Cuando los nombres intentan construir lo que no existe

REFLEXIÓN SOCIAL

Me entero en la página de Piero que al señor diputado electo “Robert Junior” lo han bautizado, en ciertos círculos, como El influencer del pueblo. Y claro, la primera reacción es pensar que es una frase descabellada, exagerada, incluso sin mucho sentido. Pero después uno se detiene y entiende que no importa tanto si tiene sentido o no. Importa que se repita. Porque ese es el punto. La frase no está pensada para describir, está pensada para instalarse. Y cuando cae sobre un grupo de personas para quienes lo descabellado muchas veces se vuelve norma, no tarda mucho en empezar a circular. En pocos días, esa etiqueta puede estar recorriendo los pasillos digitales, repitiéndose, amplificándose, hasta que deja de sonar extraña y empieza a sonar familiar.

Y eso ya lo hemos visto. Como cuando a doña Pilar Cisneros, actual diputada de la República, la llamaron La Dama de Hierro. Un título que, más allá de la intención, no resiste mucho análisis. No solo por lo que implica históricamente, sino por la comparación implícita con Margaret Thatcher, una figura con un peso político y un contexto completamente distinto. Pero eso tampoco importa. Se dijo. Se repitió. Y en ciertos espacios, se aceptó. Buscando un poco más, aparece otro. Ahora a doña Laura Fernández, presidenta electa de la República, la empiezan a llamar Braulio Carrillo del siglo XXI. Y uno no puede evitar sonreír, no por admiración, sino por lo forzado de la comparación. Pero nuevamente, el mecanismo es el mismo: nombrar para construir, nombrar para elevar, nombrar para que otros repitan.

Y aquí es donde vale la pena hacer una pausa. Porque no tengo nada en contra de los influencers. Aunque el término en sí siempre me ha parecido un poco jalado del pelo —eso de andar “influyendo” en otros suena más grande de lo que realmente es— sí reconozco el valor de quienes generan contenido, opinión, conversación, siempre y cuando lo hagan desde la cordura, desde los valores, desde una forma de expresarse que construya y no distorsione. Pero esto es otra cosa. Esto no es influencia. Esto es narrativa. Y una narrativa que intenta elevar figuras a niveles simbólicos que no necesariamente han sido construidos con hechos, con trayectoria o con historia. Porque una cosa es reconocer méritos, y otra muy distinta es inventarlos a través de apodos grandilocuentes.

Y aquí hago una pausa personal, porque también me toca. Tal vez todo esto sea —lo confieso— como cuando yo mismo me declaré el “diputado número 58”. Una referencia, obviamente graciosa, al trabajo que me gustaría hacer desde la ciudadanía. Pero el hecho de que yo me llame así no lo hace cierto, no lo hace legal y, por supuesto, tampoco me da acceso al emblemático edificio de San José. Es una idea, es una figura, es un juego. Más o menos igual que estos títulos.

“Dama de hierro” no convierte a nadie en una figura histórica de ese nivel. “Braulio Carrillo del siglo XXI” no hace que su nombre pase automáticamente a la siguiente página de la historia con logros similares. Y, por supuesto, “influencer del pueblo” no le da credibilidad, necesariamente, a su trabajo o a su contenido, ni prueba que haya influido de forma real y positiva en otros… aunque podría ser, no lo sé. Pero el nombre, por sí solo, no lo construye. En resumen, mi número 58 es de fantasía y de risa, y sus nuevos títulos, por ahora, también.

Por eso la reflexión no es sobre ellos, es sobre nosotros. Sobre la facilidad con la que aceptamos nombres antes de evaluar hechos, sobre la rapidez con la que repetimos etiquetas antes de entender de dónde vienen, sobre lo poco que nos detenemos a pensar si lo que estamos diciendo tiene sustento o solo tiene eco. Porque al final, no es el nombre lo que define a una persona, es lo que hace. Y eso… no se puede inventar.

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