
Cuando el nombre cambia… pero la práctica no
En estos días se terminó de confirmar algo que ya venía asomándose: la presidenta electa anunció su gabinete, y con eso dejó clara una línea que, si te detenés a observar sin prisa, tampoco resulta extraña. Cuando alguien asume un rol de liderazgo, lo más natural es rodearse de personas en las que confía, especialmente si considera que han dado resultados. Eso no es una anomalía. Es, en esencia, una práctica común en cualquier espacio donde hay toma de decisiones importantes. Porque gobernar no es solo tener ideas, es también construir un equipo capaz de sostenerlas, y la confianza, en ese proceso, pesa tanto como la capacidad técnica.
Por eso, sigo pensando lo mismo que pensaba antes de que se anunciara el gabinete: la llamada “red de cuido” no es mala en sí misma. No necesariamente implica algo negativo, ni debería convertirse automáticamente en un motivo de sospecha. Es lógico que quien lidera quiera trabajar con personas que conoce, que entiende, con quienes comparte una forma de ver y de hacer las cosas. Desde ese lugar, incluso puede ser estratégico. Da continuidad, evita rupturas innecesarias y permite avanzar sin empezar desde cero cada vez que cambia una administración.
Sin embargo, hay algo que, aun entendiendo todo lo anterior, no deja de generar una cierta incomodidad. Porque dentro de esas decisiones hubo dos escenarios que, personalmente, no esperaba ver materializados. Dos posibilidades que, si hubieran ocurrido por separado, ya habrían sido suficientes para abrir preguntas. Y ocurrieron juntas. El presidente saliente asumiendo un rol dentro del nuevo gobierno, específicamente en posiciones como el Ministerio de la Presidencia o el Ministerio de Hacienda, no es un movimiento menor. No es simplemente continuidad. Es una señal más profunda sobre cómo se está configurando el poder.
Y aquí es donde la conversación se vuelve más delicada, porque no se trata de caer en la crítica automática ni de descalificar la decisión desde la emoción. Tampoco se trata de defenderla sin cuestionarla. Se trata, más bien, de sostener esa tensión interna entre lo que entendés y lo que sentís. Porque podés comprender perfectamente la lógica detrás de la decisión… y aun así no sentirte del todo cómodo con ella.
Tal vez lo más honesto en este punto no es tomar una postura rígida, sino reconocer esa dualidad. Entender que hay decisiones que pueden ser coherentes desde la estrategia, pero que al mismo tiempo abren espacios de duda desde lo simbólico. Porque una cosa es rodearse de gente de confianza… y otra es lo que eso comunica hacia afuera cuando las figuras se repiten en espacios de poder que, en teoría, cambian de manos.
Y entonces volvemos a lo esencial, que no es la decisión en sí, sino la forma en que elegís mirarla. Si la reducís a una etiqueta, si la convertís en un juicio inmediato, o si te permitís quedarte un poco más en la incomodidad, observando sin necesidad de cerrar la idea demasiado rápido. Porque a veces, lo más valioso no es llegar a una conclusión… sino sostener la capacidad de mirar con criterio propio, sin que eso te obligue a elegir un bando.
Al final, más allá de nombres, cargos o decisiones puntuales, lo que queda es ese espacio interno desde donde interpretas lo que pasa. Y en medio de todo, incluso cuando algo no termina de encajar del todo… también existe la posibilidad de no perderte en la reacción, y simplemente quedarte ahí, observando con calma.