
Cada vez que aparece una noticia sobre excandidatos presidenciales, se repite un patrón que ya no sorprende, pero sí preocupa. La mayoría de la gente no puede evitar sacar lo que lleva dentro… y muchas veces no es lo mejor. Los comentarios se llenan de ataques, de ironías, de frases que no buscan aportar, sino herir. Como si el objetivo no fuera opinar, sino hacer el mayor daño posible con la menor cantidad de palabras.
Y entonces me pregunto si alguna vez nos detenemos antes de escribir. Si alguien se toma un segundo para hacer el ejercicio contrario. Decir algo bueno. Rescatar algo valioso. Defender una idea con respeto. O, en el caso más simple, elegir no decir nada. Pero pareciera que eso cuesta. Que hay algo más fuerte que empuja a escribir desde la molestia, desde el enojo, desde una necesidad casi automática de golpear.
Y ahí es donde uno empieza a ver algo más profundo. No es el comentario. Es el corazón desde donde sale.
Porque cuando lo que llevás dentro es frustración, eso es lo que aparece. Cuando lo que domina es el resentimiento, eso es lo que se escribe. Y cuando no hay un filtro interno, cualquier espacio se convierte en una oportunidad para descargar lo que sea, sin importar a quién le caiga. Pero eso no pasa en Apacigua tu ser interior.
Aquí ocurre algo distinto. Yo puedo publicar una foto o un comentario de doña Claudia Dobles, de don Ariel Robles o de cualquier candidato, y las respuestas no se convierten en un campo de batalla. Quienes votaron por ellos y quienes no votaron, en su gran mayoría, comentan con respeto, con criterio, incluso con reconocimiento.
Y eso no es casualidad. Eso es cultura. Eso es elección. Eso es trabajo interno.
Por eso, cuando alguien pregunta qué hace diferente a este espacio, la respuesta no está en los artículos. Está en las personas que lo habitan. En la forma en que eligen expresarse. En el tipo de energía que deciden sostener, incluso cuando podrían hacer lo contrario.
Porque al final, comentar también es un acto de identidad. Y lo que escribís… dice mucho más de vos que de la persona a la que te referís. Por eso, señores del mundo mundial, sí… hay una diferencia. Y no es pequeña.