
Cuando el nombre cambia… pero la práctica no
En estos días ha circulado la idea de que la presidenta electa mantendría a algunos ministros del gobierno actual dentro de su equipo. También, desde la jefatura de la bancada oficialista, se ha dejado ver algo en la misma línea. Y si te detenés un momento a observarlo sin ruido, sin cargarlo de etiquetas previas, la decisión no resulta extraña. De hecho, tiene bastante sentido. Cuando una persona asume un rol de liderazgo, lo más natural es rodearse de gente en la que confía, especialmente si considera que han dado buenos resultados. No es una anomalía. Es, más bien, una práctica común en casi cualquier ámbito donde hay toma de decisiones.
Porque al final, gobernar no es solo ejecutar ideas, también es construir un equipo que pueda sostenerlas. Y en ese proceso, la confianza juega un papel central. No se trata únicamente de capacidades técnicas, sino de afinidad en la forma de trabajar, en los criterios, en la manera de enfrentar situaciones complejas. Desde ese lugar, mantener a ciertas personas no solo es lógico, sino que puede ser estratégico. Evita rupturas innecesarias, da continuidad a procesos que ya están en marcha y permite avanzar sin tener que reconstruir todo desde cero.
Sin embargo, hay un elemento que inevitablemente aparece cuando uno recuerda cómo se ha hablado de esto en el pasado. Porque lo que hoy se presenta como una decisión razonable, en otro momento fue señalado con un término que cargaba una connotación muy distinta. “Red de cuido”. Una frase que, en su momento, se utilizó para cuestionar prácticas similares, para sugerir cercanía excesiva, protección indebida o incluso falta de transparencia. Y ahí es donde la conversación empieza a volverse interesante.
No porque una cosa invalide la otra, sino porque revela algo más profundo sobre cómo se construyen las narrativas. Porque si hoy la misma acción puede entenderse como válida, como lógica, como parte del ejercicio del poder, entonces el término que antes se utilizaba para criticarla pierde fuerza. Pierde precisión. Y eso no necesariamente habla mal de la decisión actual, sino de la ligereza con la que a veces se etiquetan las acciones dependiendo de quién las ejecuta.
Tal vez lo que se vuelve necesario en este punto no es cambiar de postura según el momento, sino afinar la mirada. Entender que hay prácticas que forman parte natural de la política, que no todo responde a una intención cuestionable y que, al mismo tiempo, no todo debe aceptarse sin observación. La diferencia está en la coherencia. En la capacidad de analizar las cosas desde un mismo criterio, independientemente de quién esté tomando la decisión.
Porque al final, lo que está en juego no es si se mantienen o no ciertos nombres en el equipo. Es la forma en que eliges interpretar eso. Si lo haces desde una reacción automática, desde una etiqueta heredada, o si te permites observar con más calma, reconociendo que no todo es blanco o negro, que hay zonas grises donde las decisiones pueden ser válidas sin necesidad de ser perfectas.
Y tal vez, en medio de todo esto, lo más valioso es justamente eso. Recuperar la capacidad de mirar sin prisa, sin necesidad de encasillar todo de inmediato. Entender que no todo lo que antes se criticó deja de ser válido hoy, ni todo lo que hoy se justifica estuvo mal antes. A veces, lo que cambia no es la acción… sino el lente con el que decides verla.