Cuando ya nos sabés de qué lado estás.

Hay algo que está pasando… y no sé si lo estamos viendo con la claridad que creemos. O peor aún… no sé si queremos verlo. Porque hay temas que uno empieza a sentirlos más que a entenderlos. Y cuando eso pasa, la brújula interna se vuelve inestable.

Hace unos años, al menos para muchos —y me incluyo— la mirada era bastante sencilla. El pueblo judío representaba historia, dolor, resistencia. Había una empatía casi automática. No con gobiernos, no con decisiones políticas… sino con la gente. Con lo que habían vivido. Con lo que simbolizaban incluso desde lo religioso, desde lo cultural, desde esa conexión que muchos sienten al pensar en ese territorio cargado de historia.

Y todo eso convivía sin mucho conflicto.

Pero el mundo empezó a moverse… y con él, nuestras percepciones.

Aparece con más fuerza el tema palestino. Empiezan a circular imágenes, relatos, denuncias, versiones. Y entonces ya no es tan fácil sostener una sola postura. Porque lo que antes parecía claro… empieza a dividirse. Seguís sintiendo empatía por un pueblo… pero empezás a cuestionar a un Estado. Y esa diferencia, aunque es válida, ya no se siente tan ordenada como antes.

Y aún así… todo eso seguía siendo, de alguna forma, lejano.

Hasta que deja de serlo.

Porque de pronto el tablero cambia. Nuevos actores, nuevas tensiones, nuevas decisiones que escalan el conflicto. Países que se alinean, que se enfrentan, que se desafían. Y lo que antes era una narrativa relativamente estable… se rompe.

Y ahí es donde empieza lo incómodo de verdad.

Porque ya no es solo lo que pasa… es lo que te pasa a vos mientras lo ves.

A ratos no querés que nadie sufra. Te duele ver ciudades destruidas, familias afectadas, gente que no tiene nada que ver pagando consecuencias. Pero en otros momentos… aparece algo distinto. Más frío. Más duro. Como si una parte tuya dijera: “tal vez era inevitable”, “tal vez se lo buscaron”, “tal vez esto tenía que pasar”.

Y entonces te detenés.

Porque no sabés si lo que estás sintiendo es justo… o si simplemente estás siendo arrastrado por una narrativa que cambia según quién la cuente.

Ya no sabés si te duele más ver una ciudad en Israel bajo ataque… o una ciudad en Irán respondiendo. Ya no sabés si estás viendo defensa… o agresión. Ya no sabés si hay buenos y malos… o solo intereses enfrentados.

Y eso descoloca.

Porque crecimos creyendo que había lados más claros. Más correctos. Más fáciles de identificar. Pero hoy… esa línea se volvió difusa. Y en medio de esa confusión, empezás a notar algo inquietante:

Tus emociones también cambian dependiendo de cómo te cuentan la historia.

Y ahí es donde todo se vuelve más delicado.

Porque no solo están en conflicto los países… también está en conflicto tu forma de percibirlos. Tu forma de juzgar. Tu forma de sentir.

Y entonces aparece la culpa.

Culpa por un pensamiento que no esperabas tener. Culpa por sentir algo que no encaja con lo que siempre creíste. Culpa por darte cuenta de que, en medio de tanta información, no siempre estás pensando… a veces solo estás reaccionando.

Y ahí es donde surge la pregunta más incómoda de todas:

¿Estoy entendiendo lo que pasa… o estoy siendo movido por cómo me lo están mostrando?

Porque hoy, más que nunca, no solo se están disputando territorios… se están disputando percepciones.

Y en ese juego… nosotros también estamos dentro.

No como protagonistas… pero sí como terreno.

Y tal vez, en medio de todo esto, lo más honesto no sea tomar partido inmediato… sino reconocer que algo cambió. Que ya no es tan claro. Que ya no es tan simple. Y que, por primera vez en mucho tiempo…

ya no sabés con certeza de qué lado estás.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio