
Cuando doña Laura ganó las elecciones, le escribí una carta pública deseándole lo mejor. No fue un gesto político, fue un acto ciudadano. Porque si a ella le va bien, a mí y a los míos nos irá mejor que lo contrario. Así de simple. Así de directo. Y recuerdo que alguien me criticó porque dije que me ponía a las órdenes de la señora presidente. Pero lo hice desde donde estoy: desde la ciudadanía, no desde un partido, no desde un interés personal, sino desde la responsabilidad de querer que al país le vaya bien.
Días después tuve la oportunidad de hablar con ella, y en esa conversación me dijo que yo tenía razón en todo. Y yo, con la misma claridad, le dije algo que sostengo hoy: aunque no voté por ella, estoy dispuesto a apoyarla en todo aquello que le sirva al país y a la ciudadanía. Porque mi posición no es de oposición automática, ni de aplauso ciego. Es de acompañamiento responsable, desde donde corresponde.
También lo he dicho varias veces, y lo repito: no voy a pasar cuatro años peleado con el gobierno por deporte, por costumbre o por ideología. Si hay razones, se dirán. Si hay decisiones que no le convengan a la ciudadanía, se señalarán. Pero vivir en guerra permanente no le sirve ni al país ni a quien pretende construir desde la conciencia.
Doña Laura merece el beneficio de la duda. Merece nuestros mejores deseos. Merece la oportunidad de demostrar quién es en el ejercicio real del poder. Y además, hay algo que no se puede ignorar: el gobierno que recién termina es, desde mi punto de vista, uno de los peores de la historia de nuestro país. Eso, aunque suene duro, también implica que el punto de partida es bajo. Y desde ahí, hacer las cosas bien no solo es posible… es necesario.
Muchos costarricenses esperamos que ella se separe de esta narrativa que la precede. Que no gobierne desde la sombra de nadie. Que asuma con integridad, con criterio propio, desde sus aptitudes, desde su capacidad, y que logre construir un gobierno que la haga pasar a la historia por sus propios méritos, no por comparación con su predecesor.
Porque el país que va a recibir no es sencillo. Se encontrará con una estructura golpeada, con decisiones acumuladas, con un entorno complejo. Es como si le entregaran un bosque para hacer muebles… pero con muchos árboles ya cortados o enfermos. Y eso hay que entenderlo. No todo lo que ocurra será consecuencia directa de su gestión. Hay un arrastre que pesa, y que no se puede ignorar.
Además, el contexto internacional tampoco ayuda. Está entrando en un momento de tensión global, con posibles crisis energéticas, con movimientos financieros importantes, con alianzas internacionales ya firmadas que podrían no ser del todo convenientes. Y aunque haya estado presente en algunos de esos procesos, no necesariamente es la responsable total de lo que se firmó o se definió. Hay una carga que ya viene en camino.
Por supuesto que también está la posibilidad de que doña Laura dé un paso al costado y que sea su predecesor quien gobierne. Eso no lo sabemos. Lo veremos cuando suceda, porque al momento en que estoy escribiendo este artículo, no ha sucedido.
Eso no significa que se le vaya a justificar todo.
Vamos a estar atentos. Vamos a observar. Vamos a analizar sus decisiones. Pero también vamos a ser justos. Porque la justicia también implica reconocer el punto de partida y las condiciones en las que se gobierna.
Desde el punto de vista democrático, hay algo que sí quedó claro: doña Laura logró probarnos a todos —a todos— que el Tribunal Supremo de Elecciones funciona como debe ser. Y eso, en tiempos donde todo se cuestiona, no es un dato menor.
Y desde el punto de vista de Apacigua tu ser interior, hay otra verdad que no podemos ignorar: nada ganamos pasando cuatro años en una pelea constante, en una insatisfacción permanente, en una tensión que no construye nada.
Porque el país no se levanta desde el conflicto interno.
Se levanta desde la conciencia.
Y hoy, más que nunca, esa conciencia también implica saber acompañar… sin dejar de observar.