
No es solo lo que dijo
Vi las declaraciones del señor presidente Rodrigo Chaves y, más allá de la noticia puntual, lo que a mí me llamó profundamente la atención fue la arquitectura emocional y lingüística de su discurso. Lo digo con respeto, porque respeto la investidura, pero también lo digo con total claridad, porque él mismo eligió sus palabras, su tono, su enfoque y el tipo de realidad que quiso construir frente al público. Y cuando una persona ocupa la Presidencia de la República, sus palabras dejan de ser una simple opinión espontánea. Se convierten en un acto de conducción emocional, política y simbólica. Por eso me parece válido detenerme a mirar no solo lo que dijo, sino cómo lo dijo, qué sembró en la mente de quienes lo escuchan y qué tipo de estado interno puede estar provocando en la ciudadanía.
Desde una mirada de programación neurolingüística, aunque esta es una lectura personal y no un dictamen técnico ni profesional, hay algo evidente: el discurso no está planteado para informar con serenidad, sino para instalar un marco mental. Y eso cambia todo. Una cosa es comunicar una preocupación internacional de forma sobria, mesurada y responsable. Otra muy distinta es introducir sospecha, anticipación de culpa, tensión política y una sensación de amenaza narrativa donde ya no solo se habla de hechos, sino de cómo “otros” van a reaccionar, de cómo “otros” podrían manipular lo que ocurra, y de cómo aparentemente ya existen actores listos para distorsionar la realidad. Ese tipo de formulación no es inocente. No describe únicamente un escenario: lo preconfigura emocionalmente. Le da al oyente una lente antes de que los hechos terminen de ocurrir. Y eso, desde cualquier mirada seria del lenguaje, es profundamente delicado.
A mí me parece que una de las mayores carencias del discurso es la falta de contención emocional. Un presidente puede alertar sin alterar. Puede advertir sin intoxicar el ambiente. Puede hablar de riesgos sin convertir la conversación pública en una antesala de confrontación. Aquí, sin embargo, lo que se siente es otra cosa. Se siente una voz que no solo quiere comunicar, sino predisponer. Y predisponer a la ciudadanía, sobre todo en tiempos de tensión global, es una irresponsabilidad comunicacional muy seria. Porque el ciudadano común no escucha estos mensajes como quien analiza un tema geopolítico; los recibe desde su sistema nervioso, desde sus miedos, desde sus creencias, desde su confianza o desconfianza en las instituciones. Por eso el tono importa tanto. Y aquí el tono no fue uno de calma institucional. Fue un tono de advertencia política, de sospecha anticipada, de emocionalidad defensiva.
Desde el mindfulness, lo que observo es todavía más inquietante. Un discurso así no invita a la presencia, ni al discernimiento, ni a la observación clara de la realidad. Invita a la reactividad. Y cuando un líder habla de una manera que empuja a la audiencia hacia un estado reactivo, lo que está haciendo es reducir la capacidad de pausa interior de quienes lo escuchan. En lugar de ayudar a pensar, ayuda a tensionarse. En lugar de ampliar conciencia, estrecha el campo perceptivo hacia una narrativa de amenaza, culpables y futura manipulación. El mindfulness, entendido de manera simple y humana, nos invita a observar sin quedar atrapados de inmediato por el impulso emocional. Pero este tipo de discurso hace exactamente lo contrario: dirige la atención hacia una lectura ya cargada, ya insinuada, ya emocionalmente editada por quien habla. Y ahí es donde yo veo una falla importante del liderazgo. No solo una falla de forma, sino de fondo.
También encuentro, en lo dicho por el presidente, una tendencia a colocarse en la posición del que ve venir las cosas antes que los demás, del que ya sabe cómo operarán otros actores, del que anticipa la conducta ajena y casi se adelanta a interpretar el futuro. Eso, desde el coaching y desde la observación humana, puede ser muy seductor para ciertos públicos, porque construye la imagen del líder que domina el tablero, del líder que está despierto mientras otros duermen, del líder que advierte y previene. El problema es que esa construcción también puede esconder una necesidad excesiva de control narrativo. Y cuando un presidente siente la necesidad de controlar por adelantado la interpretación de lo que viene, lo que revela no siempre es fortaleza. A veces revela inseguridad. A veces revela una necesidad de blindarse políticamente antes de que la realidad termine de desplegarse. A veces revela incapacidad de soltar el conflicto como método de posicionamiento.
Aquí es donde quiero ser muy cuidadoso, pero muy claro. Yo no estoy diciendo que el señor presidente no tenga derecho a opinar, a advertir o a fijar posición. Claro que lo tiene. Lo que estoy diciendo es que la forma en que lo hace muestra limitaciones importantes en materia de comunicación emocionalmente responsable. Y esa, para mí, es una de sus grandes deficiencias. No hablo de una deficiencia intelectual, sino de una deficiencia de integración. Porque una cosa es tener información o intuición política, y otra muy distinta es saber comunicarla sin intoxicar el tejido emocional de un país. Una cosa es liderar, y otra muy distinta es gobernar desde la tensión permanente. Una cosa es alertar, y otra es entrenar a la población a vivir en sospecha constante. Esa diferencia, en mi opinión, el presidente no siempre la maneja bien.
Otra carencia evidente en el discurso es la ausencia de amplitud. No hay apertura real a la complejidad. No hay una invitación a pensar con madurez, sino una tendencia a encuadrar la realidad de manera muy cerrada, casi de trincheras. Cuando un mandatario habla así, lo que hace es empujar a la ciudadanía a un esquema binario: de un lado los que entienden, del otro los que manipulan; de un lado los que ven la verdad, del otro los que la van a deformar. Y esa forma de construir discurso es muy eficaz políticamente, sí, pero muy pobre espiritualmente, muy pobre humanamente y muy peligrosa institucionalmente. Porque una democracia sana necesita ciudadanos capaces de pensar, contrastar, respirar y observar. No necesita audiencias emocionalmente condicionadas a reaccionar cada vez que se activa un enemigo externo o interno.
Desde la PNL, una de las cosas más importantes que uno aprende es que el lenguaje no solo comunica experiencias: también las modela. Las palabras activan mapas internos. Los énfasis, las pausas, las presuposiciones, las insinuaciones y los marcos narrativos van programando la forma en que una persona percibe lo que está pasando. Por eso yo creo que el problema del discurso del señor presidente no está únicamente en su contenido literal, sino en el tipo de experiencia interna que induce. Y la experiencia interna que induce no es de serenidad, prudencia y cohesión. Es de alerta, de sospecha, de confrontación y de predisposición. Eso puede ser útil para fidelizar una base política. Pero no necesariamente es útil para conducir un país con madurez emocional.
Yo agregaría algo más, y esto me parece de fondo: en un contexto internacional delicado, un presidente debería elevar la conversación, no bajarla al terreno del reflejo condicionado. Debería ayudar a la ciudadanía a ubicarse con sobriedad frente a un escenario complejo. Debería fortalecer el centro emocional del país. Debería convertirse, en la práctica, en un regulador del clima interno de la nación. Pero cuando el lenguaje presidencial en lugar de regular, exacerba; en lugar de contener, enciende; en lugar de abrir comprensión, empuja a la polarización, entonces ya no estamos solo frente a un estilo personal. Estamos frente a una manera de ejercer poder a través de la activación emocional.
Y aquí quiero decir algo final con toda claridad y con todo respeto: analizar el discurso del presidente no es faltarle el respeto al presidente. Al contrario. Es tomarse en serio el peso de sus palabras. Porque si sus palabras tienen poder, también tienen consecuencias. Si decide hablar así, él asume la responsabilidad de lo que ese lenguaje produce. Y si quienes observamos encontramos en ese discurso carencias de serenidad, deficiencias de integración emocional, excesiva necesidad de control narrativo, inclinación a la sospecha y una comunicación que predispone más de lo que esclarece, entonces también tenemos derecho a decirlo. Sin insultar. Sin gritar. Sin caer en bajezas. Pero diciéndolo.
Porque no es solo lo que dijo. Es lo que activó al decirlo así.
Publicado por ElMundo .cr
Declaración del Señor Presidente en Cartago, el 6 de abril de 2026