Una noche en el Jazz Café

Mi presencia en el concierto no fue casual. Andrés me invitó. Quería que yo estuviera ahí, con él, en su núcleo más cercano. Y yo, sin pensarlo demasiado, acepté. Me parecía importante acompañarlo, no solo como amigo, sino como alguien que ya formo parte de su mapa afectivo. Ya no me siento un invitado periférico, sino alguien que entra con naturalidad en su círculo, en sus vínculos, en su historia.

Llegué gracias a Luis Fer, que tuvo el detalle de llevarme. Yo había decidido no manejar para poder tomarme un par de tragos con tranquilidad y no tener que preocuparme por parqueos ni salidas nocturnas. Pero al final, la noche cambió de ruta: fueron los papás de Andrés quienes me ofrecieron llevarme de regreso. Un gesto más que amable. Un gesto de pertenencia.

Antes del concierto, en uno de los chats que intercambiamos, la mamá de Andrés me escribió con cariño: “Todos vamos a estar en la misma área, para que no te vayas a sentir incómodo”. Todavía no nos conocíamos, y probablemente pensó —con la dulzura de quien quiere cuidar— que mi edad o mis canas me harían preferir quedarme sentadito en una esquina, sin mucho bullicio. Cuando le leí ese mensaje a Luis Fer, se rio y me dijo, en otras palabras: “Lo que ella no sabe es que necesitás menos de un minuto para comerte el lugar y a la gente”. Me hizo gracia. Porque sin dármelas de nada, sé que tengo esa facilidad: la de adaptarme, integrarme, observar primero y luego entregarme al espacio como si siempre hubiera estado ahí. No me incomoda lo nuevo. Me seduce.

Apenas llegué, en la acera del Jazz Café, me encontré con Kin Rivera, ese baterista extraordinario que he visto pocas veces, pero con quien el afecto es siempre intenso, rápido, explosivo. Nos abrazamos, conversamos un momento, nos pusimos un poco al día. Más tarde, como si selláramos el encuentro, nos tomamos una selfie. No fue un encuentro largo, pero sí de esos que te dejan la piel vibrando, como si la amistad —aunque esporádica— supiera exactamente cómo tocarte el corazón.

Dentro, el lugar bullía de caras conocidas y afectos en expansión. Saludé a varios de los chicos de Nace una Estrella, tanto adultos como niños. A uno de ellos, Maxi, con quien conecté de inmediato, lo invité a venir con su familia a uno de mis talleres de acuarela. Su emoción fue preciosa, auténtica, desbordante.

Poco después me encontré con Catalina, a quien considero sobrina por ser sobrina de Luis Fer. Compartimos un par de abrazos y palabras dulces. Con quien hablé más fue con Alejandro, su esposo. Conversamos de lo que ha pasado en estas semanas del concurso, con esa naturalidad que se da cuando hay afinidad, incluso sin mucha historia previa.

Más adelante, me topé con Alejandro, el cantante, uno de los participantes. Hasta esa noche, lo había percibido como alguien distante, poco amable, quizá engreído. Mi primera reacción fue evitarlo. Pero algo en mí cambió. Me acerqué. Le dije un par de cosas. Y él recordó mi nombre. Ese simple gesto derrumbó mi juicio previo. Bajé la guardia. Mi concepto sobre él cambió. No lo sentí soberbio. Lo sentí enfocado. En su mundo. En su proyecto. Quizás reservado, pero no lejano. A veces uno proyecta durezas que no existen más que en uno mismo.

Edgar Silva rompió el hielo con un espontáneo y cálido: “Hola, Vinny”. Hacía años que no nos veíamos, pero ese saludo fue suficiente para que todo volviera a fluir como si el tiempo no hubiera pasado.

También me encontré con Rodrigo Lagunas, el director de la banda. Le recordé que tengo una acuarela suya que aún no le he entregado. Hablamos con amabilidad. Y dentro de mí, silenciosamente, cerré un ciclo. Durante un tiempo tuve sensaciones ambiguas respecto a él. Ayer, sin que él lo supiera, hice las paces dentro de mí. Me liberé de juicios, de rencores innecesarios, de la carga que uno arrastra sin saber para qué.

En otro momento me crucé con don Alberto, otro de los participantes que ya salió del concurso, y con quien siempre he sentido una afinidad natural. Le pedí que me presentara a su esposa, y juntos caminamos hasta ella. Hablamos un rato los tres. Me encantó conocerla. Me cayó muy bien. Y espero que yo también les haya resultado simpático.

Al final de la noche conocí a Jero Coto, un comentarista musical muy respetado, con su blog en YouTube. No hablamos mucho, pero me quedó la sensación de que es alguien a quien vale la pena conocer más a fondo. Me pareció sensible, con esa mezcla de apertura y timidez que invita a acercarse con suavidad. Me habría gustado conversar más, disfrutarlo más. Ya habrá tiempo.

Esa noche también estuve muy cerca de la mamá de Andrés, con quien compartí una conversación rica, fluida, afectuosa. Una mujer guapa, dulce, cálida, que sabe hablar y escuchar. Con la abuelita, igualmente, compartí con ternura. Conocí también a la tía. Con Génesis, la esposa de Andrés, tuve por primera vez una conversación profunda, casi de coaching. Hay personas con las que se puede atravesar la superficie sin pedir permiso, y ella fue una de ellas.

Sebastián, el hermano de Andrés, ya lo conocía. Es de esos chicos que uno no puede evitar querer. Cada vez que saco el celular para una selfie, él piensa que le estoy pidiendo un abrazo. Y se lanza a mi pecho con esa ternura desarmante de quien aún no se ha llenado de filtros. Lo suelto por recato, por la forma, por lo socialmente aceptado. Pero si fuera por mí, me lo dejaría abrazado todo el día. Es un confite, un dulce de alma.

Con Andrés compartí poco, en fragmentos, entre sus idas y venidas, sus saludos y sus compromisos. Pero su familia me hizo sentir parte. Y no fue solo una impresión. Tanto su mamá como su abuela me agradecieron que yo los quiera tanto, a él y a Sebastián. Esas palabras, que no se dicen porque sí, me indicaron que Andrés ha hablado de mí. Ha contado lo que siente que yo siento. Y quizás, también, lo que él siente. Aunque no lo digamos.

Mario, el padrastro de Andrés, fue uno de los misterios más hermosos de la noche. Durante el concierto lo percibí como un hombre serio, distante, casi inaccesible. No me acerqué. No sabía aún quién era. Pero más tarde, cuando regresábamos a casa en el carro —después de dejar a Andrés, Génesis y Sebastián—, compartimos una conversación serena, con pausas que hablaban más que las palabras. Hablamos de la gala, del concierto, de la familia.

Mario parece ser un hombre de valores enormes, de una magnitud que todavía no logro entender. Me intriga profundamente. Quiero seguir viéndolo, para descifrar de qué está hecho. Tiene una coraza, pero no de rechazo, sino de profundidad. Y me encantaría que algún día me deje entrar. Ese es mi nuevo reto. Al llegar a casa, medio en broma, le pregunté qué puntaje me ponía. Me dijo que le gustaba desde antes de conocerme, por lo que escribo, y que me sigue en redes. No supe en cuál. Pero eso no importa. Me bajé del carro con un puntaje alto, feliz, emocionado. Con ganas de seguir conociéndolo.

Y Andrés… Andrés es un capítulo aparte. Es un potro joven, libre, hermoso. El mundo le sonríe y él quiere galoparlo todo, devorarlo sin medida. Es responsable e irresponsable al mismo tiempo. Magnético. Vital. Pero presiento que en algún momento alguien tendrá que frenarle un poco el trote. No por querer limitarlo, sino para que no se lastime, para que no se pierda, para que no corra tanto que luego no sepa volver. Pero sé que ni yo, ni sus papás, ni su esposa, ni su hermano seremos quienes lo hagamos. Será la vida. Y ojalá lo haga con ternura. Sin golpearlo.

Anoche no fui un espectador más. Fui parte de algo. Compartí con su esposa, con su hermano, con sus papás, su abuela y su tía. Y eso no pasa todos los días. Eso tiene un valor. Eso deja huella.

4 comentarios en “Una noche en el Jazz Café”

  1. Juan Leonardo Soto Lopez

    Super entretenido! Conozco de años a muchos de los personajes aquí mencionados, yo los llamo con muchísimo orgullo: mi familia! Que lindo saber que te hicieron sentir todo esto que expresas en palabras. Un abrazo.

  2. Hola vinicio que bien que hayas disfrutado de esa noche espectacular pienso que eres un ser muy valioso y agradezco haberme topado con tigo en este camino de la vida!!saludos.

  3. Alberto Ismael Murillo Meléndez

    Espero conocerle más y seguro que en mi primer concierto como solista (después de Nace una estrella) será mi primer invitado, inspira respeto y un gran conocimiento (de todo un poco) me encanto su presencia en este lugar y pedirme conocer a mi Señora fue muy fino de su parte, lo demás que hablamos se queda ahí entre nosotros, por supuesto que lo vamos a hacer en el momento adecuado, gracias Vinicio Jarquin un abrazo.

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