Cuando el abuso se viste de uniforme

Una crónica real sobre lo que no debe pasar en un hospital

Esta mañana nos tocó capítulo médico. Con mi mamá, arrancamos el día en el Blanco Cervantes para una cita de control, y luego fuimos al San Juan de Dios para la revisión postoperatoria. El clásico tour hospitalario, de esos que uno espera que salgan bien, pero que casi nunca son breves.

Primero, el Blanco. Presentar los papeles, que la llamaran para signos vitales, que la viera la doctora, que nos dieran la próxima cita de consulta, una para rayos X y otra para laboratorio. Todo eso pasó como en cámara rápida. Raro en un hospital, pero real. En poco tiempo ya estábamos listos para lo que seguía.

San Juan de Dios. Otra energía, otro ritmo. Llegamos para que le quitaran las grapas de la cirugía. Lo que pensamos sería cuestión de minutos se convirtió en horas de pasillo en pasillo. Mi hermana y yo, por turnos, empujábamos la silla de ruedas. Entre departamentos, ventanillas, preguntas, indicaciones que se cruzaban como laberintos. Y todo porque yo no leí bien la hoja de instrucciones. Ahí decía claramente a dónde había que ir. Pero bueno, el cuerpo de uno se desgasta más cuando no lee bien, eso es ley.

También pasamos por terapia física. Al principio nos dijeron que no había espacios disponibles. Pero el encargado, un señor con alma de ángel, se puso las pilas. Nos consiguió tres citas semanales y hasta me dio el contacto de una terapeuta privada, por si acaso. Me pareció un gesto tan fuera de lo común que me hizo sonreír, a pesar del cansancio.

Al final, todo marchó bien. Faltaba solo una cosa: que las chicas de enfermería nos llamaran para quitarle las grapas, limpiar la herida y cerrar este episodio con broche estéril. Mientras tanto, mi hermana se quedó con mi mamá en el consultorio, y yo fui a buscar el carro.

En ese momento, todavía no lo sabíamos, pero lo que venía no era un procedimiento de rutina, sino una lección sobre el poder, la arrogancia y el respeto.

Mientras yo estaba en el departamento de terapia física, gestionando las próximas citas para mi mamá, mi hermana se quedó con ella dentro del consultorio de enfermería. Faltaba retirar las grapas de la operación, limpiar la herida y, supuestamente, cerrar el día. Pero apenas me ausenté, comenzó el atropello.

La enfermera le pidió a mi hermana que saliera. Así, sin explicaciones. Ella, con paciencia, le dijo que prefería quedarse. No solo por acompañar a nuestra mamá, sino para aprender cómo debía cuidarla en casa en caso de que hubiera que repetir el procedimiento. Pero la enfermera fue tajante:

—Ella no es una niña —dijo con un tono cortante.

Sí, no es una niña. Tiene más de ochenta años. Está en recuperación. Sentada en una silla de ruedas. Vulnerable. Y, aun así, le negaron el derecho de estar acompañada. Hubo una discusión breve, incómoda. Mi hermana intentó razonar, pero fue obligada a salir.

Cuando regresé del área de terapia física, ellas ya estaban fuera del consultorio y mi hermana estaba visiblemente alterada. Me lo contó todo. Y mientras lo hacía, la enfermera salió también. No para disculparse. No para ofrecer una explicación. Salió a burlarse. Desde el otro lado del vidrio del consultorio, hizo un gesto ofensivo. Un pequeño bailecillo, como si mi hermana fuera una chiquilla majadera que ella había logrado poner en su lugar.

El ambiente estaba ya cargado de tensión.

Minutos después, me tocó entrar a recoger a mi mamá. Ella ya estaba sentada en la silla de ruedas. Me acerqué con calma, pero con una pregunta pendiente:

—¿Cómo la ve? —le pregunté a la enfermera, refiriéndome al estado de la herida.

—Ya yo le dije a ella —me dijo, sin mirarme.

—Está bien, pero yo quiero saber cómo la vio usted —insistí—. Le estoy haciendo una pregunta directa.

Ella no respondió.

—A mí no me hable así —le dije—. Le estoy haciendo una pregunta directa. ¿No me va a responder?

—Ya yo le dije a ella —repitió, evadiendo toda responsabilidad.

—Perfecto —concluí—. Entonces voy a interpretar eso como que no me va a responder.

Y fue ahí cuando ocurrió lo impensable. Se me vino encima, con esa misma actitud de gallito de pelea. Rápida, desafiante, sin respeto por nadie. En su impulso, pegó el pie contra el soporte de la silla de ruedas en la que estaba sentada mi mamá. Y entonces, en vez de reconocer su error, empezó a gritar:

—¡No señor! ¡Así no, señor! ¡Así no, señor!

Intentaba dar a entender que yo la había empujado. Cuando fue ella quien, en su desborde, se golpeó sola. La otra enfermera que estaba presente puso cara de asombro. Ella sí lo vio. Ella entendió que todo era un espectáculo. Una puesta en escena.

Decidí sacar a mi mamá. Empujé la silla de ruedas hacia la salida. Afuera, mi hermana nos esperaba. Le entregué la silla y ellas se fueron al baño. Yo, entonces, me dirigí al parqueo a buscar el carro. Pero ni eso bastó para que terminara la escena.

Mientras yo caminaba hacia el vehículo, la enfermera salió del consultorio y fue detrás de mi hermana, hasta el baño. Hasta ahí llegó. Hasta un espacio que no era suyo, donde no había ningún motivo clínico para continuar el conflicto.

Y ahí, otra vez, una actitud hostil. Un tono fuera de lugar. Una energía agresiva que ya no tenía excusa ni justificación.

La fue a buscar para seguir el pleito.

Esa mujer no estaba haciendo su trabajo. Estaba descargando su malestar. Estaba tomando represalias. Estaba vulnerando a una familia que solo quería que su madre fuera atendida con respeto.

Eso no es salud pública. Eso es abuso de poder. Eso es una herida que no se ve, pero que marca.

Después de esa escena absurda, ofensiva y humillante dentro del consultorio, creí que todo había terminado. Había empujado la silla de ruedas con mi madre hacia la salida, mi hermana iba a su lado, y yo me dirigí al parqueo a buscar el carro.

Pero no. No había terminado.

Mientras yo caminaba hacia el vehículo, la enfermera volvió a salir del consultorio. No para atender a otro paciente. No para corregir un malentendido. Salió con un solo objetivo: buscar a mi hermana. La siguió hasta el baño del hospital. Hasta ahí llegó. Hasta un lugar donde una mujer debería sentirse segura, tranquila, resguardada.

Y ahí, una vez más, hostilidad. No palabras amables. No disculpas. Solo la continuación de un pleito que ella misma había iniciado y que no supo, o no quiso, detener.

¿A qué tipo de persona se le ocurre salir del espacio clínico para ir detrás de una acompañante? ¿Qué clase de autoridad cree tener alguien que se permite ese nivel de agresión gratuita? Esa mujer no estaba cumpliendo una función profesional. Estaba abusando. Estaba acosando. Estaba persiguiendo.

Y no. No lo voy a aceptar.

No es solo el gesto burlón detrás del vidrio. No es solo el grito altanero frente a otros pacientes. No es solo la actitud de gallito de pelea, ni el pie que golpeó la silla de mi madre. No es solo el carné empujado contra mi cara, como una amenaza. Es todo eso junto. Y luego, encima, ir a buscar a mi hermana al baño.

Eso es persecución. Eso es violencia simbólica. Eso es acoso.

Y yo no puedo quedarme callado.

Porque si esta mujer se sintió con derecho de tratarme así a mí —que tengo palabras, fuerza emocional, estructura mental—, no quiero imaginar lo que puede hacer con una persona frágil, sola, confundida. Con una viejita que no puede hablar. Con alguien sin testigos. Sin redes. Sin voz.

Y cuando hablo de recursos, no hablo de dinero. Hablo de esto: De poder narrar. De poder dejar constancia. De saber redactar esta denuncia y presentarla donde corresponde.
De tener la paciencia, la convicción y el coraje para darle seguimiento.

Ya he redactado la queja formal. La voy a presentar ante la Contraloría de Servicios del Hospital San Juan de Dios o, si es necesario, directamente ante la Caja Costarricense de Seguro Social.

Y si la respuesta no es clara, si no hay medidas correctivas reales, si todo queda en una nota de descargo archivada… entonces elevaré este caso por las vías legales correspondientes. Porque mi madre estaba en un proceso posoperatorio y no tenía por qué ser expuesta a una escena así.

Porque el respeto al paciente no puede depender de la suerte. Y el silencio, cuando se trata de un abuso, es complicidad.

Lo haré por mí. Por mi mamá. Por mi hermana. Y por todos los que no tienen cómo defenderse.

Porque lo que se rompió en ese consultorio no fue solo la atención médica. Fue la confianza.
Y cuando eso se rompe, el silencio no es opción.

No basta con quedarse con el enojo. No basta con escribirlo. No basta con haberlo vivido, con haberlo contado, con que mis amigos lo sepan, con que mis lectores lo lean. Ahora toca que lo sepa el sistema. Que lo escuchen las instituciones. Que lo asuma, con nombre y con firma, el Hospital San Juan de Dios. Que lo atienda la Caja Costarricense de Seguro Social.

Porque esto no es un desahogo. Esto es una advertencia.

Ya redacté la denuncia. Ya la estructuré con fechas, horas, nombres, lugares, tono y secuencia. No me senté solo a escribir con rabia; lo hice con método, con memoria y con respeto por la verdad. Porque una cosa es estar molesto, y otra muy distinta es tener razón. Y yo la tengo.

He vivido muchas cosas en hospitales públicos. He acompañado a muchos seres queridos. Y tengo la convicción de que la mayoría del personal de salud es gente valiosa, agotada pero comprometida. Justamente por eso esta situación es aún más dolorosa: porque una sola persona, con su soberbia, puede dañar lo que otros han construido con esfuerzo y humanidad.

No quiero que esta queja se quede en el departamento de Ortopedia. No quiero que se archive como un incidente menor, como un “malentendido”. No lo fue. Fue una cadena de conductas agresivas, protagonizadas por una funcionaria que olvidó su vocación —si alguna vez la tuvo— y que usó su autoridad para intimidar, no para cuidar.

Por eso estoy pidiendo una respuesta formal, no un acuse de recibo. Una investigación real, no un correo genérico. Una decisión institucional, no un parche interno.

Y si esa respuesta no llega con el peso que la situación merece, o si la respuesta intenta minimizar lo ocurrido, entonces lo llevaré más lejos. Porque tengo las herramientas, y, sobre todo, tengo el deber moral. No por mí: por todas las personas que, si no hacemos algo ahora, podrían pasar por lo mismo después. O peor.

Porque si una enfermera es capaz de hacer esto con una familia entera presente, en pleno horario de atención, con pacientes y testigos alrededor, ¿qué no hará en un turno de noche, con una señora sola, sin voz, sin respaldo?

Y no. No lo voy a permitir.

Esto no es venganza. Es defensa. Esto no es impulso. Es conciencia. Esto no es ruido. Es justicia. A la Caja le corresponde actuar. Y a mí me corresponde exigirlo.

Reflexión de cierre – Cuando alzamos la voz, no solo es por nosotros

Este relato no lo escribí para desahogarme, aunque sí me dolió. No lo publiqué para denunciar, aunque sí lo necesitaba. Lo escribí porque creo en la palabra como herramienta de memoria, de transformación y de justicia. Porque cuando uno se queda callado, lo injusto se normaliza. Y cuando se levanta la voz con claridad, se vuelve eco para otros que no han podido hablar.

No escribí esto para atacar a una persona. Escribí para defender una experiencia. Para proteger a mi madre. Para honrar la dignidad de quienes, como ella, confían en que un hospital será un lugar de alivio, no de angustia.

Hay algo que duele más que el maltrato: la impunidad.

Y hay algo que puede sanar, incluso cuando el daño ya está hecho: la coherencia de no dejarlo pasar.

Este caso me sacudió porque me enfrentó a una verdad incómoda: el sistema está lleno de gente buena, pero a veces, el abuso se cuela en las rendijas donde nadie mira, y si nadie dice nada, se instala. Lo que hoy fue un gesto burlón, un grito desmedido, un abuso de autoridad, mañana puede ser una agresión más grave, un trauma silencioso, un abandono sin nombre.

No me interesa ganar un caso. Me interesa dejar un precedente.

Y si este texto toca a alguien, si activa una conciencia, si inspira a otro hijo, otra hermana, otra persona a decir “no más”, entonces habrá valido la pena.

Porque cuando alzamos la voz, no solo es por nosotros.

Es por quienes ya no pueden hablar. Es por quienes aún no se atreven. Es por quienes vendrán después.

Y si alguna vez sos vos quien necesita alzar la voz, aquí estoy. Yo también te voy a escuchar.

1 comentario en “Cuando el abuso se viste de uniforme”

  1. Hola vinicio! Me parece excelente que llegue hasta las últimas consecuencias con esto , esos atropellos jamas se deben dejar pasar , te felicito por tu determinación y adelante con todo en esto , el personal de salud debe entender que este trabajo más que un salario es brindar atención con respeto , humanidad, calidad y calidez y esa enfermera a la cual le queda bien grande el nombre y provoca vergüenza ajena a mi que soy también enfermera, ojalá le apliquen un proceso administrativo haber si así como es de altanera e irrespetuosa se pueda defender con todo el peso de la ley encima!!! Adelante vinicio y ni un paso atrás con esa denuncia!!!

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