Oscar Arias nos hubiera salvado, otra vez.

Creo que finalmente lo entendí. O al menos eso creo en este momento. Y lo digo así, con cautela, porque también sé que las cosas pueden cambiar con nueva información, con nuevos datos, con nuevas evidencias que aparezcan en los próximos días. Pero hay algo que, al conectar los puntos, empieza a tomar forma. Algo que ya no parece aislado, sino parte de un patrón que viene construyéndose desde hace tiempo.
Desde que todo esto empezó —y sí, para muchos ha sido una pesadilla silenciosa— me he preguntado cuál es el verdadero objetivo detrás de acciones que, vistas por separado, parecen pequeñas, incluso irrelevantes. Pero cuando se observan en conjunto, dejan de serlo. Porque lo primero que parecía necesario era construir una base. Un grupo de personas que se creyera todo, que no cuestionara, que repitiera. Y sí, lo voy a decir como lo sentís: una base básica, no como insulto gratuito, sino como descripción de una forma de pensar que no se detiene a analizar.
Luego vino el siguiente paso. Quitarle poder a la prensa, que era la que iba a cuestionar. Desacreditarla. Convertirla en enemiga. Después, ir poco a poco debilitando la credibilidad de las instituciones, de los poderes de la República, de la Contraloría. Todo esto acompañado de una estrategia de comunicación bien trabajada, constante, insistente, que fue tomando a uno por uno, o a muchos a la vez, hasta tener una plataforma donde todo resultara creíble para quienes ya estaban dentro de esa narrativa.
Y así se fue construyendo el escenario. Pero eso no era todo. Faltaba una pieza importante.
Traerse abajo la imagen de Óscar Arias Sánchez. Y no de cualquier forma. Había que lograr que cualquier cosa asociada a él fuera vista como negativa, como incorrecta, como culpable ante la opinión pública. Aunque desde el Ejecutivo se estuvieran haciendo cosas similares, la narrativa debía ser distinta. Y en muchos casos, lo fue.
A Arias se le señaló por el tema de Crucitas. Se construyó una percepción muy fuerte alrededor de eso. Pero hoy, según lo que se observa y se comenta públicamente, hay extracción de oro en esta administración, y la lectura no es la misma. A uno se le condena, al otro se le permite. Y eso, más allá de posiciones políticas, deja ver un doble estándar que no se puede ignorar.
Lo mismo con la red de cuido. En su momento, fue motivo de ataque, de crítica intensa, de cuestionamiento moral. Pero hoy vemos un entramado distinto, con figuras como el Ministro de la Presidencia y diputados cuestionados, y la reacción no es igual. No genera el mismo nivel de rechazo. No se mide con la misma vara. Y entonces ya no estamos hablando solo de hechos, estamos hablando de narrativa, de percepción, de cómo se construyen los juicios colectivos.
Y mientras todo eso ocurría, se fue desgastando la imagen de Arias a nivel local. Acusaciones, críticas, señalamientos constantes. Todo eso en un contexto donde su peso internacional sigue siendo significativo, donde su trayectoria en procesos de paz en Centroamérica es reconocida, donde —según múltiples fuentes— ha tenido la capacidad de plantarse frente a potencias cuando ha sido necesario.
Recordar ese momento histórico no es menor. Cuando Centroamérica vivía conflictos armados, Oscar Arias redactó e impulsó un plan de paz, presentado en el Teatro Nacional en febrero de 1987. Según se relata en distintos medios y reconstrucciones históricas, enfrentó presiones internacionales, incluso desde Estados Unidos en tiempos de Ronald Reagan, y también en el contexto de la disputa global con Mijaíl Gorbachov. Y aun así, sostuvo su posición, buscó apoyo internacional, movió voluntades en Europa y otros espacios, hasta lograr avances que marcaron la historia de la región.
Y entonces aparece la duda. ¿Qué pasa cuando una figura con ese peso es debilitada internamente?
Porque lo que vino después no fue solo crítica política. Fue, desde mi punto de vista, un proceso constante de desgaste, de reducción, de minimización de su figura hasta llevarla a un punto donde, para muchos, dejó de ser relevante. Se instaló una narrativa donde todo lo que viniera de él era cuestionable por defecto, donde su historia pesaba menos que la percepción del momento, donde su voz dejó de ser referencia para convertirse en blanco.
Y eso no es menor.
Porque si algo mostró la historia es que Arias fue capaz de plantarse, al mismo tiempo, frente a dos potencias mundiales, defendiendo una visión de paz para Centroamérica. No se alineó por conveniencia, no cedió por presión. Defendió una región. Defendió una idea. Y lo hizo cuando hacerlo implicaba costo político, presión internacional y aislamiento.
Desde esa lógica, cuesta no preguntarse qué habría pasado si hoy esa misma figura estuviera en el centro del debate, con ese mismo peso, con esa misma legitimidad.
Porque probablemente no habría pasado desapercibido. Probablemente habría cuestionado. Probablemente habría incomodado. Y tal vez, justamente por eso, había que sacarlo del mapa.
Hoy, sin esa voz, el escenario es distinto. Porque mientras se consolidan iniciativas como el “Escudo de las Américas” o esta idea de la “Gran América del Norte”, desde el norte vuelve a ponerse la mirada sobre la franja que une a las Américas. Sobre nuestros países. Sobre nuestras decisiones. Sobre nuestra posición dentro de ese esquema.
Y ahí es donde todo empieza a conectarse.
No afirmo que haya una única intención. No afirmo que todo esté completamente diseñado. Pero sí creo que hay suficientes señales como para no mirar esto con ingenuidad. Porque a veces, lo más importante no es lo que se dice que se está haciendo… sino lo que se prepara mientras tanto.