Cuando los derechos dejan de ser prioridad

Fuente: Delfino

Hay decisiones que no se miden solo por lo que dicen, sino por lo que hacen sentir. Y esta es una de ellas. Costa Rica ha decidido retirarse del Grupo Núcleo LGBTI de la OEA, argumentando que ya se ha completado a nivel nacional la protección plena de los derechos de todas las minorías. Y más allá de la explicación oficial, hay una pregunta que no se puede ignorar, una de esas preguntas que no son políticas, sino profundamente humanas: ¿cómo se sienten hoy las personas de la comunidad LGBTIQA+ al escuchar esto?, ¿cómo se sienten quienes han luchado durante años —muchas veces en silencio, muchas veces con miedo— por tener acceso a derechos básicos, a respeto, a dignidad?

Porque una cosa es afirmar que todo está resuelto, y otra muy distinta es que eso se sienta así en la vida real. Según lo que han manifestado diversas organizaciones y activistas, todavía existen tareas pendientes que no se pueden barrer bajo una declaración institucional. Se habla de la ausencia de una ley integral de identidad de género, de la falta de una prohibición explícita de las terapias de conversión, de barreras persistentes en el acceso a salud, educación y empleo, y también de retrocesos en políticas públicas que antes protegían a poblaciones vulnerables. No es una discusión ideológica, es una discusión de realidad.

Y entonces el tema deja de ser técnico y se vuelve humano. Porque cuando se toma una decisión de este tipo, no solo se está redefiniendo una posición diplomática, se está enviando una señal. Y las señales, en temas de derechos humanos, pesan. Pesan especialmente para quienes todavía sienten que no están completamente protegidos, ni completamente reconocidos, ni completamente seguros en su propio entorno.

A esto se suma un elemento aún más delicado: el aumento de los discursos de odio. Cuando el entorno se vuelve más hostil, cuando los ataques crecen, cuando la intolerancia encuentra espacios para manifestarse, lo que se espera es más protección, más presencia, más respaldo institucional. No menos. Y retirarse de espacios internacionales que existen precisamente para fortalecer esos derechos genera, como mínimo, una inquietud legítima que no puede ser ignorada ni minimizada.

No se trata de atacar al gobierno, ni de asumir posturas automáticas. Se trata de entender el impacto de las decisiones. Porque hay decisiones que pueden ser técnicamente justificables desde un escritorio, pero emocionalmente desconectadas de lo que vive la gente en la calle, en su casa, en su trabajo, en su día a día. Y cuando eso ocurre, la distancia entre el discurso oficial y la realidad se hace más evidente.

Desde mi esquinita del mundo, lo único que puedo hacer es invitar a observar con calma, a escuchar sin prejuicio, a no asumir que todo está resuelto solo porque alguien lo afirma. Porque los derechos humanos no se declaran completos, no se firman como un documento terminado.

Se viven.

Y si todavía hay personas que no los sienten completos, entonces tal vez, solo tal vez, todavía hay trabajo por hacer.

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