La incomodidad de ser neutral

Hay una incomodidad silenciosa que aparece cuando decides no elegir un bando visible, cuando no te alineas de forma evidente con una bandera, con un color, con una consigna. No es una incomodidad externa solamente, aunque también lo es. Es interna. Porque sostener la neutralidad, de verdad sostenerla, no es esconderte… es exponerte de otra forma. Es quedarte en un lugar donde muchos no entienden qué estás haciendo, y otros asumen que sí lo saben, aunque no sea cierto.

Durante la campaña electoral, muchas personas pudieron ver algo que para mí es natural, pero que para otros resulta sospechoso. Podía sentarme a conversar con Álvaro Ramos en la mañana, compartir con Juan Carlos Hidalgo al mediodía, y más tarde encontrarme con Ana Virginia Calzada. Y eso no era una estrategia. Era coherencia. Era entender que, si realmente quieres construir algo que tenga sentido, necesitas poder mirar a todos sin prejuicio previo, sin necesidad de encajar en una narrativa que te limite antes de empezar.

Esa forma de estar no terminó con la campaña. Sigue siendo así. Un día puedes estar en la oficina de Dinorah Barquero, más tarde en la de Ariel Robles Barrantes, y al día siguiente recibiendo información de Montserrat Ruiz. Y en todos los espacios, hay algo que se mantiene: el respeto, la apertura, la posibilidad de escuchar sin necesidad de convertir cada encuentro en una toma de posición.

Porque la neutralidad no es indiferencia. Tampoco es falta de criterio. Mucho menos es una forma elegante de evitar comprometerte. La neutralidad, cuando es real, exige una claridad interna muy firme. Te obliga a saber desde dónde estás, incluso cuando otros intentan decirte desde dónde deberías estar. Y ahí es donde empieza a volverse incómoda, porque rompe con la necesidad que muchos tienen de ubicarte rápidamente, de etiquetarte, de simplificarte.

Yo lo dije en campaña, quizás con una cuota de insolencia que todavía sostengo: represento la democracia. Y eso no significa que no tenga criterio, ni que no haya tenido una postura clara en momentos específicos. La tuve. La expresé. Procuré que el continuismo no se diera. Pero la realidad es otra, y la democracia es precisamente eso: aceptar lo que ocurre, incluso cuando no coincide con lo que preferías.

Y entonces viene la parte que no todos logran entender. Puedes haber tenido una postura firme en un momento, y aun así sostener el respeto después. Puedes no haber querido un resultado, y aun así reconocerlo sin resentimiento. Puedes trabajar con quienes piensan distinto sin traicionarte. Eso no es incoherencia. Es madurez. Es entender que la construcción no ocurre solo desde la afinidad, sino también desde la capacidad de convivir con la diferencia.

En los próximos días voy a reunirme con diputados oficialistas, y lo haré con la misma altura, con el mismo respeto, con la misma disposición que he tenido siempre. No porque haya cambiado de posición, sino porque mi posición nunca ha sido el conflicto. Ha sido la construcción. Y construir implica algo que no siempre es cómodo: mantenerte abierto incluso cuando sería más fácil cerrarte.

Si alguien necesita ubicarme en un partido, en un grupo, en una narrativa específica, lo va a hacer. Es casi inevitable. Pero eso habla más de esa necesidad externa de ordenar el mundo en categorías simples, que de lo que realmente soy o de lo que realmente representa Apacigua. Porque Apacigua no se mueve desde bandos. Se mueve desde la conciencia. Y la conciencia, por definición, no es cómoda ni rápida. Es más lenta. Más profunda. Más difícil de sostener.

La neutralidad no es una postura débil. Es una forma exigente de estar. Te pide claridad, te pide coherencia, te pide humildad para reconocer que no tienes que tener siempre la razón ni la última palabra. Y, sobre todo, te pide algo que hoy escasea: la capacidad de escuchar sin estar preparando la respuesta mientras el otro habla.

Al final, más allá de lo que otros interpreten, hay algo que se mantiene. Una forma de caminar, una forma de relacionarte, una forma de elegir desde adentro y no desde la presión de afuera.

Y cuando logras sostener eso, aunque sea por momentos, algo se acomoda. No afuera. Adentro.

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