Cuando el poder se construye… o se destruye con palabras

OPINIÓN POLÍTICA

Mientras avanzo en la escritura de mi libro Farmacodinámica en la Asamblea Legislativa, donde analizo el poder que tiene un diputado electo, el poder que ejerce durante su paso por la Asamblea y, sobre todo, el poder con el que sale cuando termina su gestión, no puedo evitar detenerme en ciertos episodios que, más que aislados, se convierten en ejemplos vivos de lo que intento explicar en esas páginas. Porque el poder no es un título, es una construcción, y esa construcción depende, en gran medida, del comportamiento, del lenguaje, de las decisiones y de la forma en que cada diputado se relaciona con los demás y con el país.

En esas líneas, y en esos capítulos, no puedo dejar de recordar las palabras del diputado Leslye Bojorges, quien, refiriéndose a la diputada Dinorah Barquero, dijo que la había visto “en todo en estos cuatro años… menos en el gimnasio”. Una frase que, más allá de lo anecdótico o del momento, deja ver algo más profundo: una forma de ejercer el poder que, si se me permite augurar hacia el futuro, difícilmente le sumará. Más bien, me atrevería a decir que el poder con el que saldrá de la Asamblea podría estar entre nulo y negativo, no por una diferencia ideológica o política, sino por la forma en que decide utilizar la palabra en un espacio donde cada intervención pesa.

Y no lo digo desde una postura emocional ni desde la reacción inmediata que puede provocar una frase así, lo digo desde la observación de lo que ocurre una y otra vez en los espacios de poder. Hay comportamientos que simplemente no son compatibles con el nivel que exige un Congreso, hay formas de expresarse que no corresponden a un espacio que debería ser académico, respetable, de alto nivel, y cuando esas formas aparecen, no solo afectan a quien las recibe, afectan principalmente a quien las emite, porque terminan definiendo su estilo, su marca y su lugar en la memoria colectiva.

Un comportamiento así es, sin rodeos, inaceptable para un congresista. No es la forma de hablar, no es la forma de debatir, y probablemente en el momento en que se dicen esas palabras no se dimensionan las consecuencias, pero llegan, siempre llegan. Porque el registro queda, porque la percepción se construye, porque la imagen pública no se borra con facilidad, y porque cada intervención suma o resta en ese capital invisible que luego se convierte en influencia real dentro y fuera del poder.

Esto cuesta. Cuesta imagen, cuesta credibilidad, cuesta futuro. Por supuesto que habrá quienes aplaudan, siempre los hay, pero ese aplauso también dice algo, dice mucho, porque quienes celebran este tipo de intervenciones no suelen ser precisamente los espacios académicos, ni los sectores que construyen desde el respeto, ni los círculos donde el criterio pesa más que el ruido, y eso también termina ubicando a quien habla en un lugar específico dentro del espectro público.

Por otro lado, la respuesta de la señora Dinorah Barquero merece ser destacada no solo por su contenido, sino por su forma. Una respuesta elocuente, elegante, ubicada en un nivel completamente distinto, propio de alguien que entiende que no todo se responde desde el mismo lugar desde donde se ataca, y ahí es donde se empieza a ver con claridad la diferencia entre reaccionar y construir, entre responder y elevar el nivel de la conversación.

Mi desapruebo es total frente al comportamiento del diputado, que, por cierto, es independiente… o algo así. Pero más allá de etiquetas políticas, lo que queda es la acción, y en política las acciones pesan más que cualquier discurso. Y aquí viene la reflexión que trasciende este caso puntual: hay palabras que creemos que atacan a otros, pero en realidad muchas veces son palabras que regresan, que se devuelven con el tiempo, que terminan golpeando nuestra propia imagen, nuestro prestigio y la forma en que nos perciben quienes observan, quienes analizan y quienes, eventualmente, deciden si ese poder que se tuvo alguna vez merece continuar o desaparecer.

Porque en política —y en la vida— no solo importa ganar un momento, importa cómo quedás después de él, y hay momentos que, aunque parezcan pequeños, terminan definiendo trayectorias completas. Este podría ser uno de esos.

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