El ruido que elegimos hacer

He estado leyendo y escuchando sobre posibles manifestaciones para el 8 de mayo, en el contexto del traspaso de poderes en el Estadio Nacional, y también he visto comentarios desde la Presidencia que apuntan a prohibirlas. Ahí aparece una tensión que no es nueva, pero que siempre merece ser mirada con cuidado: el derecho a manifestarse frente al deseo de mantener el orden. Si lo ves desde lo esencial, en un país democrático el derecho a manifestarse no debería estar en discusión, es parte de lo que somos, de lo que nos permite expresar desacuerdos sin necesidad de romperlo todo. No es un favor que se concede, es un espacio que existe, y en ese sentido, prohibir de forma general algo así siempre genera más preguntas que respuestas que certezas.

Pero hay otra capa, más silenciosa, más incómoda, que a veces evitamos mirar. No todo lo que se puede hacer necesariamente se debe hacer, y aquí es donde la conversación cambia de tono. Porque entonces la pregunta deja de ser “¿puedo manifestarme?” y pasa a ser “¿para qué lo voy a hacer en este momento específico?”. Tú sabes que una manifestación no es solo un acto aislado, es energía, es clima, es emoción colectiva que se instala y que se multiplica. Dependiendo del contexto, puede construir o puede simplemente amplificar lo que ya está fracturado, y en un evento como un traspaso de poderes, donde lo simbólico pesa tanto como lo institucional, introducir ese tipo de energía no es un detalle menor.

Y entonces aparece otra pregunta, todavía más honesta, que incomoda un poco más porque obliga a ir hacia adentro: ¿qué se gana realmente? No desde la consigna ni desde la postura ideológica, sino desde el efecto concreto. ¿Se logra un cambio real?, ¿se abre un diálogo?, ¿se construye algo que antes no existía?, o más bien se pierde algo que sí estaba. Porque también es válido reconocer que en estos escenarios muchas veces se pierde la calma, se pierde la posibilidad de vivir ese momento sin tensión, se generan roces y enfrentamientos que no necesariamente acercan a nadie a nada, sino que terminan reforzando las distancias.

No estoy diciendo que manifestarse sea incorrecto ni que deba evitarse siempre, sería simplificar demasiado algo que es legítimo y necesario en muchos contextos. Pero este no es cualquier momento, y ahí es donde, más allá del derecho, entra el criterio. Tal vez, en este caso específico, abstenerse también es una forma de actuar, no desde el silencio impuesto, sino desde la elección consciente de no sumar más ruido a un espacio que ya viene cargado. No porque no haya cosas que decir, ni porque no haya posiciones válidas, sino porque no todo se dice en cualquier momento y no todo espacio es el lugar adecuado para todo mensaje.

Al final, más allá de lo que se decida hacer o no hacer ese día, hay algo que queda flotando y que cada uno tendrá que responder en su propio espacio, con honestidad y sin necesidad de explicarlo hacia afuera. ¿Estás actuando desde la reacción o desde la intención? Tal vez no hace falta responderlo en voz alta, a veces basta con observarlo, sostener esa pregunta por un momento y permitir que desde ahí surja una forma distinta de actuar, una más consciente, más alineada, más en paz con lo que realmente quieres construir.

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