
Hay algo que he ido entendiendo con el tiempo… y es que mostrarse tal cual uno es, no siempre encaja con lo que otros esperan ver. Vivimos en un mundo donde muchas personas sienten que hay una forma “correcta” de comportarse, de hablar, de mostrarse… especialmente cuando alguien empieza a tener cierta visibilidad. Como si, de pronto, hubiera que convertirse en una versión más pulida, más controlada, más medida… más personaje que persona.
Pero yo no estoy en eso.
Yo no soy candidato. No soy político. No soy uno de los 57 diputados. No estoy construyendo una imagen para sostener una posición, ni estoy calculando cada palabra para cuidar una figura. Yo soy yo. Y aquí estoy, con ustedes, al natural. A veces peinado, a veces despeinado. A veces fuerte, a veces cansado. A veces claro, a veces en proceso. Como es la vida.
Porque si algo tengo claro, es que no puedo —ni quiero— dejar de ser lo que soy para encajar en una expectativa que no me pertenece. No tendría sentido. No sería sostenible. Y, sobre todo, no sería honesto. Y lo que se construye desde lo que no es honesto… tarde o temprano se cae.
Apacigua nació desde un lugar muy humano. No desde la perfección, no desde el discurso armado, no desde la imagen calculada. Nació desde la necesidad de hablar, de reflexionar, de conectar… desde lo que hay. Y si en algún momento este espacio requiriera que yo dejara de ser lo que soy, que me convierta en algo más correcto, más aceptable, más encajado… prefiero soltarlo.
Prefiero ceder la batuta. Porque no se trata de sostener un proyecto a cualquier costo… se trata de sostener la coherencia. Y la coherencia, en este caso, tiene un precio claro: ser uno mismo.
No siempre va a gustar. No siempre va a calzar. No siempre va a ser entendido. Pero es real. Y eso, al final, es lo único que puedo ofrecer sin esfuerzo, sin desgaste… sin perderme en el camino.
Yo soy así. Y desde ahí… sigo.