Cuando todo se detiene

Algunas veces uno se queda en blanco. En pausa. En una especie de limbo donde nada falta… pero tampoco nada empuja. Y cuando ese alguien es como yo, acostumbrado a estar en movimiento, a producir, a resolver, a crear… no siempre es fácil manejarlo. Porque no es cansancio exactamente, ni falta de ideas, ni ausencia de cosas por hacer. Es otra cosa. Es un silencio raro que aparece justo cuando todo parece estar en orden.

Han sido días de mucho trabajo. Mucho estrés. Asuntos por atender, cuentas por pagar, decisiones por tomar. De esas semanas en las que todo se junta, como si la vida decidiera poner varias capas al mismo tiempo. Y entre todo eso, también lo de siempre… algún que otro ataque de esos que aparecen en redes sociales, que no construyen, pero que igual hay que procesar. A eso se le sumó el cierre de la radio de ApaciguaRadio, y el trabajo intenso con el Universo Digital de Apacigua. Horas y horas de programación, de diseño, de pensar cómo debía verse, cómo debía sentirse, cómo debía funcionar.

Todo estaba calculado para salir hoy a las siete de la noche.

Y entonces, como suele pasar cuando algo importante está por salir, todo lo demás también llega. Mi mamá necesitaba cosas. Mi sobrina, que ahora vive conmigo, quería pizza, quería permisos, quería contarme historias. Todo eso… entre las seis y las siete. Justo en esa hora en la que uno quisiera que el mundo se detuviera un momento. Pero no. La vida sigue. Y no espera a que uno termine.

Y como si faltara algo, justo antes de salir… se perdieron los certificados de internet. La página no abría bien. A muchas personas les costaba entrar. Ese momento incómodo donde algo tan grande está listo… pero no está funcionando como debería. Ajusté servidores en Costa Rica, en otras ciudades… moví cosas, probé, corregí… y poco a poco todo empezó a responder. A eso de las siete y treinta, ya estaba funcionando. Mi mamá atendida. La pizza pedida —aunque tocaba ir a recogerla—. Todo en orden.

Y ahí, por un momento, se siente algo que no siempre se reconoce. Satisfacción.

Todo listo. Artículos del día y de la semana. Reportes enviados. Reuniones confirmadas. Conversaciones importantes ya encaminadas. Incluso acercamientos con diputados y conversaciones con tres expresidentes. Todo eso estaba ahí. Hecho. Caminando.

Y entonces… me senté. Con calma. Y comimos pizza.

Después, ya pasadas las diez de la noche, regresé a la computadora. Ese horario que para mí suele ser el más productivo, donde las ideas fluyen y el trabajo avanza casi sin esfuerzo. Ese espacio entre las diez y la una o dos de la mañana, donde normalmente pasa mucho.

Y no pasó nada. Me quedé sin nada que hacer.

Claro… tengo pendientes. Muchos. Una torre de cosas sobre el escritorio. Libros por continuar. Ideas por desarrollar. Proyectos por empujar. Pero por alguna razón, nada urgía para hoy. Nada me llamaba. Nada quería hacer. Todo estaba al día. Facebook, redes, mensajes… todo en orden.

No libre. Pero listo. Y ahí entendí algo.

Tal vez el Universo Digital de Apacigua me tomó tantas horas, tanta energía, tanta atención… que al terminar, el cuerpo y la mente entraron en algo parecido a una resaca. Como cuando terminás algo que te exigió tanto, que te llevó tan adentro… y que además sentís que quedó bien. Muy bien. Entonces no es solo cansancio… es vacío. Es espacio. Es ese momento después del esfuerzo donde todo se afloja.

Y ese espacio… también es necesario. Porque no siempre tenés que llenar todos los momentos. No siempre tenés que seguir produciendo. No siempre tenés que empujar algo más. Hay instantes en los que simplemente llegás… y te detenés.

No porque no podás seguir. Sino porque ya diste lo que tenías que dar. Y tal vez, en ese silencio raro, en ese limbo que incomoda un poco… lo que está pasando no es que te quedaste sin hacer nada. Es que, por un momento… estás completo.

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