
La vida me trajo hasta aquí. Sin un plan rígido, sin una ruta completamente clara al inicio… pero de pronto me vi escribiendo, publicando, compartiendo. Y casi sin darme cuenta, ya había un nombre, un norte, un movimiento. Cientos de miles de personas al otro lado, leyendo, sintiendo, conectando. Y en medio de todo eso, puertas que se empezaban a abrir. Expresidentes llamando, figuras importantes apareciendo, mi nombre sonando en espacios donde antes no estaba. Y yo… trabajando hasta el cansancio, sí, pero feliz. Feliz porque sentía el honor de servir a la patria.
Y en medio de ese crecimiento, de ese movimiento que se fue armando, hice un esfuerzo muy consciente, muy personal, muy profundo… por sostener todo desde el amor. Amor por quienes están del otro lado leyendo, por sus hijos, por sus nietos. Amor por esta tierra que nos sostiene, por lo que somos, por lo que hemos sido, por lo que todavía podemos cuidar. Porque al final, si esto no se hace desde el amor… no tiene sentido hacerlo.
Esta semana me regaló momentos que se quedan. Como ese saludo inesperado, desde lo alto de unas gradas, como una colegiala, de la defensora de los habitantes. No la conocía. No lo esperaba. Y aun así, fue un instante que me hizo chispear por dentro. De esos que no se explican… pero se sienten como un reconocimiento silencioso, como una caricia inesperada del camino.
Y luego… esta noche.
Alguien comentó en una de mis publicaciones. Un comentario bonito, sí… pero con un matiz un poco áspero. De esos que uno podría ignorar. De esos que uno podría responder desde la distancia. Pero decidí hacer algo distinto. Decidí llamarlo. Con cariño. No para corregirlo… sino para mostrarle que lo áspero no era necesario.
Hablamos una hora. Y fue una de esas conversaciones que no se olvidan.
Fue tan sorpresiva la llamada… y tan profunda la conversación. Aprendí tanto. Lo disfruté tanto. Lo quise tanto… que al final, en medio de esa conexión tan humana, me recordé a mí mismo por qué estoy haciendo todo esto.
Lo hago por él. Por su historia. Por vos. Por los tuyos. Por esta Costa Rica que tanto amamos.
Porque al final, más allá de los números, más allá del alcance, más allá del ruido… esto se trata de personas. De almas que se cruzan. De momentos en los que uno puede elegir construir en lugar de dividir, acercar en lugar de alejar.
Bendita Costa Rica.
Y ojalá algún día pueda ver a ese hombre. Mirarlo a los ojos. Ponerle la mano en el pecho… y sentir su alma. Sentir lo que sentí en esa conversación. Amar ese momento, como amé hablarle.
Porque hay encuentros que no se olvidan… aunque solo hayan sido por teléfono.