Cuando una invitación no representa a todos

Hay momentos en los que un país habla… y otros en los que simplemente actúa, aunque no todos se sientan parte de esa acción. La toma de posesión de un gobierno es, en teoría, una celebración democrática. Un acto simbólico que pretende reflejar continuidad, institucionalidad, y una especie de orden que nos da tranquilidad como sociedad. Pero a veces, en medio de ese protocolo, aparecen decisiones que no logran sostener ese mismo espíritu en todos los que observan.

Se han girado invitaciones para la toma de posesión de doña Laura Fernández, y dentro de esa lista aparecen personas que no necesariamente son del agrado de una parte importante de la población costarricense. Incluso, en algunos casos, estas decisiones pueden percibirse como una falta de sensibilidad hacia otras naciones. Y entonces ocurre algo silencioso, pero real: una incomodidad que no siempre se expresa con claridad, pero que se siente.

Cuando eso pasa, es fácil reaccionar. Es fácil señalar, criticar, asumir intenciones. Pero también existe otra posibilidad, menos inmediata, menos ruidosa… y tal vez más necesaria. La de detenerse un momento y reconocer que, aunque esto ocurre en nombre de un país, no todo lo que sucede está bajo el control ni representa plenamente el sentir de toda su ciudadanía.

Desde ese lugar, más humano que político, nace algo distinto. No una defensa, no una justificación, sino una especie de gesto sencillo: reconocer que hay personas, dentro y fuera de Costa Rica, que pueden sentirse incómodas con la manera en que se está manejando esta “fiesta democrática”. Y que esa incomodidad es válida. Que no todo lo que ocurre en un acto oficial logra abrazar a todos por igual.

Por eso, más que una posición, lo que surge es una intención. Una forma de decir, sin necesidad de elevar el tono, que un país no es una sola voz, ni una sola decisión, ni una sola lista de invitados. Un país es también la suma de quienes observan, cuestionan, sienten y, en silencio, desean que las cosas se hagan de otra manera.

Y tal vez ahí es donde esto encuentra un poco de equilibrio. No en resolver la situación, porque eso no siempre está en manos de quien observa, sino en cómo decides pararte frente a ella. Si desde la reacción inmediata… o desde una comprensión más amplia de lo que significa convivir en una democracia imperfecta, donde no todo representa a todos, pero aun así todos forman parte.

Al final, más allá del acto, de los nombres o de las decisiones, lo que queda es cómo eliges sostenerte frente a lo que no compartes. Si te vas hacia el enojo… o si encuentras una forma más serena de reconocer lo que pasa sin perderte en ello.

Y a veces, en medio de todo eso, lo único que realmente puedes hacer… es volver a ese lugar interno donde no necesitas que todo esté bien para estar en calma.

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