
La eficiencia desde el Ejecutivo —ya sea desde la presidencia en ejercicio o desde la oficina de la presidenta electa— termina siendo, a estas alturas, un tema difuso. Porque más allá de quién toma decisiones o desde dónde se ejecutan, lo que sí ha sido claro es el impacto que esta forma de gobernar ha tenido en la sociedad costarricense.
Desde que esta administración inició, y con mayor fuerza durante la campaña electoral, se han enviado mensajes cargados de confrontación, de división, de enfrentamiento constante. Un tono que, desde mi punto de vista, ha ido perdiendo contención y ha terminado permeando la forma en la que nos hablamos, en la forma en la que nos relacionamos como país. Y según advierten algunos expertos, este tipo de fracturas sociales no se corrigen rápido… pueden tomar años, incluso décadas, en sanar. Pero no todo es negativo.
Porque si bien es cierto que hoy vemos una Costa Rica dividida en dos visiones muy marcadas, también es cierto que una de esas visiones ha encontrado algo que antes no tenía con esta claridad: cohesión.
Históricamente, en los procesos electorales, siempre han existido múltiples bandos, múltiples candidaturas, múltiples diferencias incluso dentro de quienes defendían principios similares. Pero hoy, lo que se empieza a ver es algo distinto.
Hay un grupo importante de ciudadanos que, más allá de los partidos, se ha alineado alrededor de principios. Democracia, institucionalidad, respeto a la Constitución Política, defensa del Tribunal Supremo de Elecciones, de la Contraloría, de los equilibrios del Estado. Y dentro de ese grupo, se empieza a notar algo que no siempre era común: la capacidad de convivir en la diferencia.
Se puede ver a un candidato de otro partido… sin necesidad de insultarlo.
Se puede reconocer a un diputado electo… aunque no haya sido la opción propia.
Se puede decir “no voté por él o por ella… pero me parece bien” sin que eso genere conflicto.
Y eso, aunque parezca sencillo, es profundamente valioso.
Porque habla de una forma distinta de entender la política. No desde la reacción, sino desde el criterio. No desde el insulto, sino desde el respeto.
Mientras tanto, del otro lado —y esto es una percepción que cada uno podrá validar o no— se observa algo distinto. A pesar de haber ganado, no aparece la calma. Aparece la necesidad constante de responder, de atacar, de defender, de confrontar. Como si la victoria no hubiera traído tranquilidad, sino una especie de tensión permanente.
Y eso también dice algo.
Porque al final, más allá de los discursos, lo que se proyecta hacia afuera refleja lo que se vive hacia adentro.
Sí, este proceso ha generado una separación fuerte en el país. Eso es innegable. Pero también, si se mira desde otro ángulo, ha provocado una unión distinta en un sector de la población. Una unión basada no en una persona, sino en principios.
Y tal vez ahí está la reflexión.
Cuando uno vive desde la calma, el respeto y la coherencia, eso se nota… y se multiplica.
Y cuando se vive desde la confrontación constante, desde la furia, desde la necesidad de atacar… también se nota.
Porque al final, no es solo lo que se dice. Es lo que se transmite.