
Ahora resulta que somos parte de la “Gran América del Norte”. Y más allá de la estrategia, más allá del objetivo declarado de combatir el narcotráfico y fortalecer la seguridad regional, hay algo que no puedo dejar de observar con detenimiento: el peso de las palabras. Porque los nombres no son inocentes, no son neutros, no son simples etiquetas técnicas. Los nombres construyen narrativa, definen jerarquías, sugieren posiciones dentro de un esquema mayor. Y cuando un nombre genera ruido, cuando incomoda incluso antes de entender el fondo, es porque algo ahí merece ser observado con más cuidado.
Según la información que circula, esta iniciativa impulsada por la administración de Donald Trump busca integrar a distintos países en una especie de bloque de seguridad continental para enfrentar el narcotráfico y limitar influencias externas. Y si ese es realmente el objetivo, si se trata de cooperación real para enfrentar un problema que nos afecta a todos, eso podría tener sentido. Nadie puede negar que el narcotráfico es una amenaza seria, ni que requiere coordinación internacional. Pero incluso cuando el fondo parece razonable, la forma sigue importando. Y en este caso, importa mucho.
Porque cuando se habla de “Gran América del Norte”, no se está nombrando un esfuerzo colectivo desde la igualdad, sino que se está trazando una línea simbólica donde algunos lideran y otros se suman. Donde unos representan el centro y otros orbitan alrededor. Y aunque tal vez no sea la intención explícita, la sensación que deja es clara: no todos están en el mismo nivel dentro de esa narrativa. Y ahí es donde empieza la incomodidad que no se puede ignorar.
Porque Costa Rica y Centroamérica no son una pieza que se mueve en un tablero ajeno, igual que no lo son las otras regiones. No somos una extensión, no somos un apéndice estratégico de nadie. Somos países con historia, con identidad, con instituciones propias, con capacidad de decisión. Y cuando se nos incluye dentro de un concepto que no nace desde nuestra realidad, sino desde una lógica externa, lo mínimo que corresponde es detenerse y preguntarse desde qué lugar estamos siendo integrados.
Con otro nombre, probablemente el mensaje sería distinto. Se entendería como un esfuerzo conjunto, como una alianza continental para enfrentar un problema compartido. Se percibiría como cooperación entre iguales, como una estrategia pensada para todos los países del continente, sin jerarquías implícitas. Pero con este nombre, lo que se transmite no es eso. Lo que se percibe es que algunos son el objetivo por proteger… y otros los que colaboran para que ese objetivo se cumpla.
Y entonces aparecen las preguntas que incomodan, pero que no deberían evitarse. ¿Estamos participando en igualdad de condiciones, o estamos asumiendo un rol que no hemos terminado de cuestionar? ¿Se trata de cooperación real o de una narrativa donde unos países terminan funcionando como soporte de otros? ¿Nos están usando? ¿Los presidentes están actuando desde una posición plenamente soberana o están aceptando marcos que no necesariamente nos representan?
No afirmo nada, porque este tipo de temas requieren más que reacción. Pero sí creo que hay algo que no se puede ignorar. Porque en asuntos de soberanía, no solo importa lo que se hace… también importa cómo se nombra. Y a veces, en ese “cómo”, se revela mucho más de lo que parece.