser política y se vuelve estructural. ¿Qué tipo de país queremos? ¿Uno donde las instituciones funcionen como contrapeso… o uno donde se les quite valor cada vez que incomodan?

Porque cuando los contrapesos desaparecen, el poder no se equilibra… se concentra. Y cuando eso pasa, ya no hay quien defienda al ciudadano. Y ese día, la Defensoría no será la que falte. El que va a quedar desprotegido… sos vos.

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